sábado, 21 de mayo de 2016

DIÁLOGOS DE VIDA


Hubo un tiempo en el que la tierra, prisionera, moría entre los brazos del frío y se empezaron a escuchar sus  primeras desesperadas voces.
La flor extendía sus pétalos, como desesperados brazos de náufrago, en busca de un calor que no encontraba.  La hierba sentía que, lentamente, en sus débiles tallos resonaban los últimos latidos y se convertían en hilos de hielo, ausentes de color.
El aire mutaba sus plácidas alas en afiladas hojas que sesgaban cualquier atisbo de vida.
Toda la naturaleza se iba convirtiendo en una fantasmal imagen arrastrada por el frío y dejando el  sonido de la muerte.
Pero bajo esas agonizantes voces se alzaron las que no se rendían, y de esas mismas almas que sufrían nacieron alientos de vida.
El mismo Dios que las creó asomó en el Cielo,  llamó al viento y le habló en confidencia.
Cada palabra era un susurro que templaba su furia y sus alas:
“Acércate a la flor,  tiéndele la mano como solo tú sabes hacerlo y acaríciala como lo hacías con la naturaleza el primer día que te di la vida y como aquellos en los que tu suave voz enamora en medio del silencio...” Dios siguió  hablando al viento, pero las últimas palabras fueron secretas.
 El viento descendió a la tierra con la misma elegancia y armonía con la que la luz del alba ameriza sobre las frías aguas y, próximo a la mendiga flor, le dejó un suspiro de vida sobre sus agonizantes pétalos, los cuales resucitaron como lo hace un herido corazón cuando siente el roce del amor.
Salvada de su naufragio, abrió sus brazos de colores a a ese samaritano viento; abrazo que, en el fondo, era un beso a la vida.
Se había hecho lo más importante: abrir la espita que transmitía la esperanza.
El viento se sintió un ángel y fue contagiando al resto de la naturaleza el poder de su vida.
Remontó el vuelo en busca de las nubes y, a la orden de su suave y firme voz, las reunió.
Eran nubes deshilvanadas, tristes, de secas entrañas incapaces de parir agua. Sus lágrimas no eran de vida, sino de dolor, y morían antes de llegar a tierra.
Les empezó a hablar y fueron recordando, una a una, los alegres poemas de colores que le dedicaba la tierra cuando sentía sus besos de agua, cómo despertaban el amor en esos corazones que se refugiaban bajo un paraguas.
El viento, tras hablarle Dios, se había transformado en Espíritu: consolaba y vivificaba.
Las nubes rompieron su luto, sintieron que sus vientres resucitaban y mudaron sus lamentos en una hermosa melodía de agua que contagió a la naturaleza.
Desde ese instante, todo fue una cadena de milagros: el agua dio vida a la tierra; la tierra despertó de su letargo, sintió la necesidad de amar y llamó a su amante el sol; el sol abandonó la fría celda del olvido, recuperó el amoroso fuego que esconde su pecho y se lo partió para volcar su pasión en su terrenal amada.
Se apagaron los fríos e inertes ecos y empezaba una nueva vida.
Así, cada día, cuando miro al mundo con los ojos del cuerpo y los del alma, recuerdo ese diálogo entre Dios, siento que el viento es ángel y espíritu y oigo esas secretas palabras que no se oyeron: “Pon amor en aquello con lo que te encuentres.”
Sin duda, todo cambió gracias a un diálogo en el que solo se hablaba de vida.


Abel de Miguel Sáenz

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