jueves, 7 de abril de 2016

BALADA  PARA UNA JOVEN


Desde  ese día en el que una inmaculada mirada atravesó la estepa de mi corazón, mi  alma buscó poner voz a ese sentimiento que la sigue embargando; necesitaba recrear lo que vivía y eligió, para ello, la música, acordes que nacieran de un milagro. Solo ellos serían capaces de emular esa intensidad que aún me sigue golpeando.
La fina lluvia, experta amante, primero me sedujo con su aroma a tierra mojada; el siguiente paso fue abandonarme a sus manos de fina agua y pasear con ella. No pude, no quería, abandonarla.
Sus débiles gotas sonaban a suspiros cuando rozaban las hojas;  a entrañables caricias cuando llegaban a tierra; y a alegres y eternas campanas cuando mi alma las acogía.
Suspiros, besos y campanas: ya tenía una pequeña parte de esa pieza musical con la que pretendía anclarte en mi memoria.
Animado porque lo imposible empezaba a vestirse de milagro, me cité con otro rincón de la naturaleza para que me brindara esos sonidos que anhelaba.
Recuerdo una noche en la que las estrellas rompieron filas y dieron la sensación de que el cielo estaba plagado de lágrimas de nácar, de perlas recién nacidas o de copos de nieve que se sentían felices viajando por los oscuros caminos del cielo.
Abajo, en la tierra, sustraídos mis sentimientos por ese paisaje, dejé que los ojos atravesaron todas las capas de silencio que me separaban de ellas y presentí que unos nuevos acordes iban a completar el milagro de la partitura.
Abrí el pecho y se fundieron ese mágico silencio y los amorosos requiebros del viento, esos íntimos murmullos que dejaba entre las ramas del sauce.
¡Oh Dios, jamás creí vivir tan cerca de lo eterno como en aquella ocasión!
¿No era, acaso, la misma sensación que cuando esos ojos me cautivaron?
Sentía que solo faltaba una nota para completar esa música que te inmortalizara en mi corazón y sabía quién me la podía dar.
Desde el instante en que esa raptora mirada me hirió, imaginé cómo serían sus besos; y con tal fuerza se removió el corazón, que supe que ese sonido me esperaba en el mar.
Qué es la playa sino finos labios de arena que esperan ser besados por las olas y sus suaves labios de agua.
Así, evoqué esa estampa en la que las olas van acumulando el deseo en su viaje por el mar y esperan, cuando lleguen a la orilla, volcar esa contenida pasión.
Pero como el amor es pasión, aún oigo el impetuoso sonido de esas aguas que quisieron acabar su vida en los rocosos brazos de la costa.
Sí, era ese el sonido que reflejaba el beso que yo soñé.
Y abandoné el acantilado dejando que en mi alma resonara la fina lluvia, el silencio nocturno, el murmullo del viento y el crujir de las olas.
Nada más podía pedir a la vida.
Ya tenía esa música que me recordara tus suspiros, tus caricias, tu voz, tus besos…
Ya tenía ese milagro que recordara, eternamente, el momento en el que una inmaculada mirada atravesó la estepa de mi corazón.


Abel de Miguel 

No hay comentarios:

Publicar un comentario