viernes, 5 de febrero de 2016

CURADOS


Aún sentía, en las palmas de sus manos, el calor de las de ella y su corazón, acelerado, se negaba a frenar el impulso de ese último beso.
Andaba pensativo, saboreando esas mieles que solo conoce quien está enamorado.
Sus pasos no buscaban caminos. Su mirada buscaba el suelo repasando cada segundo que habían estado juntos y bebiendo de esos vientos que rodeaban sus almas.
Un ligero rumor del agua quebró esa historia, por lo que alzó, disgustado, la mirada.
¿Quién tuvo la torpeza de quebrar un recuerdo que alimentaba su vida?
Un arroyo, tantas veces seductor, raptor de sentimientos, cementerio de palabras que nacieron de labios solitarios que buscaban, en sus aguas, el amor que les faltaba, ese arroyo, fue quien ensombreció la luz que le invadía.
Se acercó a él y se apoyó en un chopo que custodiaba esas aguas en las que morían los suspiros.
El erguido árbol, al sentirlo, abandonó su marcial postura, se retorció en su propio tronco, sus ramas se rindieron, como metamorfoseadas en sauce, e inclinó la cabeza para conocer qué era capaz de estremecerle de tal manera aun habiendo conocido sentimientos parecidos.
¿Qué fuerza era esa, capaz de alterar a la misma naturaleza?
El propio joven se asustó. ¿Era el sentimiento que él albergaba el que hacía posible esos milagros?
Introdujo la mano en las serenas aguas del arroyo buscando un frescor que apaciguara esas llamas y ese arroyo, placentero en su curso, melódico en su gorjeo que besaba las orillas, experimentó una sensación jamás conocida.
Las frases y suspiros que acariciaban diariamente sus aguas eran difusa sombra en comparación con lo que el roce de esa  mano le hizo sentir.
Desbordadas, alocadas, irreflexivas, asaltaron las riberas e invadieron los campos pretendiéndolos anegar en su nuevo sentimiento.
El joven empezaba a creer que ese algo que en él residía era capaz de enardecer los dormidos sentimientos. ¡Era capaz de curar los afectos!
Si el chopo y el arroyo se rendían ante esa fuerza, ¿no lo harían aquellos que enterraron las emociones?
Animado por ese poder, se propuso sanar, con un simple roce, corazones heridos y sueños olvidados.
En él descansaba “su” amor, y así como la luna arrastra a las almas que buscan los sueños, él era dueño de un sentimiento que contagiaba.
Buscó a quienes sintieran que la vida les había olvidado, a los que pensaran que la felicidad solo abre sus puertas a los elegidos; buscó, en definitiva, esas almas moribundas que se agarran a la esperanza.
Y vio cómo trocaba, en nieve, el oscuro barro de los corazones, pero las frías alas del temor le abrazaron el alma al ver a una joven pareja que compartía su tiempo, pero solo eso: el tiempo.
Sus ojos destilaban miradas opacas a la ilusión. Sus huidizas manos olvidaron la felicidad de sentirse unidas. Un frío beso de despedida dejó un silencioso eco en lugar de sonar un “te quiero”.
¿Era posible que el mismísimo amor fuera prisionero de la monotonía o que un sentimiento, nacido para dar la vida, acabara muriendo en los brazos de la indiferencia?
Se amarían, pero el amor no se da por supuesto; el amor se siente, se vive y se demuestra.
Debía salvar esos corazones que empezaban a ser náufragos, y valiéndose de las vírgenes sensaciones que él aún conservaba, dejó que su mano los rozara.
Pocos milagros hay como el de resucitar un  amor abandonado.

Y el joven continuó su camino mientras su mirada repasaba cada segundo que había estado junto a ella, bebiendo de esos vientos que rodeaban sus almas.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

No hay comentarios:

Publicar un comentario