martes, 26 de abril de 2016

MIRLO BLANCO


Era uno de esos días en los que las horas duermen, en los que un sol, narcotizado, recorría el cielo con esa  lentitud con la que un amante sueña cuando se encuentra junto a lo amado.
Todo era una inmóvil imagen, un momento único para recrearse en los detalles de la naturaleza, aquellos que nuestra vida hace fugaces hasta el punto de ignorarlos.
Y todo eran tan pausado que hasta la misma alma parecía mecerse en un pecho en el que el corazón, más que latir, meditaba.
Aproveché esa rara oportunidad, ese mirlo blanco que nunca más sabría cuándo se dignaría a mostrar sus alas, y dibujé, con letras, el retrato de ese cielo y esa tierra vistos por un pecho que también soñaba.
Me detuve en unas ramas a las que una reciente lluvia acababa de bautizar y  en las que sobrevivían esas nostálgicas lágrimas.
Siempre pensé que, ramas y gotas, eran mudas compañeras, obligadas vecinas, pero aprovechando ese compás de espera en el que estaba la vida, escuché unas tímidas voces que nacían de ambas.
Tal era el calor de ese íntimo diálogo, tal el silencio que las rodeaba, que entendí por qué deseaba pasear junto a ti un día de lluvia.
Aproveché que hasta el mismo aire había detenido sus brazos para adentrarme en ellos y descubrir esos secretos que susurra a un paseante solitario o a dos enamorados.
Quien pensara que las voces del aire son vacías o que nada encierran, es que no ha visto sus entrañas.
Allí, en su corazón, se guardan todos los sentimientos y cada cual tiene su ventana.
El viento solo espera que alguien se cruce en su camino; en ese instante le mira a los ojos, espejos del alma, y deja que se abra la ventana del “sueño”, de la “soledad”, de la “paz” o aquella que ese paseante solitario o esos, enamorados, desean que se abra.
¿Entiendes, ahora, por qué decimos que el viento parece hablarnos de amor cuando, al calor de una hoguera, oímos sus voces a través de la ventana?
Pero, de entre todas estampas, una se grabó en mi alma y nunca la podré olvidar:
Un rayo de luz dibujaba  filigranas sobre unas estancadas aguas que parecían dormir al abrigo de ese dorado arrullo. Tan delicado era todo, que parecía un dedo divino traspasando un alma.
No era un encuentro casual entra luz y agua. Era una concertada cita, tan deseada como esperada.
Me acerqué sabiendo que rasgaba una intimidad, y en el umbral en el que ambas se fundían, el rayo abandonó su rectilínea pose y dejó, sobre esa cristalina superficie, un beso.
¿No pasamos horas, inmóviles, pensativos, contemplando el mar mientras sentíamos que nuestro corazón se hacía más grande?
¿No sentiste que cada segundo que pasaba era un pensamiento de amor o un beso eterno?

Desde aquel día, en el que la naturaleza se desnudó, entendí que todas esas sensaciones fugaces son deliberadas voces que, cada día, nos esperan y nos hablan. Solo queda que detengamos nuestras vidas sin esperar a ese momento en que ella se convierta en un mirlo blanco… que nunca sabemos cuándo volverá  a pasar.

Abel de Miguel

No hay comentarios:

Publicar un comentario