viernes, 8 de abril de 2016

FUE  UNA SONRISA


No la había visto, solo sentí su presencia cuando dejó escapar una tímida sonrisa.
Eran  cándidas notas, pequeñas cataratas de fresca alegría que nacieron de inocentes labios y saltaron al vacío sin pensar que eran capaces de robar un corazón.
Pero lo hicieron.
Te pueden enamorar unos ojos, te puede embriagar una mirada, te puede rendir una voz,
te puede cautivar una personalidad, pero una sonrisa, sin rostro al que asociarla, un simple eco de vida que puede tener infinidad de  madres, ¿es capaz de igualar el poder de esas fuerzas que nos roban la vida?
Lo es.
Esa sonrisa no era un mero testimonio de una transitoria felicidad. No era un engreído cisne cuya belleza muere en nuestros ojos cuando le pierden de vista. No era ese último y presuntuoso rayo del ocaso que pretende incendiar el cielo antes de morir.
No, no era una risa vacía. Era la rúbrica de un alma limpia.
Al menos, a mí me lo pareció.
Y algo de verdad se encerraba en ese presentimiento cuando alma y corazón se sintieron atraídos por ella.
Había escuchado miles de músicas iguales o parecidas, incluso algunas más bellas, pero ninguna transmitió semejantes sentimientos.
Aquellas fueron dignas de aprecio, de agradecimiento, pero jamás traspasaron el delicado umbral que comunica con los soñados secretos.
Fue entonces cuando la sigilosa voz que se esconde en el corazón dio la orden de ver la fuente de la que nació ese anónimo milagro. Y la contemplé.
Sí, sería bella. Sus ojos serían mares envidiados por otras aguas, su voz sería bálsamo y vida,
su aspecto sería el de dama que triunfa por el mero hecho de existir, pero solo puedo decir “sería” porque solo vi una efigie de mujer vestida de alegre alma.
Si sus ojos me enamoraron, si su mirada me embriagó, si su voz me rindió y su aspecto me dejó cautivo, fue porque alrededor de ellos latía una sonrisa.


Abel de Miguel 

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