viernes, 6 de mayo de 2016

LA VIDA EN UNA PIEDRA


Era una piedra de grisáceo rostro, de espaldas castigadas por las constantes lanzas de agua y hielo, por los fúlgidos dardos del sol y por los etéreos latigazos del viento y, sin embargo, aún tenía fuerzas para asomarse (casi se precipitaba) a un pétreo balcón desde el que la naturaleza posaba gustosamente para ser vista por ella.
Podría pasar por una de tantas, desapercibida por su vulgar color, pero esas mismas inclemencias que la castigaban la moldearon, caprichosamente, hasta darle el aspecto de exclusiva.
 Y esa fue la razón que despertó esos sentimientos que solo nacen cuando el corazón se siente llamado.
Toda ella era una metáfora de esos encontrados sentimientos que bullen y conviven en cada pecho.
Humildes en su tamaño, unas grietas dibujaban unos caprichosos labios que parecían haberse congelado en el instante en el que iban a besar.
¡Cuántos momentos resucitaron de la tumba donde el corazón entierra lo que quisiera olvidar! ¡Cuántos besos, que el alma pedía y una irracional soberbia negó, huyeron en busca de esos labios de piedra por sentirse uno de ellos!
Pero, no lejos de ese amago de amor, descansaban las primeras señales de un incipiente musgo.
Junto a la aridez de ese frustrado beso, descansaba un lunar de vida, hijo de la madre agua.
Ese retoño de musgo era un grito de esperanza, de que el amor, aunque pareciera muerto, quería seguir viviendo.
¿Acaso no sentí, al traspasar el alma de lo amado, que un brote de arrepentimiento era seguido de un caudal de reparación y, después, en el corazón, nacían besos, lágrimas, propósitos, obras y perdones que buscaban devolver la vida y la alegría a ese pecho herido?
Todo esto me evocó ese musgo, compañero de unos frustrados labios.
Su pétreo cuerpo estaba marcado por finos regueros, caminos que la lluvia se fue labrando para viajar sobre ella, y aunque se esquivaban, tarde o temprano acababan dibujando un hermoso nudo en el que todos se cruzaban hasta formar uno solo.
Aquí no fueron fugaces imágenes o esporádicos momentos los que resurgieron; fue toda una historia, nuestra historia, la que vi en esas diminutas líneas.
Desde que el invisible sentimiento del amor nos invitó a cruzar las miradas, sentimos que ese encuentro no era fortuito, sino predestinado. Y pese a ese íntimo convencimiento, un pesimista pensamiento nos hizo creer que era imposible que fuera verdad ese sueño; pero el obstinado amor siguió labrando caminos que aparentemente se alejaban, aunque no tanto como para perdernos de vista.
El final es el hoy; la realidad es esa piedra en la que esos regueros acaban formando uno.
Me quedé con este último pensamiento y, animado, subí hasta ella, contemplé esa hermosa naturaleza que seguía ofreciéndose y  acaricié esas heridas.
Sin pensarlo, besé esa piedra para completar la frustrada obra de esos labios de piedra.
Ya solo quedaba una cosa antes de abandonarla.
Allí, en ella, nuestros nombres quedaron grabados.


Abel de Miguel Sáenz

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