martes, 28 de junio de 2016

SE RINDIERON A LA VIDA


Hubo un tiempo en el que la  Naturaleza vivió su época dorada; tan dorada que los mortales soñaron con la inmortalidad.
Tal era la belleza que irradiaba, tal la nostalgia y sed de vida, que la triste sombra de la Muerte era incapaz de hacerse un hueco en ese vergel en el que todo respiraba resurrección.
 Inquieta, casi desesperada, la Muerte resolvió afrontar esa lucha con las mismas armas que su oponente: se disfrazaría de belleza para engañar a esos mortales que vivían un sueño real.
Y si la mujer es sinónimo de belleza en cuerpo y alma, la Muerte decidió que fueran tres quienes ejecutaran sus planes. Las llamó “las parcas”.
Ellas serían las encargadas de atraer, por medio de sus encantos, su dulzura y sus aires de paz,  a aquellos mortales que soñaban en vida, atarían sus vidas a los hilos que ellas tejían y, una vez dueñas, solo quedaba cortar ese hilo para que naciera la muerte.
Pero cuando la belleza es sincera y real no hay rival que la iguale ni la ensombrezca.
La Naturaleza era tan esplendorosa como la de un corazón recién cautivado y correspondido, en el que no existen nuevos sueños porque los sueños nacen de él. Y tales límites alcanzó que se hizo humana y adquirió la forma de mujer.
Inmortalizó su efigie y, en cada rincón donde un alma soñara o un corazón sintiera el parto de la alegría, se hizo presente.
Sus ojos, desnudos de pupilas, estaban reservados para que un alma los llenara de su mundo.
En ellos cabían las flotantes ilusiones, las que buscaban esos maravillosos rincones donde la Naturaleza talló la verde esmeralda hasta transformarla en bosques, aquellas en las que sol y agua escenificaban un taciturno beso entre el zafiro y el rubí, todas esas ideas que la hacían suspirar por transformar una herida en cielo, por soñar que el mundo fuera un espacio donde las lágrimas encontraran consuelo o, yendo más allá, donde  solo fueran de felicidad.
Todo ese mundo bien podía nacer en esa divina belleza que iluminaba un alma.
Las parcas, sabedoras de que ella era la fuente de la vida, convencidas de que su falsa belleza sería vencida, optaron por rasgar su disfraz y afrontar, descarnadas, la batalla.
Y ese fue su gran error.
Tal era la eternidad que respiraba, que las parcas, prestas a cortar el hilo de las vidas soñadoras, maldijeron tener que acabar con una vida que no querían segar. Y cruzaron ese angustioso límite que separaba el deber del deseo.
Acostumbradas a vivir en el oscuro túnel de la muerte,  se turbaron al sentir las primeras luces de vida que flotaban alrededor de esa mujer, se estremecieron al verse vencidas, pero lo más cruel era que no les importaba rendirse a los brazos de esa divina figura y sentir su victoriosa mirada.
Finalmente, prefirieron saborear su propia muerte antes que sentirse eternamente heridas o humilladas.
Mientras, la Naturaleza seguía exhibiendo su insultante belleza, seguía repartiendo aires y aromas, formas y colores, que devolvían la esperanza a cualquier pecho que cobijara una herida.
Y la diosa siguió ofreciendo sus inmaculados ojos para que cada cual los llenara de ilusiones.
Por eso, cada mañana, pienso en ese divino rostro y dejo que su imagen flote en el aire; tal vez alguien sienta el suave roce de sus alas, el silbido de un suspiro, y sienta que una ignorada alma reza por ella mientras unos ojos  la miran para que deje en ellos sus sueños.

Abel de Miguel Sáenz



lunes, 20 de junio de 2016

LA VIRTUD ENAMORADA



Era una de esas tardes en las que el cielo comparte sus bondades y delicias y los paseos se convierten en complacientes miradas que regalan una sonrisa a lo que encuentran; donde cada paso es un sueño.
Una joven, elegida por la vida, saboreaba ese momento mientras se perdía por un jardín en el que los sauces renunciaban a ser “llorones” para hacer, de sus ramas, manos cortesanas que respiraban vida.
Las fuentes vestían de nieve sus aguas, como blancas novias exultantes de pureza.
Y, coronando esa leyenda, como gotas de rocío que acampan entre las hojas, asomaban unas estatuas que recreaban a las virtudes, blancas figuras de mujeres que añadían un romántico aire.
La muchaha las miraba como quien ve por primera vez a unas diosas, pero, de entre todas, una le detuvo los pasos y le secuestró su atención: la dedicada a la Justicia.
Se quedó pensativa, pues no llegaba a entender cómo a una mujer tan bella la pudieron vendar los ojos.
Sabía la explicación, pero esa tarde, que invitaba a soñar, fraguó en su rendido pecho una historia de amor.
Y creyó que esa ciega mujer debió ser muy bella, tanto, que su blanca piel era reflejo de su alma, su cuerpo lo modeló Dios a imagen de su corazón y sus ojos debían ser reflejo del mismo cielo.
¿Acaso los vendaron para no herir de asombro a los mortales? ¿Los cegaron para que ningún humano tuviera la osadía de enamorarse de una diosa?
Seguramente, esa mujer de piedra no conoció la amargura de dar al corazón la orden de no amar; ignoraría esos sentimientos capaces de robar la paz o de cubrir una sonrisa bajo el palio de la tristeza.
Esa mujer llevó los sueños a un mundo real, tan real que llamó “Viento” a aquellos intangibles, etéreos que, siempre, cruzan nuestro pecho para darle vida; “Agua” a los que se escapan cuando crees tenerlos; “Fuego”, a los que se cobijan en el alma y dejan el inextinguible aroma de la felicidad; y a aquellos que detienen su vuelo al encontrarse con una mirada que roba el corazón ajeno, los llamó “Amor”.
Pero tuvo que haber un suceso que nublara el paraíso de su alma; algo que pusiera su pecho en la encrucijada de saborea la amargura de un desaire, o de optar por el olvido.
Esa bella estatua encontró una salida: sellar los labios a la injuria y recluir su despecho en la mirada.
Porque cuando un corazón nace para amar, veta aquellas palabras que no caben en su mundo; por eso, estas, huyen a los ojos para que hable la mirada.
Pero siendo, esos ojos, reflejos del Cielo, no podía caber en ellos ningún sentimiento que los manchara, lo mismo que no cabe una lágrima en el cielo o en el amor, la desesperanza.
Fue por ello, que esa mujer decidió renunciar a sus ojos antes de que en ellos asomara una alarma.
Esa era la explicación de que su mirada estuviera vendada.
Y esa joven, elegida por la vida, siguió dejando complacientes miradasa, regalando sonrisas en lo que encontraba, convirtiendo cada paso en un sueño, esa tarde en la que el cielo compartía sus bondades y delicias.

Abel de Miguel Sáenz

jueves, 16 de junio de 2016

EL  PREMIO DE UNA  LÁGRIMA


Era  una zona, pequeña y bohemia, en la que almas y corazones veían cómo en  cada pecho convivían dos historias: la que él vivía y la que contaban lenguas ajenas.
 En sus calles confluían vidas dispares que eran como agua y aceite; donde la misma naturaleza, lluvia y sol, se disputaba su tierra.
Pero un día ese barrio, ese muestrario del ser humano, abrió sus brazos y se dividió en dos mundos. Agua y luz se repartieron el aire. La noche esparció sus estrellas: a un lado las nostálgicas, aquellas que solo brillan cuando recuerdan; al otro, las soñadoras, las que siempre visten de luces aunque las velen las nubes.
Fue un espejismo de amor el que partió el corazón de ese barrio bohemio, el que lo dividió en dos mitades en las que la vida y la muerte iban dejando su beso de luz o su negra sombra.
En el lado donde vivían las estrellas soñadoras y la inmortal luz habitaba una joven cuyo único “pecado” fue el de inspirar amor.
En el de nostálgicas estrellas, melancólica lluvia y luctuosas sombras, un joven cuyo único “pecado” fue el de nacer para amar.
La muchacha había reservado las mieles de su corazón para los labios de la Vida.
Amaba una existencia libre de ligaduras carnales. Era feliz viendo en las personas, en el aire, en la naturaleza, un maravilloso cuadro del que quería respirar cada uno de sus maravillosos colores sin que su corazón quedara limitado por el amor humano.
Sin embargo, el joven no concebía esa misma vida si no la veía con los ojos de ella.
Bastaba un suspiro de su amada para que él recreara el viento: una mirada suya, para que la música de la naturaleza entera resonara en su pecho; pensar en ella para que confundiera esta vida con el Cielo.
Pero  aunque se pueda amar lo imposible, no se puede evitar la herida que deja.
Y así, cada día que pasaba, el ánimo del amante sentía el insoportable peso de su cadena, su corazón envejecía y su cuerpo apagaba, rápidamente, las velas que le quedaban de vida.
Llegó un momento en el que alma y corazón se rindieron, en el que el sueño envejeció hasta morir, y asomaron las estrellas, la lluvia y la muerte vestidas de nostalgia, lágrimas y sombras.
En ese instante el corazón del barrio quedó partido. Pero todo amor, aun imposible, tiene  recompensa.
Desde que el joven se transformó en alma, visitaba, cada noche, el barrio de las soñadoras estrellas.
Se convirtió en una de ellas, tan hermosa que robaba los corazones de las muchachas que dejaban escapar sus sueños en la noche y, así, acabó robando el de ella.
Esa joven, que solo inspiraba amor, que reservó las mieles de su corazón a la Vida, sintió su propia medicina y no pudo evitar, al ver la “estrella”, que le nacieran suspiros y pensamientos de deseos.
¡Ay!, ¡cuán feliz se sintió ese amante!
Fue necesaria la muerte y que su alma se camuflara en el cielo, pero alcanzó el sueño de arrancar, del corazón de su amada, esos deseos de amor.
Hoy,  quien visita el rincón de las felices estrellas, quien cruza ese punto en el que se encuentran los ojos de la joven y el alma del amante, sentirá que le nace  una lágrima que se acaba convirtiendo en sonrisa.


Abel de Miguel Sáenz

domingo, 12 de junio de 2016

CREÍ QUE ERA UN SUEÑO


Sonaron las campanas y sus voces se  extendieron por el oscuro cielo que, esa noche, cubría el sitio del recuerdo.
Sucedió hace muchos años, los suficientes como para  ser olvidado; o tantos como para que su sombra, fosilizada en el alma, no pudiera ser borrada.
Y en los ojos de esa joven que allí se acercó brillaba la última sensación.
Una tenue luz de un anciano farol dejaba una mortecina lengua de claridad que apenas daba sensación de vida, pero bastaba esa blanquecina limosna para resucitar el recuerdo.
Se detuvo en un punto concreto y miró al suelo, pero lo hizo como quien llega con el pecho vacío por haber perdido el corazón y, allí, lo encuentra.
La muchacha permanecía inmóvil mientras una fresca brisa jugaba con sus cabellos. Los enredaba en el aire como brazos que se buscan, los dejaba caer como labios rendidos tras un beso y, finalmente, los ajustaba a su espalda como mano protectora.
Mientras, ella, inmóvil, sin apartar los ojos de ese punto, iba recordando hasta que esbozó las primeras sonrisas.
¡Cuánto hubiera deseado meterme en ese mundo de felicidades que bullía en su mente y que nacía del alma!
Sería algo parecido a la embriagante sensación que se apodera de uno cuando, dueño de una cima, la naturaleza se desnuda a tus pies y muestra sus maravillas.
O como cuando, en una noche serena y tranquila, dejas escapar el alma porque piensas que todo es cielo.
Ella estaba rejuveneciendo, bebiendo de un pasado que, indudablemente, la hizo feliz hasta el punto de que esos ecos aún resonaban en su pecho y la hicieron regresar al lugar donde la vida engendró, en su seno, la más pura alegría.
¿Qué milagro habitaba en ella para que esa mortecina luz cobrara nueva vida?
¿Quién o qué estaba dibujando en su rostro las más bellas pinceladas de amor?
¿Por qué el mismo viento, que jugaba con su cabello, se arrastró a sus pies y limpiaba ese punto de luz en el que descansaba su mirada?
La joven acabó abandonando el lugar envuelta en una invisible áurea de dicha y mis ojos la siguieron hasta perderla.
Era el momento de ocupar su lugar; de pisar ese sagrado punto con aires de milagro, dejarse cubrir por el mismo silencio, la misma agónica claridad  y, ¡quién sabe! si de descubrir su secreto.
Y en el instante en que lo hice, desperté de ese maravilloso sueño.
Abrí los ojos y vi cómo el primer rayo que deja la luna, inseguro por ser recién nacido, dibujaba olas de plata en tus cabellos mientras tú, inmóvil, no apartabas la mirada de la luz que me rodeaba.
Y según nos mirábamos, esbozábamos las primeras sonrisas y en nuestros rostros se dibujaban las más bellas pinceladas de amor.
Tan milagroso era que, por un momento, pensé que todo fue un sueño.


Abel de Miguel Sáenz

lunes, 6 de junio de 2016

BLANCA  CONCIENCIA


Cuánto   deseaba que llegara una ocasión en la que poder escribir sin meditar las palabras, dejando que fuera el alma quien dictara ignorando la esclavitud de la rebuscada belleza.
Y, como siempre, ha tenido que ser una primaria idea, un eterno sentimiento, el impulso más antiguo, quien me recordara que lo más bello siempre se oculta tras la máscara de lo cotidiano.
Tras escudriñar en toda una vida, siempre encontraba algún motivo que pudiera empañar esa felicidad, pero bastó que tu voz resonara para ser consciente que tú, y solo tú, eres la única razón que hizo que mi vida fuera una blanca alfombra en la que no existen más huellas que las de nuestros besos; esos besos que primero nacieron en el alma, después en el pensamiento, le siguieron los de la mirada, más tarde en nuestros labios y, finalmente, besos en ese aire que, nos rodee o nos distancie, siempre late en nuestro universo.
Tú eres el único motivo por el que puedo escribir sin remordimientos, sin sombras que tamicen nuestra luz, sin temores de que exista algo imperfecto.
Tan es así que no reparo en lo que escribo porque confío en que, siendo tú la causa, todo lo que fluya es criatura del alma, alma entregada a tu recuerdo, sumisa a cobijarse bajo las alas de tu corazón y a protegerte, ella, con las suyas hasta que nos separa el caduco tiempo.
Sí, eres el diamante preciado por el que suspira quien solo aspira a perderse en ese mar donde todo es calma y no hay peligro.
Eres playa de fina arena en la que cualquier corazón plegaría sus velas para descansar en ella.
En ti no hay amenazantes rocas; en ti todo es diáfano, sin amenaza ni peligro.
Eres, cómo te lo diría, uno de esos días en los que el cielo se despierta brindando la blanca luz que nace de su limpia conciencia; y yo, al pensarte, me siento invadido por la misma paz; por eso escribo sin remordimientos.


Abel de Miguel Sáenz

jueves, 2 de junio de 2016

UN ENCUENTRO EN EL CIELO



Eran unos ojos soñadores, vagabundos del cielo, nómadas de paisajes, viajeros empedernidos por los  rincones del silencio, que siempre buscaban ese mundo en el que un infinito mosaico de sentimientos surgía cuando su mirada y sus sueños aterrizaban en él.
En ese mundo había grabada una fuente en cada sentimiento, fuentes que saciaban las puntuales  necesidades del corazón según se encontrara el ánimo del alma.
Y cada día repetía ese maravilloso viaje, cada día hacía el mismo recorrido, cada día buscaba esa fuente por la que clamaba su pecho: la felicidad, el consuelo, la esperanza… y, ¡cómo no!, los sueños.
Pero un día, esos ojos, en los que la hierba y la montaña  se habían fundido para colorearlos de un verde terroso, encontraron que los pasillos del silencio desembocaban en una sala tan muda como ellos. Las fuentes de los sentimientos habían cerrado sus labios de piedra, habían desaparecido y, en su lugar, tres gotas se suspendían en el aire: cada una de un color, pero las tres, bellas.
 Sin llegar a saborear la desilusión, las enigmáticas gotas hicieron que las buscaran con la misma ilusión con la que habían acudido al encuentro de “su” mundo y se detuvieron en la primera.
Era un diamante transparente. Temblaba tímidamente y cada movimiento generaba un apagado latido en el corazón. Sintieron el irrefrenable impulso de poseerla y se vistieron esa gota.
Los montes y praderas que los decoraban eran, ahora, una de esas mañanas en las que las nubes arropan la tierra, la ocultan bajo su piel y dejan una estampa tan melancólica como bella.
En cuanto sintieron el roce de la gota, surgió la fuente del consuelo derramando sus aguas con la misma generosidad con la que se da un beso: esa gota era la lágrima del dolor.
Se adelantaron para ver la siguiente. Era cárdena, incendiaria, como esos atardeceres en los que el sol y el cielo parecen darse el último beso de sus vidas, y según se acercaban a ella, los ojos se contagiaban de sus nerviosos movimientos y sintieron cómo el corazón se aceleraba.
Era una desenfrenada carrera de emociones que invitaban a todas las existentes a unirse a ellas. Los ojos se adentraron en esa volcánica gota y surgió la fuente de la pasión; con tal vida y fuerza despedía el agua que bien parecía una catarata: esa gota era la lágrima de la alegría.
Finalmente,  se allegaron a la última.
Serena, llena de paz, vestía un claro azul, tan claro que parecía que el cielo hubiera abierto sus puertas.
Los ojos sintieron que volvía a nacer, en ellos, la lágrima de la alegría y se movieron nerviosamente intentando cubrir todas las caras de esa gota que les hacía sentir que ya no necesitaban nada.
La tomaron, la escondieron en su pupila y cerraron los ojos para que nunca se escapara.
Ahora, fundidos el azul y el verde de la tierra, parecía el instante en el que Dios creó el virgen mundo.
Y mientras esa gota habitó en los ojos, un rostro, el de ella, se dibujó en su mirada; un nombre, el de ella, resonó en el silencio de esa sala; y una fuente, la de los sueños, emergió en todo su esplendor.
Esa gota era la lágrima que nació en los ojos de su amada cuando viajaron, como los de él, por esos rincones del silencio por los que él se perdió.
Para culminar ese milagro, en la fuente de los sueños aparecía inscrito un nombre: …….
Y que aquí se escriba el de esa persona que hace que cada día eleves la mirada al cielo; el de esa que es capaz de hacer que sueñes con ese mundo en el que habitan todos los sentimientos que son capaces de curar tu corazón.


Abel de Miguel Sáenz