miércoles, 25 de mayo de 2016

EXTRAÑA Y BELLA


Era una tierra que se había quedado  preñada por esos suspiros que generaban sus entrañas cuando pensaban en la mano  que, cada día, la acariciaba.
Su vientre no pudo contener más el amor que acumulaba y parió la flor más bella y extraña que los sentidos hubieran podido conocer.
Extraña, porque ni la guadaña del frío, ni la soga del calor, ni las tijeras del viento, ni el impulso del agua podían robarle su aroma.
Poco importaba que la poderosa mano de la nieve ocultara su rostro; que el sol la obligara a cerrar sus pétalos como ventanas que se resguardan; que la lluvia pretendiera vestirla de triste lágrima; o que el aire quisiera, una y otra vez, robarle la paz que emanaba.
Inmune a los celos de la naturaleza, quien a ella se acercaba sentía el impulso de contemplarla, de besarla y, rendido a su encanto, de robarla; pues ¿quién no ha intentado que aquello que ama forme parte de su vida?
Pero quien a ella se acercaba escondiendo los sentimientos para que esa flor no se los robara, quien solo la miraba con esos aires fríos y curiosos que expatrian a las emociones, quedaba confundido al no encontrar razones para ese inagotable manantial de embriagadora felicidad.
Sí, extraña y misteriosa se la mirara con los ojos del cuerpo o con los del alma.
Pero también, cautivadora y bella.
Sus pétalos eran labios nacidos para besar.
Tal vez por eso, nieve, sol, lluvia y viento cedían en sus pretensiones cuando pretendían enclaustrarla.
No importaba que las palabras fueran hirientes; su respuesta siempre era la misma: un trémulo movimiento de pétalos que simulaban el latido de un corazón. Un beso.
Y cuando un leve viento mecía su frágil, pero invencible, tallo,  su cárdena cabeza se inclinaba suavemente como corazón que se rinde ante lo amado.
Se diría que unas alas y un diamante temblaban, emocionados, ante un suspiro de Dios.
Sí, la belleza era plena.
Pero, aunque extraña y bella, es fácil encontrarla a ella y a esa tierra que la parió.
Pues esa tierra es nuestro pecho,  nuestro cuerpo, nuestra vida; almacenes de suspiros que alimentan deseos  o realidades.
Y esa flor…, esa flor es, simple y llanamente, ese amor que llevamos dentro; el que nace de un sueño puro o de una vida entregada.
Por eso es extraña. Por eso es bella.


Abel de Miguel Sáenz

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