lunes, 4 de abril de 2016

SENTIMIENTOS  HUÉRFANOS


Siempre  me persiguió la idea de por qué hacemos que el alma sea tan voluble.
Destinada  a encontrarse con lo eterno, ansiosa por tocarlo, consolándose con sentir que lo roza en esta vida y, sin embargo, la perdemos por caminos de efímeros paraísos que no dejan de ser niebla que borran los verdaderos y la conducen al vacío.
Presta a abrazar la felicidad, somos capaces de hacerla creer que lo caduco y terrenal es eterno y divino; capaces de deshojarla, de que pierda su pureza, de cortarle las alas, esas alas que elevan la mirada y hacen que las maravillas terrenales se vean como hijas de un milagro, con tal de arrastrarla por los caminos de los sentidos hasta convertirla en ave de bajos vuelos.
¿Que el amor es efímero?
Todo aquel que ama desea que sea eterno; que su eco nunca muera entre las paredes de su pecho, que su luz nunca se apague y sea estímulo en los días de rosas o bálsamo en los días de espinas; que sea el primer pensamiento, el primer rayo del alba, cuando, cada mañana, sus ojos se enfrenten a la vida y que siempre haya un amanecer para encontrarlo.
Y no hay que soñar para ello ni creer que ese estado es propio de una mágica leyenda.
Todo amor que nace de noble pecho tiene un padre y una madre: el corazón y el alma, los sentimientos y el espíritu, lo temporal y lo eterno.
Así pues, qué fácil sería que ese maravilloso estado en el que se sumerge la persona cuando ama no muriera nunca; solo basta que no lo haga el alma para no dejar, al amor, huérfano.
Y me vuelvo a preguntar: entonces, ¿por qué dejamos que muera?
En esos momentos, se acrecientan los espectros de los sentimientos, aquellos que solo nos muestran el lado bonito, pero efímero, del amor. Aquellos que nos engañan diciendo que el corazón fue su único creador, que nunca existió un alma que los pariera y que, por lo tanto, su vida depende de lo que dure la de su progenitor.
En el momento en el que ese corazón se fatigue, en el que la luz que lo deslumbró sea un triste rayo del ocaso, en el que ya no respire el aire que lo alimentó o en el que ya no sea capaz de seguir avivando las ascuas que lo incendiaron, entonces, moriría el amor.
Pero no. Siempre nos quedaría la posibilidad de que esos sentimientos se aferraran a su madre, el alma, para saber que no están solos y que también ella les puede ayudar a seguir amando.
Entonces, ¿por qué dejamos que muera aquella que es capaz de trasformar en eternos esos sentimientos?
Alma y corazón son partes necesarias de la misma moneda.
Sí, el amor es una canción en la que el corazón es la voz y el alma, la letra.


Abel de Miguel 

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