jueves, 25 de febrero de 2016

PASARON LOS AÑOS Y…


Nuestros primeros días descansaron  sobre el altar del cariño y la fantasía. Fueron días de paraísos que surgían en cada rincón donde habitaban nuestras manos; en los que nos burlábamos de las penas sin comprender el significado de la lágrima.
Nos bastaba la nada para ser felices. No importaba el qué ni el cómo ni el cuándo, solo que detrás de cada suceso, de cada palabra, estuvieran nuestros nombres.
¡Qué lejos quedaba la idea del dolor, la necesidad, el desamparo o la tristeza!
Saboreábamos lo eterno en un mundo ajeno a aquel en el que viven las heridas.
Nuestros sueños se sucedían en un reloj sin tiempo.
Cada mañana, esos dichosos aires regaban la tierra que pisábamos y  nuestra vida era un feliz recuerdo.
Pero pasaron los años y nuestro infantil amor cambió su brillo por el de la juventud.
El tiempo robaba un trozo de esa tierra que íbamos labrando, pero no impedía que cabalgáramos a lomos de esos corceles en que se habían transformado nuestros corazones.
Alzábamos la vista y el mundo nos ofrecía un racimo de caminos, sembrados de sueños más reales y, por eso, más maravillosos y altos.
La pasión, el sentimiento, la ausencia de temores, todo ello se fundió  en un presente en el que el mañana no existía porque sentíamos que ya lo habíamos alcanzado todo, y ese juramento de amor con el que empezamos se vistió de hechos.
Gota a gota, pasaron esos años, que pensamos fueron únicos, y aunque pareciera que morían lentamente no queríamos saberlo, hasta que cantaron su réquiem para dar paso a otra etapa en la que el amor se viste de madurez y cubre  las espinas con el manto de un amor que valora más la compañía de lo amado que los sueños.
Eternamente joven era nuestro espíritu, sonaban, en nuestras almas, aquellos acordes juveniles de ilusiones y utopías, el corcel frenaba su alegre paso y nos dedicamos a recoger esos frutos que dejamos en el camino desde que éramos niños.
Me resisto, al recordar nuestro amor desde la atalaya de los años, a pintar un cuadro de paisajes melancólicos y nostálgicos, a recordar escenas invernales, a describir aquellos tiempos con palabras polvorientas y aroma mortecino.
No, ese cuadro, el que ahora pinto al cabo de los años, lo inunda el aire de la primavera, la luz del estío, la policromía del otoño  y el fuego hogareño del invierno.
Pasaron los años y, gracias a ello, ahora puedo decir que todo ese tiempo vivido contigo solo se merece un título: “Monumento a la vida”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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