miércoles, 30 de marzo de 2016

“¿MORIREMOS?”


Una  suave lengua de aire nos ceñía mientras nuestras miradas formaban una única  estela sobre las azules aguas del mar; azules cuando clavabas tus ojos en ellas, oscuras cuando tu vista las negaba.
En ese instante en el que no podía caber tanta dicha, en el que nuestras almas temieron que sus latidos rompieran el silencio, de tus labios surgió un temor vestido de inquietante pregunta: “¿Moriremos?”
Era la obstinada obsesión del dolor, quien al no encontrar cobijo en nuestros pechos recurrió a la vieja estrategia de disfrazarse de muerte como fin de toda felicidad.
Pero al sentir que mi brazo te estrechaba a mi pecho y que  esa lengua de aire lamía nuestros rostros, el silencio hundió esa pregunta en las infinitas profundidades de las azules aguas que nos contemplaban.
Era una noche de seda. Todos los seres que la habitaban eran dignos de sentirse envueltos por ella y de saborear la noble paz que nacía de sus embriagadoras sombras.
Tú y yo, como elegidos, pisábamos esa tierra que, más que dormir, soñaba, mientras bailábamos, solitarios, al compás de una misteriosa música que debía de nacer de la propia luna.
En medio de ese paraíso nocturno, nuestras figuras trazaban un místico baile en el que nuestros inseparables brazos simulaban dos simples, pero maravillosos, hilos que, a cada paso, tejían un metafórico corazón en esa túnica de seda que era la noche.
En el instante en el que nuestros pies dieron fin a esa balada nuestros brazos seguían fundidos y nuestros ojos se clavaban en los del otro a la vez que lo hacían nuestras almas; pero volvió a nacer la envidiosa pregunta del dolor: “¿Moriremos?”
El miedo a perderlo todo se evaporó entre las negras sombras de esa noche de seda cuando mis labios buscaron los tuyos y, juntos, sellaron la tumba de ese temor.
 Y así pasaremos la vida: haciendo, de cada segundo,  un grano de arena que construya el inmortal monumento al amor; y, precisamente por eso, siempre existirá esa pequeña nube del temor a que un día la vida muera y se lo lleve.
Aun así, no te preocupes. Siempre nos quedará el cielo, ese lugar en el que una lengua de aire, un azulado mar, una noche de seda y una enamoradiza luna se visten de eterno y hacen que un abrazo y un beso den muerte a esa pregunta.
Ahora soy yo quien siento cómo la piel se eriza y  vislumbro la duda: “¿Morirem…?”
Ha bastado que tu mano descanse sobre mi hombro para que muera esa pregunta.

Abel de Miguel Sáenz
Derechos reservados de autor.

Madrid, España.

martes, 29 de marzo de 2016

EN  LOS BALCONES DEL CIELO


El  cielo se ha disfrazado.
Las  infinitas nubes que lo cubren han tejido un grisáceo velo donde cada una es un pliegue que toma la forma de balcón, esos balcones de los que quedaron suspensas las eternas promesas entre amantes, en los que, imaginariamente, hemos colgado nuestros sentimientos en más de una ocasión.
Y, ahora, este cielo nos brinda la oportunidad de volver a dejarlos colgados en sus nubes para que alguien, tal vez la persona amada, los lea y piense que, como él, como ella, también otros aman y sueñan.
He recorrido cada uno de esos “balcones”, ese mundo de nubes, leyendo las emociones que  han quedado grabadas en ese mustio cielo y basta una mirada para observar que, tras eses tapiz que inspira melancolía y nostalgia, late, bulle, una línea carmesí, labios que se niegan a perder el color de un beso, o corazones que no se resignan a ser víctimas de la tristeza.
Bajo esa grisácea lámina hay infinitas lágrimas, sonrisas, suspiros y pensamientos que han nacido del alma; por eso, este cielo, que se empeña en dejar un rastro de pena en quien lo mire, no puede evitar que entre sus oscuras sendas se vislumbre un atisbo de esperanza.
Mirarlo es descubrir esos eternos sentimientos que se niegan a ver la luz por temor a ser incomprendidos, rechazados, o a desentonar con aquellos a quienes solo viste la luz, pero ese mismo miedo a ser descubiertos hace que se aferren a un pecho del que no quieren huir, y no lo quieren hacer porque son parte de sus vidas.
Por eso, esos corazones eligen estos momentos en los que el cielo se mutila la luz y ensombrece su rostro; es el lugar ideal en el que esconder esas historias del ayer que aún perpetúan sus sombras, esos sueños del presente que no acaban de nacer, o esas ilusiones del mañana, bengalas sin encender, que parecen no llegar.
Sí, mirar al cielo un día como hoy es sentirse presente en cada uno de esos balcones de los que cuelgan las emociones; y aunque sugieran felices aires del pasado o nostalgia por lo deseado, un irrebatible impulso de amor nace al contemplarlos porque en esas nubes, late, bulle, una línea carmesí, labios que se niegan a perder el color de un beso, o corazones que siempre vivirán aferrados al deseo de seguir amando.

Abel de Miguel Sáenz
Derechos reservados de autor.

Madrid, España.

miércoles, 23 de marzo de 2016

DEUDA ETERNA


Al  afrontar el reto de escribir surgen múltiples caminos, tantos como sentimientos  encierra la vida, pero cada cual tiene alma propia, un  invisible lema que los distingue.
Me refiero a todos esas comunidades que abrieron una ventana en  pechos ajenos y les brindaron un nuevo camino en el que escribir una parte de su vida.
Son muchas, pero, sin embargo, todas surgieron de la misma fuente, de ese  romanticismo y sentimientos que nacen en el mismo instante en que lo hace nuestra vida, y que, siempre juntos, nos acompañarán como imborrable eco, como esas melodías de la luna que persiguen nuestro recuerdo, cautivan nuestra alma y nos dejan frases de amor que nunca mueren.
Pero somos algo más que poesía, algo más que versos de pasión, o navegantes entre letras; por el mero hecho de abdicar y dejar arrastrarme a donde el corazón me lleve, por acariciar y consentir con el alma, soy, eres, somos, esos amigos de corazón, esos amigos sin barreras de los que la misma poesía se alimenta.
En este mundo, los escritores solo ponen voz  a esos mudos sentimientos que hierven o mueren en cada pecho, pero, ambos, habitamos en el mismo hogar, en el rincón de los soñadores, en el rincón de la amistad y los sentimientos, en un universo de pasión.
Desde algún lugar, bajo el mismo cielo  que habita toda alma que tiene sed de sentimientos de amor, risas y soledad, allá donde me encuentre, siempre respiraré ese aroma de versos que destila la vida misma, porque aunque solo sea un alma o un corazón quien sienta el hechizo  de una luna azul, bastará para que mis ojos se claven en el cielo y dejen una sonrisa por darnos corazón de niño y alma de poeta.
En este mundo donde las reflexiones y canciones que llegan al alma nos convierten en  arte, poesía, música y pintura y hacen, de nuestras vidas, el arte de amar y reflexionar,  solo podemos sentirnos elegidos. Eleva tus alas, las de de esos sentimientos que no te atreves a descubrir, y  siéntete feliz por ver liberado solo lo que tienes en tu corazón.
Cada cual tendremos grabado un momento que siempre queremos rescatar; un tiempo en el que suene esa música y poesía para enamorarse o alimentar los sentimientos del alma; en el que sentir la poesía como sentimientos en letras que escriben música y poemas, cantos sagrados del alma, y nos sumergen en un mundo del que no quisiéramos escapar.
Siempre buscaremos ese lugar en el que la intimidad sea nuestra única confidente. Siempre suspiraremos por tener ese rincón de la poesía en el que las melodías de un poeta nos ayuden a pasear por nuestros propios sentimientos mientras cruzamos el maravilloso puente de la poesía.
El amor es poesía, pero poesía no es solo bellas palabras. Poesía son los sentimientos de un corazón, sentimientos verdaderos y amor que por el mero hecho de sentirlos se convierten, aunque no tengan letras, en poemas del alma, en poesía del alma.
Poesía pura, solo poesía, son esos pensamientos y sentimientos de amor que laten, escondidos, en un pecho y que, un día, verán, o no, la luz.
Son esas confesiones de otoño que arrastra el viento o sirven de alimento en las tertulias del poeta.
Son poesías derramadas desde el alma con las que un Shakespeare enamorado quiso adornar mis lindos sueños de amor.
Poesía es un espacio para ti y tus sentimientos en el que el poeta osa a adentrarse para vestirlos de luz y dar forma a tus sueños, porque una imagen dice lo que siento.
Y cuando luz y sueños se funden, forjan ese reducto indestructible, esa poderosa acrópolis donde se refugian todos los corazones y cuyos vigilantes son los poetas del alma.
Los poemas y poesías escritos con lo más profundo de tu corazón son aquellos pensamientos, emociones, buenos sentimientos, amor y más, que, en un momento dado, seduciendo con letras o sin ellas,  te arrancan una lágrima o te dibujan una sonrisa; hieren o alegran un recuerdo o el presente, y colocan tu alma sobre un atril para que una voz los proclame  y recorra los confines de la tierra.
Poesía, amistad y todo lo que sientas o quieras expresar, son el epilogo de toda una vida, son el corolario en el que se funden las almas que siempre buscaron saciar la sed de su corazón y encontraron, en esas poesías para enamorarse, el sustento que necesitaban.
Y en esa blanca página que nos ofrecéis, permitís que dejemos la huella de esos poemas y melodías del corazón que buscaban su camino. Porque nuestra obra, nuestro sentir, es esa agua agradecida que, alegre, va cantando hasta el mar, desde que el manantial de las poesías la vio nacer.
Y bien pudiera llamarse, ese mar en el que confluyen nuestras almas y corazones, el club de los sentimientos, pues allí conviven todos, allí esperan, los tristes y felices, a que les pongamos nuestro rostro.
Sí, cualquiera que tenga vida en su pecho debe acercarse a ese mar, beber de sus aguas y dejar que los poemas fluyan libremente como dulce pasión y poesía.
Yo solo soy una gota más de ese inmenso mar en el que convive el mundo de los sentimientos y al que una sola palabra les da voz: Poesía.

Abel de Miguel Sáenz
Derechos reservados de autor.
Madrid, España



lunes, 21 de marzo de 2016

LLENANDO  LA AUSENCIA



En  esa ventana que, cada mañana, te ofrece un beso de luz y, cada anochecer, un  fresco suspiro, he dibujado la última sonrisa, esa que nació cuando nuestros labios se sintieron olas y buscaron la orilla ajena hasta descansar.
Y si de ese acto de sublime amor y entrega nació esa gota de luz que rompe el alma e incendia la vida, fue porque en ese beso, tú lo sabes, se fundieron nuestras historias, las espinas del pasado, los claveles del presente y los laureles que nos coronarán.
Sé que estas letras destilan nostalgia, pero cómo evitarla cuando he tenido que ausentarme.
La vida no siempre ofrece lo que uno quiere, pero a esa vida que me roba tu compañía le he robado yo tu alma para que viaje conmigo.
Y porque la distancia impide que tu mera presencia haga que cada segundo sea una gota de aire en mi pecho, he grabado, en los recuerdos del alma y en las paredes del corazón, una imagen de la primavera: he cincelado tu rostro en mis ojos para que, allá donde esté, siempre te vea.
Y hoy, en esta tierra que me oprime por tu ausencia, en la que solo veo nubes cuando la sed del corazón me invita a besar y no te encuentro, he decidido llenar el aire de ese aroma que corona tu cuello y hace, de él, un edén. He dejado sobre la limpia, pero triste, madera de una mesa esos guantes que cubren tus manos de cisne y a las que me agarro, en cada paseo, como si fueran la misma vida.
Solitario en el lecho, una almohada vacía me acompaña, una almohada que reclama sentir el roce de tu rostro. ¿Imposible?
No, sobre ella descansa una pequeña luna plateada  para que mis ojos recuerden que tú naciste de ella y que, cada noche, me acompañas.
He llenado esta ausencia, de atributos que te hacen presente en cada instante, y aunque no sea el mismo aire que me llena cuando tus ojos me miran, sobreviviré imaginando que acaricio esos cabellos sobre los que un aroma tuvo el honor de descansar; que mi pecho se estremece cuando siento el roce de esa mano a las que estos guantes tuvieron el privilegio de cuidar; que al contemplar la noche, no es la luna quien me mira, sino tú, así como tú me verás en esa pequeña estrella que no se separa de ella.
Y sí, no me olvidaba, en mi ventana también he dibujado esa gota de luz: nuestra última sonrisa, aquella que nació de un beso en el que se fundieron nuestras historias, nuestras vidas.

Abel de Miguel Sáenz
Derechos reservados de autor.
Madrid, España


domingo, 20 de marzo de 2016

PALMAS  VOLUBLES


Avanzaba  al encuentro de una gloria que no tardaría en mudar sus palmas laudatorias, en  látigos sangrientos.
Él lo sabía, pero su mirada no perdía ese horizonte en el que ya se perfilaba, tras esa gasa de “aleluyas”, el monte en el que daría la vida.
Pero todo eso estaría por llegar.
Hoy se recuerda el instante en el que Dios saboreó la efímera gloria con la que le tributó el voluble corazón humano.
Hoy quiero quedarme con el dulce poso que dejaste en mi alma cuando la miraste al pasar.
Quiero sentir que, aunque solo fuera ese día, mi corazón ondeaba al compás de esas palmas cuando te vieron llegar.
Hoy, el recuerdo de la posterior traición no puede hacer sombra a ese día, este ahora, en el que alma y corazón se rindieron a tu paso y grabaron, en el aire, la eterna voz del “¡Aleluya!”
Solo quisiera, Señor, que ese día, en el que te reconocimos como Dios, se hubiera parado el tiempo y mi pecho no hubiera tenido más sentimientos, pero (voluble condición humana) mancillé mi “aleluya” con la traición.
Tu mirada no se aparta de ese horizonte sangriento, y es esa serena mirada la que hace que hoy vuelva a entregarte alma y corazón, y deje, en el aire, la eterna voz de un “¡Aleluya!”…y de un “perdón”.


Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 16 de marzo de 2016

ALMAS DESNUDAS


Árboles, ¿quién desnudó vuestras  ramas?
Tal vez fue un insensible viento  que, tras besar, incansable, vuestras hojas, colmaros con sus poderosos suspiros y envolveros con sus etéreos brazos, consideró vuestro silencio un desprecio porque no alcanzó a miraros el alma.
Si ese viento supiera que sois amantes a quienes os robaron las palabras porque son los colores quienes  expresan vuestros secretos; si hubiera sabido que el temblor de vuestras hojas, cuando él las rozaba, eran desbocados latidos que necesitaban huir de un tronco extasiado; si hubiera conocido que cuando os mecíais entre sus poderosos abrazos, soñasteis que erais olas, impulsadas por un amante viento,  y que nunca moriríais o lo haríais juntos en medio de ese mar que él y vosotros formabais; si hubiera sido capaz de escrutar vuestros sentimientos, no os hubiera despojado de vuestras hojas, de ese hábito que delata el estado de vuestro corazón.
¿Acaso pensó, al verlas amarillentas, que ese amor se había apagado o que la vida  las ofreció otro mejor?
Sí, es verdad que ese aparente oro que las cubría anunciaba una cercana muerte, pero no la del amor que por ese viento sentían; porque hasta tal punto lo amaron, que suspiraban porque fueran sus manos quienes las arrancaran la vida, desearon que, ya muertas, fuera él quien las llevara, en su viaje a la otra vida, por los inhóspitos caminos del cielo y no quisieron más tumba que la de reposar eternamente en sus suspirantes brazos.
Por eso, árboles, al veros desnudos siento que os han robado la esencia de vuestro amor; me duele pensar que ese amante por el que vuestras hojas dieron la vida y al que tú entregaste el alma, ahora no tenga donde dejar sus suspiros, pero sé que, en el corazón de ese viento, existe el incandescente deseo de volver a reencontrarse con ellas al igual que en tu tronco se encierra un corazón en el que no ha muerto ni el sueño ni la esperanza.
Árboles, ha muerto la pena de veros desnudos porque quiero imaginar que esas hojas que saborearon el néctar de amar y ser amadas siguen viajando, felices, entre los brazos del viento y sueñan, sí, sueñan, con que otras como ellas volverán a temblar, a latir, cuando sus manos las roce.
Así, entre tú y yo, en nuestro amor, no importa quién sea viento, hoja o árbol, solo importa que, aunque la vida nos robe nuestras “hojas”, nuestra sonrisa, nuestros deseos y desnude nuestro cielo,
seguiremos imaginando, en medio de la ausencia, que somos ola y viento viajando en medio del mar.

Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 13 de marzo de 2016

NADA  SE HA PERDIDO



Había  pasado el tiempo y volví a esa tierra en la que el alma se dejaba un jirón por  cada pensamiento tuyo, y el corazón perdía un latido en cada paso que daba.
Fue época de añoranzas, reñidas con una realidad que parecía negarme ese sueño; pero si ahora vuelvo al lugar en el que mi pecho quedó herido y esperanzado, no es para revivir el pasado, sino para saber qué me dice ahora que te he conquistado.
Pero de esa tierra que conoció mis secretos, ha huido el río que la enmarcaba.
Nunca creí que  una de esas lágrimas, que nació del dolor para morir en tierra, fuera capaz de arrancarle el corazón al río y que este abandonara su curso para arrastrarse tras ella.
Así debió ser, porque del lecho que cobijaba sus aguas y mis lágrimas, solo queda una cicatriz de tierra.
Y hasta el mismo viento se ha ausentado. Ese viento que rozando el rostro me tranquilizaba el alma,
ha huido no se sabe dónde.
¡Quién diría que cambiaría su rumbo, se olvidaría de sus caminos y acompañaría a esos suspiros que di vida cuando te recordaba!
Sí, renunció a su propia vida para compartir, con ellos, su destino.
Ya solo queda el débil murmullo de una brisa como agonizante voz que recuerda que, allí, en otro tiempo, se dejó la vida por un alma y un corazón que lo necesitaba
¿Pero no es verdad que cuando las cruzaba abrazado a tu pensamiento sentía que la vida se paraba?
Tenía la sensación de que el tiempo se mutilaba, se hería a sí mismo intentando cortar los hilos que le arrastraban y quería detener su vida con tal de compartir conmigo esos momentos en los que yo soñaba.
Parece que a ese lugar le han robado algo, esos atributos en los que me recreaba para sentirte más cerca: el río, el viento,…; sin embargo, no han muerto.
Ahora sé por qué, al mirar tus azules ojos o ver cómo una lágrima dibuja en ellos un triste amanecer, contemplo ese mismo río en el que se ahogaron mis pensamientos.
Y también sé por qué  cuando tus labios me llaman o dejan en el aire tus respiros, siento ese viento que me tranquilizaba el alma.
Sí, al volver a ese lugar, nada se ha perdido, solo se ha mudado: tus labios y tus ojos son ese viento y ese río en los que, un día, mi alma se rompió en jirones y mi corazón se dejaba los latidos.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 9 de marzo de 2016

ANÁRQUICAS PALABRAS



Hubo  un tiempo en el que las palabras se acumulaban en una blanca hoja hasta  conformar un anárquico mosaico en el que convivían las frías y azules, con las vitales y cálidas.
Cada una de ellas era hija de un espontáneo pensamiento o de un impulsivo sentimiento y, así, fueron conformando un libertino tapiz en el que los “colores”, ellas mismas, esperaban a que otra naciera y las acompañara.
Ha pasado el tiempo y he querido releerlas para desentrañar lo que quisieron decir en su momento y lo que, ahora, me sugerían.
Allí estaban, aisladas, pero encadenadas sin ellas saberlo, porque aunque nacieron de distintos sentimientos las parió la misma alma.
Y la primera que volvió a nacer fue aquella que surgió un día en el que el alma buscaba aires de paz.
Recuerdo que me adentré en el silencio que ofrecía una despoblada cima, crucé el umbral de ese inhóspito mundo y  la mirada se perdió en las alturas dejando que  los sentidos, como un solo pulmón, respiraran ese dichoso aire.
Con la misma paz que me invadía, los labios, serenos, tranquilos, dejaron escapar una voz que encerraba todos esos sentimientos: “cielo”.
Junto a esta, aquella que vio la luz una noche de lluvia, uno de esos  de días en los que las emociones desean vivir encerradas en el pecho porque solo allí viven la intimidad que les sugieren las lágrimas del cielo.
Y esa noche, bajo el eco de la acompasada voz del agua, al refugio de los oscuros ojos de la noche, nació, en mi alma, la “luna”.
Según las recordaba, volví a sentir ese trémulo movimiento que agita el corazón cuando roza la felicidad.
Y una vez inmerso en esta espiral, cada palabra aceleraba los recuerdos, los sentimientos, las vivencias. Todo era un continuo fluir  de sensaciones.
Una de ellas fue hija de un solitario paseo a la hora del crepúsculo en el que los únicos testigos eran la soledad y la tierra que pisaba.
En esas circunstancias, a esa hora, el sol se despidió de la tierra con un cárdeno beso que la llenó de fuego e hizo que el cielo se ruborizara.
Una de esas llamas me salpicó la vista, me rozó el corazón y ese incendiario umbral, en el que sol y tierra se fundían, dibujó nuestros “labios”.
He dejado para el final, no la última, sino la causa de todas ellas.
Ninguna de las anteriores hubiera existido sin ella.
Y su nacimiento no fue fruto de un paisaje o de un fugaz sentimiento, sino que vivió conmigo toda la vida aunque tardara en descubrirla.
Desde ese día, ese cielo por el que suspiré, esa luna que me cautivó o esos labios que me apresaron, se aunaron en esta mística palabra: “tu nombre”.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 3 de marzo de 2016

AUNQUE LA VIDA ME CIEGUE


Hoy  quería dejar, en tu pensamiento, esos ecos que trastornan el corazón hasta  convertirlo en laguna de sueños o en serena luna.
Mis ojos han vuelto a rozar esas aguas en las que descansaron nuestras sombras, cuando buscábamos perdernos  en uno de esos infinitos puntos que el mundo reserva para los enamorados, y fruto de ese encuentro ha nacido este deseo.
No aspiro a embriagarte de suspiros, ni a provocar que una emocionada lágrima asalte tus azules ojos, ni a que en tus labios flote una soñadora sonrisa; todo eso es patrimonio de tu alma y yo no soy quién para invadirla.
Solo aspiro a que tus labios musiten, como si rezaras, cada una de estas palabras que, si bien nacieron de mi alma, están escritas para habitar en la tuya.
Y todo esto surge porque siempre que mi mirada encuentra un punto en el que perderse, se encuentra contigo.
Cruzará cielos, paisajes inundados de luces, tierra sepultada bajo otoñales hojas, encontrará múltiples excusas para pararse y recrearse en esas maravillosas bondades que ofrece la Naturaleza, pero todas esas estampas dejan una voz de aliento, un susurro que me anima a que mis ojos continúen su viaje, las sobrevuelen y vayan en tu búsqueda.
Cada vez que la vida me ofrece un poco de tiempo, dejo que la mirada se pierda entre esos paisajes en los que Dios ha labrado, en su pecho,  un espejo, y en ese espejo, ha cincelado tu recuerdo para que allá donde mire siempre encuentre un reflejo de tu existencia.
Así, entenderás que la lluvia son nuestras lágrimas compartidas, que el viento son nuestros brazos en plena búsqueda,  que el mar es esa hoja en la que escribimos nuestros sueños, que un amanecer desempolva  el lema de nuestros espíritus, que un atardecer es la imagen de nuestros latidos, o que un cielo, azul y limpio, es el sello que grabamos en nuestras almas.
No te pedía ni un suspiro, ni una lágrima, ni una sonrisa, solo que tus labios fueran trémulos pétalos, en oración, al leerla, pero mientras escribo, mis ojos han sentido el roce de una lágrima, y mis labios, privados de besarte, no dejan de temblar cuando evocan tu nombre.
Y si la vida me cierra los ojos, si me priva de contemplar el bello ropaje que la cubre, no importa: en medio de la oscuridad, recordaré esa noche de serena luna en la que nuestros corazones eran una laguna de sueños.


Abel De Miguel Sáenz
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