miércoles, 16 de marzo de 2016

ALMAS DESNUDAS


Árboles, ¿quién desnudó vuestras  ramas?
Tal vez fue un insensible viento  que, tras besar, incansable, vuestras hojas, colmaros con sus poderosos suspiros y envolveros con sus etéreos brazos, consideró vuestro silencio un desprecio porque no alcanzó a miraros el alma.
Si ese viento supiera que sois amantes a quienes os robaron las palabras porque son los colores quienes  expresan vuestros secretos; si hubiera sabido que el temblor de vuestras hojas, cuando él las rozaba, eran desbocados latidos que necesitaban huir de un tronco extasiado; si hubiera conocido que cuando os mecíais entre sus poderosos abrazos, soñasteis que erais olas, impulsadas por un amante viento,  y que nunca moriríais o lo haríais juntos en medio de ese mar que él y vosotros formabais; si hubiera sido capaz de escrutar vuestros sentimientos, no os hubiera despojado de vuestras hojas, de ese hábito que delata el estado de vuestro corazón.
¿Acaso pensó, al verlas amarillentas, que ese amor se había apagado o que la vida  las ofreció otro mejor?
Sí, es verdad que ese aparente oro que las cubría anunciaba una cercana muerte, pero no la del amor que por ese viento sentían; porque hasta tal punto lo amaron, que suspiraban porque fueran sus manos quienes las arrancaran la vida, desearon que, ya muertas, fuera él quien las llevara, en su viaje a la otra vida, por los inhóspitos caminos del cielo y no quisieron más tumba que la de reposar eternamente en sus suspirantes brazos.
Por eso, árboles, al veros desnudos siento que os han robado la esencia de vuestro amor; me duele pensar que ese amante por el que vuestras hojas dieron la vida y al que tú entregaste el alma, ahora no tenga donde dejar sus suspiros, pero sé que, en el corazón de ese viento, existe el incandescente deseo de volver a reencontrarse con ellas al igual que en tu tronco se encierra un corazón en el que no ha muerto ni el sueño ni la esperanza.
Árboles, ha muerto la pena de veros desnudos porque quiero imaginar que esas hojas que saborearon el néctar de amar y ser amadas siguen viajando, felices, entre los brazos del viento y sueñan, sí, sueñan, con que otras como ellas volverán a temblar, a latir, cuando sus manos las roce.
Así, entre tú y yo, en nuestro amor, no importa quién sea viento, hoja o árbol, solo importa que, aunque la vida nos robe nuestras “hojas”, nuestra sonrisa, nuestros deseos y desnude nuestro cielo,
seguiremos imaginando, en medio de la ausencia, que somos ola y viento viajando en medio del mar.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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