domingo, 3 de abril de 2016

INEXPLICABLE  SECRETO


Era  una montaña vetada por el Sol. Su luz solo la visitaba en esporádicas ocasiones  y cuando lo hacía, su tierra era trémula piel que sentía el roce de lo amado, corazón sobresaltado ante el roce de un eterno recuerdo que le devolvía la vida.
Sus laderas se extendían  con la humildad de la rama vencida por el viento hasta besar el suelo que las vio nacer. Onduladas, en lento declive, simulaban labios que se abrían en busca de ese beso de agua que nunca sintieron.
Unas aisladas hierbas eran sus únicas amantes, las únicas que no se avergonzaron de habitar en ese corazón de tierra al que la naturaleza parecía ignorar.
Hasta el mismo viento dudaba en besarla. No sabía si sus etéreos labios serían bálsamo y compañía o harían más profundas esas heridas que la marcaban.
No quería, el viento, limpiar esa emocionada piel de arena, el único ropaje que anunciaba que esa montaña tenía sentimientos.
Pero bajo ese simulacro de vida, tan distante de sus poderosas y arrogantes hermanas, latía un inexplicable secreto que le confería el aspecto de elegida.
Porque así como el corazón se siente cautivado por la belleza, el alma se siente atrapada cuando respira el hambre o la necesidad. Y esa montaña era un desgarrador reclamo a aquellos que nunca sintieron compasión; era un desesperado grito que nacía de su desnudo silencio, para ofrecer lo único que tenía: soledad y recogimiento.
¿No eran motivos suficientes para que un humano pecho se dejara perder en ella?
Sí, ese corazón  y alma no encontrarían las frescas sombras que nacen de la frondosa naturaleza; no hallarían, en sus cumbres, las blancas capas de nieve, fruto de un loco amor entre el frío y la luna; no escucharían las agradables voces de ese viento que se recrea paseando entre las ramas; tal vez, solo encontrarían las simples lágrimas que el rocío dejó sobre esas samaritanas plantas que se atrevieron a decorar su corazón.
Pero cuando el alma se siente fatigada de tanta vacía belleza, encontraría en esa montaña la fuente que saciara su pobreza.
Bastaría un descuidado paseo entre ese mendicante suelo para hallar el reflexivo silencio, ahogado por los vacíos y cotidianos ruidos; para respirar la trascendencia cuando, en la cima, alma y corazón se vieran solos ante el cielo y sentir que unos pocos segundos llenan toda una vida; bastaría mirar a esa montaña, olvidada por el éxito, para encontrar el secreto de esas personas que aman en silencio o que ofrecen amor sin buscar reconocimiento.
“Era una montaña vetada por el Sol……en la que latía un inexplicable secreto.”

Abel de Miguel Sáenz
Derechos reservados de autor.

Madrid, España.

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