miércoles, 9 de marzo de 2016

ANÁRQUICAS PALABRAS



Hubo  un tiempo en el que las palabras se acumulaban en una blanca hoja hasta  conformar un anárquico mosaico en el que convivían las frías y azules, con las vitales y cálidas.
Cada una de ellas era hija de un espontáneo pensamiento o de un impulsivo sentimiento y, así, fueron conformando un libertino tapiz en el que los “colores”, ellas mismas, esperaban a que otra naciera y las acompañara.
Ha pasado el tiempo y he querido releerlas para desentrañar lo que quisieron decir en su momento y lo que, ahora, me sugerían.
Allí estaban, aisladas, pero encadenadas sin ellas saberlo, porque aunque nacieron de distintos sentimientos las parió la misma alma.
Y la primera que volvió a nacer fue aquella que surgió un día en el que el alma buscaba aires de paz.
Recuerdo que me adentré en el silencio que ofrecía una despoblada cima, crucé el umbral de ese inhóspito mundo y  la mirada se perdió en las alturas dejando que  los sentidos, como un solo pulmón, respiraran ese dichoso aire.
Con la misma paz que me invadía, los labios, serenos, tranquilos, dejaron escapar una voz que encerraba todos esos sentimientos: “cielo”.
Junto a esta, aquella que vio la luz una noche de lluvia, uno de esos  de días en los que las emociones desean vivir encerradas en el pecho porque solo allí viven la intimidad que les sugieren las lágrimas del cielo.
Y esa noche, bajo el eco de la acompasada voz del agua, al refugio de los oscuros ojos de la noche, nació, en mi alma, la “luna”.
Según las recordaba, volví a sentir ese trémulo movimiento que agita el corazón cuando roza la felicidad.
Y una vez inmerso en esta espiral, cada palabra aceleraba los recuerdos, los sentimientos, las vivencias. Todo era un continuo fluir  de sensaciones.
Una de ellas fue hija de un solitario paseo a la hora del crepúsculo en el que los únicos testigos eran la soledad y la tierra que pisaba.
En esas circunstancias, a esa hora, el sol se despidió de la tierra con un cárdeno beso que la llenó de fuego e hizo que el cielo se ruborizara.
Una de esas llamas me salpicó la vista, me rozó el corazón y ese incendiario umbral, en el que sol y tierra se fundían, dibujó nuestros “labios”.
He dejado para el final, no la última, sino la causa de todas ellas.
Ninguna de las anteriores hubiera existido sin ella.
Y su nacimiento no fue fruto de un paisaje o de un fugaz sentimiento, sino que vivió conmigo toda la vida aunque tardara en descubrirla.
Desde ese día, ese cielo por el que suspiré, esa luna que me cautivó o esos labios que me apresaron, se aunaron en esta mística palabra: “tu nombre”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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