miércoles, 11 de mayo de 2016

EN  UN DÍA ASÍ….


Era  un día de viento y lluvia, de esos en los que solo cabe quedar recluido entre  las paredes del hogar, de buscar, a través de la ventana, ese aire, esa luz, esa vida que se intuye tras esas lágrimas que deja caer el cielo.
Bastaría  este maravilloso espectáculo para recrearse en él, pero el alma pide más, el corazón se muestra inquieto, y animan a los ojos para que se adentre en ese mundo, que la mirada se abrace a la imaginación y, juntos, viajen por esa cortina de agua y cuenten lo que van viendo. Que susurren al corazón y al alma esas historias que les gustaría vivir; aquello que “vean” según hacen camino.
Tras la ventana solo hay agua, pero esa imaginaria mirada ya ha encontrado la primera escena que remueve los más íntimos sentimientos.
Tras esa cortina de lluvia, se vislumbra un río y una orilla.
El río, sin duda enamorado, se abraza a la orilla como lo hace el viento esos  días en los que se ciñe a la tierra y la rinde a fuerza de suspiros.
Reconozco que en esas situaciones en las que la tierra transforma dos criaturas suyas  en notas musicales y las libera para que se encuentren, no sabría decir quién de los dos, si tú o yo, sería río, orilla, viento o tierra; solo sé que esos suspiros nacerían de los dos y que podríamos ser imagen de  cualquiera de esos momentos en los que la Naturaleza se ama.
Volviendo al mundo real los árboles se mecen, gozosos, al sentir esa mano de agua sobre su cuerpo.
Los ojos captan la escena, viajan entre las ramas, atraviesan las lágrimas y encuentran uno de esos mundos en los que el alma quisiera ser cuerpo.
Unas blancas alas revoloteaban lentamente, como si recitaran un poema, alrededor de un pequeño charco, formado por el llanto del cielo, y según  lo rodeaban nacía una línea blanca en esas aguas.
Llegó el momento en el que esas líneas formaron una virgen sonrisa, sonrisa que adquirió la forma de alas, iguales a las que le dieron la vida,  y huyeron, las dos,  por un invisible túnel hasta perderse en el corazón de la lluvia.
Reconozco que esta última escena dejó en suspense mi corazón, el cual deseaba seguirlas  y perderse, con ellas, en su desconocido destino.
Arrebatado por estos sentimientos la imaginación se quedó ciega y se secaron sus fuentes del sueño porque ya solo tenía uno.
Los ojos ya solo veían, en la persistente lluvia, un dúo de blancas alas que se alejaban por los soñados caminos que sugiere un día así  en los que se intuye el aire, la luz y la vida que nos rodea.


Abel de Miguel Sáenz

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