lunes, 1 de febrero de 2016

ENTRE LA LUNA Y TÚ


Quiero evocar ese instante en el  que un tango rasgó el alma de la noche y la mía.
De ese quejido que quedó flotando  en el aire, nació un suspiro; de ese suspiro, que grabó en el cielo sus caricias, nació un latido; y de ese latido, que cinceló en el corazón un sentimiento, nació un poema, poema que hizo temblar las carnes de la luna cuando escuchó esos secretos vestidos de versos.
Y cuando digo “luna”, bien pudiera ser ese ángel de níveo rostro que nos mira,  complacida y serena, desde el cielo, pero hablo de otros ojos y de otra mirada.
Porque todos esos complementos que asomaron esa noche no serían más que bondades de la Naturaleza si hubieran nacido ausentes, si no estuvieran asociados a tu recuerdo.
Ese tango, ese suspiro y ese poema, aislados,  solo hubieran alcanzado la categoría de bello, pero cuando los oigo, respiro y leo, aliados a tu mirada, alcanzan la categoría de sagrado.
Como lo fue ese instante en el que tus manos se abrieron como sol que despierta y ofrece sus rayos. Ahí supe que la luz no nacía del cielo sino de ellas.
Recuerdo que, al contemplarlas, surgieron historias en las que los sueños se atropellaban. Solo fue unos segundos, pero bastaron para sentir que en esos dedos descansaban todos los libros que hablaran del amor.
Y cuando  tus ojos me invitaron a acercarme a su irresistible trampa para quedar preso entre ellos, supe que aunque me liberara, aunque no los volviera a ver, quedarían, para siempre, grabados en mi alma.
Por eso, cuando escuché ese tango, que ponía voz al suspiro, cerré los ojos para encontrarme con los tuyos y dejé que la luna hiciera el resto.
Me bastó mirarla para encontrarme contigo  y vi, en ella, ese libro de blancas páginas que conformaban tus manos; y soñé que me invitabas a leer, en sus blancas líneas, los caminos que nos esperaban.
Y porque todo esto me sugería la hermosa luna, un espontáneo beso maquilló su rostro.
¿No es este ese beso que sentiste cuando, sola en casa, también la mirabas?
¿No me dijiste que, en una ocasión, sonó en tu pecho una balada de aires argentinos que nunca oíste y te arrancó una lágrima?
Fue la misma que dejó ese quejido flotando en el aire cuando mi corazón bailaba con la luna.
Si estando distantes hemos escuchado la misma canción, respirado el mismo suspiro y has leído este poema a la par que lo escribía, es porque, esa noche, ese ángel de níveo rostro que mira,  complacida y serena, desde el cielo, eras tú.

Y cada vez que recuerde este momento, un tango rasgará el alma de la noche, la tuya y la mía allá donde nos encontremos.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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