viernes, 13 de mayo de 2016

DESDE  EL TUL DE TUS OJOS


Dormí  sobre el tul de tus ojos, sobre esos azulados rubíes, cada vez que, de ellos, nacía una lágrima.
No  sé cómo explicártelo, pero cada una de ellas era un sueño, el mío.
En esa gota de luz se condensaba toda mi vida. Ella era el único refugio que encontré para participar íntimamente, de cerca, del mundo de tu mirada; por eso me vestí de lágrima.
Quise saborear tu alma, pues no hay feliz o triste lágrima que no nazca de ese rincón donde se esconden los sentimientos que nos dan o nos roban la vida.
Y sin tú saberlo viví a tu lado cada vez que llorabas, cada vez que la emoción multiplicó tus deseos de vida o te hizo creer que habías perdido un sueño.
Pero llegó el momento en el que el dolor de tu llanto superó la ilusión de vivir en tus ojos y, por ello, me vestí de música.
Quise adentrarme en ese rincón de tu pecho y conocer esos suspiros que liberabas cuando una nocturna balada te sumía en el recogimiento y conseguía que tus azulados ojos compitieran, en brillo, con la luna.
Quise revolotear tus sueños, esos sueños que nacían cuando, abrazados, nos movíamos al compás de una canción compuesta para nosotros.
Nunca me lo dijiste, pero sé que tú, como yo, en esos momentos soñabas.
Y porque quería ser parte de tu mundo en cada segundo, me vestí de aire, de luz, de sombra, de sueño, de musa, de todo aquello que pudiera inspirarte cualquier sentimiento que formara parte de tu vida.
 Y porque tus azulados ojos son la viva imagen del mar, me vestí de ola para que me vieras cada vez que los abrieras.
También supe que cada vez que nos hablábamos, cada vez que nos mirábamos, en nuestras pieles se dibujaba un fino mar erizado por las emociones. Así como el agua tiembla cuando suspira el viento, así nuestras almas cuando se cruzaban nuestras palabras y nuestras miradas.
Y porque no siempre podrá ser así, me vestí de aire para que sintieras, al rozarte, ese recuerdo.
En cualquier situación hallaría una razón para disfrazarme y saborear, en la intimidad, tu mundo.
Solo recordarlo hace que una cálida corriente me atraviese el alma y cruce el corazón dejando una sensación de pureza y eternidad.
Quiero pensar que tú también sientes ese íntimo calor que consigue que se dibuje una sonrisa a la vez  que la mirada se pierde en el cielo.
Si es así, si sientes lo que yo siento, déjame que  me vista de fuego.

Abel de Miguel Sáenz


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