domingo, 29 de mayo de 2016

VESTIDOS  DE MÚSICA


Pretéritas  ilusiones, innatas emociones nos acompañan desde que nuestra vida descubrió que  en el corazón los sueños pueden vestirse de música.
¿Quién no ha quedado marcado por ese fugaz momento, por esa noche, en la que el corazón reconoció, en una canción, la voz que llenaba sus deseos?
Sí, esa huella que quedó grabada en nuestra vida, que trazó el camino por el que las emociones debían desfilar, esa canción que, un día, abrió los cerrojos del alma y le mostró un rostro, un ideal o un sueño, forma patrimonio imborrable del corazón; hasta tal punto, que puede mirar a los ojos a aquellos momentos que nunca borraríamos de nuestra vida.
Pertenece a ese racimo de selectas ocasiones que nos robaron los sentimientos:
Cuando esos ojos soñados pidieron compartir tu mirada, el primer beso, esa noche en la que luna y estrellas callaron porque hablabas con Dios, o esa mañana en la que sentiste que el mundo era tuyo porque no cabía más amor en tu pecho.
En esa bendita escala habita esa música que decidió vivir en nuestro  recuerdo hasta que muriéramos.
Al igual que lo sagrado, pues así lo pide el corazón, ese fugaz instante solo tiene vida cuando se saborea en la más pura intimidad, en el anonimato de tus sentimientos.
No hay mayor placer que disfrutarlo sabiendo que ese es  tu secreto, que esa canción nació para ti y que nadie, solo tú, es capaz de descubrir las innumerables emociones que encierra el corazón con solo oírla.
Así como un mar en calma, una puesta de sol, o cualquier otro milagro de la naturaleza escribe en nuestros ojos un poema de amor en el que cada cual elige los versos, así, esa música dejará en ti, solo en ti, escrita tu historia, la más maravillosa historia con la que un pecho pudo soñar.
Nadie podrá vivirla ni entenderla como cada cual la hemos vivido.
Por eso una canción es capaz de figurar entre esos mágicos momentos que marcaron tu vida y seguir formando parte de esas pretéritas ilusiones e innatas emociones que, un día, permitieron descubrir al corazón que los sueños pueden vestirse de música.



Abel de Miguel Sáenz

miércoles, 25 de mayo de 2016

EXTRAÑA Y BELLA


Era una tierra que se había quedado  preñada por esos suspiros que generaban sus entrañas cuando pensaban en la mano  que, cada día, la acariciaba.
Su vientre no pudo contener más el amor que acumulaba y parió la flor más bella y extraña que los sentidos hubieran podido conocer.
Extraña, porque ni la guadaña del frío, ni la soga del calor, ni las tijeras del viento, ni el impulso del agua podían robarle su aroma.
Poco importaba que la poderosa mano de la nieve ocultara su rostro; que el sol la obligara a cerrar sus pétalos como ventanas que se resguardan; que la lluvia pretendiera vestirla de triste lágrima; o que el aire quisiera, una y otra vez, robarle la paz que emanaba.
Inmune a los celos de la naturaleza, quien a ella se acercaba sentía el impulso de contemplarla, de besarla y, rendido a su encanto, de robarla; pues ¿quién no ha intentado que aquello que ama forme parte de su vida?
Pero quien a ella se acercaba escondiendo los sentimientos para que esa flor no se los robara, quien solo la miraba con esos aires fríos y curiosos que expatrian a las emociones, quedaba confundido al no encontrar razones para ese inagotable manantial de embriagadora felicidad.
Sí, extraña y misteriosa se la mirara con los ojos del cuerpo o con los del alma.
Pero también, cautivadora y bella.
Sus pétalos eran labios nacidos para besar.
Tal vez por eso, nieve, sol, lluvia y viento cedían en sus pretensiones cuando pretendían enclaustrarla.
No importaba que las palabras fueran hirientes; su respuesta siempre era la misma: un trémulo movimiento de pétalos que simulaban el latido de un corazón. Un beso.
Y cuando un leve viento mecía su frágil, pero invencible, tallo,  su cárdena cabeza se inclinaba suavemente como corazón que se rinde ante lo amado.
Se diría que unas alas y un diamante temblaban, emocionados, ante un suspiro de Dios.
Sí, la belleza era plena.
Pero, aunque extraña y bella, es fácil encontrarla a ella y a esa tierra que la parió.
Pues esa tierra es nuestro pecho,  nuestro cuerpo, nuestra vida; almacenes de suspiros que alimentan deseos  o realidades.
Y esa flor…, esa flor es, simple y llanamente, ese amor que llevamos dentro; el que nace de un sueño puro o de una vida entregada.
Por eso es extraña. Por eso es bella.


Abel de Miguel Sáenz

sábado, 21 de mayo de 2016

DIÁLOGOS DE VIDA


Hubo un tiempo en el que la tierra, prisionera, moría entre los brazos del frío y se empezaron a escuchar sus  primeras desesperadas voces.
La flor extendía sus pétalos, como desesperados brazos de náufrago, en busca de un calor que no encontraba.  La hierba sentía que, lentamente, en sus débiles tallos resonaban los últimos latidos y se convertían en hilos de hielo, ausentes de color.
El aire mutaba sus plácidas alas en afiladas hojas que sesgaban cualquier atisbo de vida.
Toda la naturaleza se iba convirtiendo en una fantasmal imagen arrastrada por el frío y dejando el  sonido de la muerte.
Pero bajo esas agonizantes voces se alzaron las que no se rendían, y de esas mismas almas que sufrían nacieron alientos de vida.
El mismo Dios que las creó asomó en el Cielo,  llamó al viento y le habló en confidencia.
Cada palabra era un susurro que templaba su furia y sus alas:
“Acércate a la flor,  tiéndele la mano como solo tú sabes hacerlo y acaríciala como lo hacías con la naturaleza el primer día que te di la vida y como aquellos en los que tu suave voz enamora en medio del silencio...” Dios siguió  hablando al viento, pero las últimas palabras fueron secretas.
 El viento descendió a la tierra con la misma elegancia y armonía con la que la luz del alba ameriza sobre las frías aguas y, próximo a la mendiga flor, le dejó un suspiro de vida sobre sus agonizantes pétalos, los cuales resucitaron como lo hace un herido corazón cuando siente el roce del amor.
Salvada de su naufragio, abrió sus brazos de colores a a ese samaritano viento; abrazo que, en el fondo, era un beso a la vida.
Se había hecho lo más importante: abrir la espita que transmitía la esperanza.
El viento se sintió un ángel y fue contagiando al resto de la naturaleza el poder de su vida.
Remontó el vuelo en busca de las nubes y, a la orden de su suave y firme voz, las reunió.
Eran nubes deshilvanadas, tristes, de secas entrañas incapaces de parir agua. Sus lágrimas no eran de vida, sino de dolor, y morían antes de llegar a tierra.
Les empezó a hablar y fueron recordando, una a una, los alegres poemas de colores que le dedicaba la tierra cuando sentía sus besos de agua, cómo despertaban el amor en esos corazones que se refugiaban bajo un paraguas.
El viento, tras hablarle Dios, se había transformado en Espíritu: consolaba y vivificaba.
Las nubes rompieron su luto, sintieron que sus vientres resucitaban y mudaron sus lamentos en una hermosa melodía de agua que contagió a la naturaleza.
Desde ese instante, todo fue una cadena de milagros: el agua dio vida a la tierra; la tierra despertó de su letargo, sintió la necesidad de amar y llamó a su amante el sol; el sol abandonó la fría celda del olvido, recuperó el amoroso fuego que esconde su pecho y se lo partió para volcar su pasión en su terrenal amada.
Se apagaron los fríos e inertes ecos y empezaba una nueva vida.
Así, cada día, cuando miro al mundo con los ojos del cuerpo y los del alma, recuerdo ese diálogo entre Dios, siento que el viento es ángel y espíritu y oigo esas secretas palabras que no se oyeron: “Pon amor en aquello con lo que te encuentres.”
Sin duda, todo cambió gracias a un diálogo en el que solo se hablaba de vida.


Abel de Miguel Sáenz

viernes, 13 de mayo de 2016

DESDE  EL TUL DE TUS OJOS


Dormí  sobre el tul de tus ojos, sobre esos azulados rubíes, cada vez que, de ellos, nacía una lágrima.
No  sé cómo explicártelo, pero cada una de ellas era un sueño, el mío.
En esa gota de luz se condensaba toda mi vida. Ella era el único refugio que encontré para participar íntimamente, de cerca, del mundo de tu mirada; por eso me vestí de lágrima.
Quise saborear tu alma, pues no hay feliz o triste lágrima que no nazca de ese rincón donde se esconden los sentimientos que nos dan o nos roban la vida.
Y sin tú saberlo viví a tu lado cada vez que llorabas, cada vez que la emoción multiplicó tus deseos de vida o te hizo creer que habías perdido un sueño.
Pero llegó el momento en el que el dolor de tu llanto superó la ilusión de vivir en tus ojos y, por ello, me vestí de música.
Quise adentrarme en ese rincón de tu pecho y conocer esos suspiros que liberabas cuando una nocturna balada te sumía en el recogimiento y conseguía que tus azulados ojos compitieran, en brillo, con la luna.
Quise revolotear tus sueños, esos sueños que nacían cuando, abrazados, nos movíamos al compás de una canción compuesta para nosotros.
Nunca me lo dijiste, pero sé que tú, como yo, en esos momentos soñabas.
Y porque quería ser parte de tu mundo en cada segundo, me vestí de aire, de luz, de sombra, de sueño, de musa, de todo aquello que pudiera inspirarte cualquier sentimiento que formara parte de tu vida.
 Y porque tus azulados ojos son la viva imagen del mar, me vestí de ola para que me vieras cada vez que los abrieras.
También supe que cada vez que nos hablábamos, cada vez que nos mirábamos, en nuestras pieles se dibujaba un fino mar erizado por las emociones. Así como el agua tiembla cuando suspira el viento, así nuestras almas cuando se cruzaban nuestras palabras y nuestras miradas.
Y porque no siempre podrá ser así, me vestí de aire para que sintieras, al rozarte, ese recuerdo.
En cualquier situación hallaría una razón para disfrazarme y saborear, en la intimidad, tu mundo.
Solo recordarlo hace que una cálida corriente me atraviese el alma y cruce el corazón dejando una sensación de pureza y eternidad.
Quiero pensar que tú también sientes ese íntimo calor que consigue que se dibuje una sonrisa a la vez  que la mirada se pierde en el cielo.
Si es así, si sientes lo que yo siento, déjame que  me vista de fuego.

Abel de Miguel Sáenz


miércoles, 11 de mayo de 2016

EN  UN DÍA ASÍ….


Era  un día de viento y lluvia, de esos en los que solo cabe quedar recluido entre  las paredes del hogar, de buscar, a través de la ventana, ese aire, esa luz, esa vida que se intuye tras esas lágrimas que deja caer el cielo.
Bastaría  este maravilloso espectáculo para recrearse en él, pero el alma pide más, el corazón se muestra inquieto, y animan a los ojos para que se adentre en ese mundo, que la mirada se abrace a la imaginación y, juntos, viajen por esa cortina de agua y cuenten lo que van viendo. Que susurren al corazón y al alma esas historias que les gustaría vivir; aquello que “vean” según hacen camino.
Tras la ventana solo hay agua, pero esa imaginaria mirada ya ha encontrado la primera escena que remueve los más íntimos sentimientos.
Tras esa cortina de lluvia, se vislumbra un río y una orilla.
El río, sin duda enamorado, se abraza a la orilla como lo hace el viento esos  días en los que se ciñe a la tierra y la rinde a fuerza de suspiros.
Reconozco que en esas situaciones en las que la tierra transforma dos criaturas suyas  en notas musicales y las libera para que se encuentren, no sabría decir quién de los dos, si tú o yo, sería río, orilla, viento o tierra; solo sé que esos suspiros nacerían de los dos y que podríamos ser imagen de  cualquiera de esos momentos en los que la Naturaleza se ama.
Volviendo al mundo real los árboles se mecen, gozosos, al sentir esa mano de agua sobre su cuerpo.
Los ojos captan la escena, viajan entre las ramas, atraviesan las lágrimas y encuentran uno de esos mundos en los que el alma quisiera ser cuerpo.
Unas blancas alas revoloteaban lentamente, como si recitaran un poema, alrededor de un pequeño charco, formado por el llanto del cielo, y según  lo rodeaban nacía una línea blanca en esas aguas.
Llegó el momento en el que esas líneas formaron una virgen sonrisa, sonrisa que adquirió la forma de alas, iguales a las que le dieron la vida,  y huyeron, las dos,  por un invisible túnel hasta perderse en el corazón de la lluvia.
Reconozco que esta última escena dejó en suspense mi corazón, el cual deseaba seguirlas  y perderse, con ellas, en su desconocido destino.
Arrebatado por estos sentimientos la imaginación se quedó ciega y se secaron sus fuentes del sueño porque ya solo tenía uno.
Los ojos ya solo veían, en la persistente lluvia, un dúo de blancas alas que se alejaban por los soñados caminos que sugiere un día así  en los que se intuye el aire, la luz y la vida que nos rodea.


Abel de Miguel Sáenz

viernes, 6 de mayo de 2016

LA VIDA EN UNA PIEDRA


Era una piedra de grisáceo rostro, de espaldas castigadas por las constantes lanzas de agua y hielo, por los fúlgidos dardos del sol y por los etéreos latigazos del viento y, sin embargo, aún tenía fuerzas para asomarse (casi se precipitaba) a un pétreo balcón desde el que la naturaleza posaba gustosamente para ser vista por ella.
Podría pasar por una de tantas, desapercibida por su vulgar color, pero esas mismas inclemencias que la castigaban la moldearon, caprichosamente, hasta darle el aspecto de exclusiva.
 Y esa fue la razón que despertó esos sentimientos que solo nacen cuando el corazón se siente llamado.
Toda ella era una metáfora de esos encontrados sentimientos que bullen y conviven en cada pecho.
Humildes en su tamaño, unas grietas dibujaban unos caprichosos labios que parecían haberse congelado en el instante en el que iban a besar.
¡Cuántos momentos resucitaron de la tumba donde el corazón entierra lo que quisiera olvidar! ¡Cuántos besos, que el alma pedía y una irracional soberbia negó, huyeron en busca de esos labios de piedra por sentirse uno de ellos!
Pero, no lejos de ese amago de amor, descansaban las primeras señales de un incipiente musgo.
Junto a la aridez de ese frustrado beso, descansaba un lunar de vida, hijo de la madre agua.
Ese retoño de musgo era un grito de esperanza, de que el amor, aunque pareciera muerto, quería seguir viviendo.
¿Acaso no sentí, al traspasar el alma de lo amado, que un brote de arrepentimiento era seguido de un caudal de reparación y, después, en el corazón, nacían besos, lágrimas, propósitos, obras y perdones que buscaban devolver la vida y la alegría a ese pecho herido?
Todo esto me evocó ese musgo, compañero de unos frustrados labios.
Su pétreo cuerpo estaba marcado por finos regueros, caminos que la lluvia se fue labrando para viajar sobre ella, y aunque se esquivaban, tarde o temprano acababan dibujando un hermoso nudo en el que todos se cruzaban hasta formar uno solo.
Aquí no fueron fugaces imágenes o esporádicos momentos los que resurgieron; fue toda una historia, nuestra historia, la que vi en esas diminutas líneas.
Desde que el invisible sentimiento del amor nos invitó a cruzar las miradas, sentimos que ese encuentro no era fortuito, sino predestinado. Y pese a ese íntimo convencimiento, un pesimista pensamiento nos hizo creer que era imposible que fuera verdad ese sueño; pero el obstinado amor siguió labrando caminos que aparentemente se alejaban, aunque no tanto como para perdernos de vista.
El final es el hoy; la realidad es esa piedra en la que esos regueros acaban formando uno.
Me quedé con este último pensamiento y, animado, subí hasta ella, contemplé esa hermosa naturaleza que seguía ofreciéndose y  acaricié esas heridas.
Sin pensarlo, besé esa piedra para completar la frustrada obra de esos labios de piedra.
Ya solo quedaba una cosa antes de abandonarla.
Allí, en ella, nuestros nombres quedaron grabados.


Abel de Miguel Sáenz

lunes, 2 de mayo de 2016

SIÉNTETE ELEGIDA


Si del vientre de una guitarra  nacen baladas que te cautivan y quejidos que te desgarran; si en el corazón de  la lluvia suenan esos lentos latidos del agua que te enamoran; si del beso entre el viento y las hojas nace una voz que excita tu deseo de amar; si cuando el sol y la luna se rozan la piel en el crepúsculo, tú también sientes que la tuya se estremece; si los cadenciosos balidos de las olas que se abrazan al mar dejan en tu pecho unos suspiros; si sientes, al mirar esas infinitas aguas, que solo eres espíritu; si en un alba te despertó el alegre cantar de las aves y creíste que te llamaban; si el murmullo de una fuente detuvo tu paseo y oíste, en ese balbuceo, el nombre de lo amado; si una suave brisa te acarició y sentiste que eran otras manos quienes lo hacían; si una nube interrumpió el dedo de luz que te hacía soñar y la ausencia del amado sobrevino a tu memoria; si al contemplar una generosa luna sentiste que la noche entera era un infinito espacio ocupado por tus sueños; si esa misma luna dejó una blanca lágrima en los reflejos de una durmiente hierba y recordaste esa velada en la que nació tu primer beso; si uno de los variados y caprichosos colores de la primavera te evocan unos ojos o su aroma de virgen tierra te hace respirar el aroma de unos cabellos; si hasta tu propia sombra te hace creer que es la de aquella a quien amas; si toda la vida te hace sentir, pensar y creer en otra persona, entonces, has alcanzado esa cima por la que el corazón suspira, has tocado el cielo del amor sincero, te has adentrado en los secretos del amor, has descubierto esas fuentes de la felicidad cuyas imperecederas aguas no dejan de manar. Ellas saben que quien ama de verdad siempre acudirá a ellas porque, cada día, amará más.
Abandónate en los brazos de esta vida y deja que cada uno de sus gestos te recuerde a quien amas, por quien vives; deja que te haga sentir ese secreto cielo que has llegado a descubrir.
Siéntete, por el mero hecho de soñar con conseguirlo, elegida.


Abel de Miguel Sáenz