sábado, 16 de abril de 2016

RAÍCES EN EL CIELO


Apenas volaban. Estaban suspensas, recreándose en la vista que les proporcionaba su trono y pidiendo al viento que  no abriera su mano y las dejara descansar.
Querían estar así: soñando, quietas, sintiéndose al margen de ese caprichoso aire que, tantas veces, las llevaba donde no querían.
Lucían sus mejores vestidos. Blancas y algodonadas, parecían exultantes damas de honor que acompañan a la novia, pero tan bellas que cualquiera de ellas podría asumir el papel de esa mujer elegida.
Entre ellas y la mirada se interponía un halo mágico que no se sabía si era fruto del aroma divino que despedían o nacía de una imaginación propensa a soñar con solo verlas.
Por momentos parecían desgarrarse, como si no fueran capaces de contener la gloria que encerraban;
en otros, su pecho se hinchaba, como si el corazón estuviera respirando, continuamente, el amor, hasta transformarse en una inmensa perla que se asemejaba al mismo corazón de Dios.
En ocasiones parecía que palpitaban cuando sentían que unos ojos las miraban o los sentimientos que nacían de esa mirada rozaban sus finas pieles.
Abandonaron su ropaje de peregrinas y se recostaron en las orillas del espacio como joven que se tumba a la vera del río para compartir, con el agua y el silencio, sus amores.
¿Qué descubrieron para que renegaran de su espíritu nómada y quisieran ser, por unos instantes, raíces en el cielo?
Ese halo que marcaba la frontera entre su mundo y el mío, esa maravillosa puerta que, traspasarla, suponía adentrarse en una dimensión donde los pensamientos se vuelven sueños y los sentimientos visten túnicas blancas, ese halo, era tu recuerdo.
Sí, miré al cielo impulsado por la ilusión de que allí encontraría tus ojos y, por eso, todo lo que veía adquirió el aspecto de milagro.
Fue este pensamiento el que rozó esas nubes, fue él quien las hizo detenerse, el que las vistió de níveas damas, el que clavó el dardo del amor en sus pechos, el que las retuvo en el cielo para saborear y ofrecerme el elixir del corazón.
Y ahora me explico por qué, al mirarlas, tuve la sensación de que ese halo y esos sentimientos me eran conocidos.
 Así pasó el tiempo, hasta que sentí tu presencia, la cercanía de tu mirada, y ya no era necesario el recuerdo.
En el instante en que nuestros ojos se encontraron se desvaneció ese mágico halo y un leve viento se llevó a las milagrosas nubes por desconocidos derroteros; pero no importa que se fueran, porque en mi alma clavaron sus raíces como ellas lo hicieron  en el cielo.


Abel de Miguel 

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