lunes, 6 de junio de 2016

BLANCA  CONCIENCIA


Cuánto   deseaba que llegara una ocasión en la que poder escribir sin meditar las palabras, dejando que fuera el alma quien dictara ignorando la esclavitud de la rebuscada belleza.
Y, como siempre, ha tenido que ser una primaria idea, un eterno sentimiento, el impulso más antiguo, quien me recordara que lo más bello siempre se oculta tras la máscara de lo cotidiano.
Tras escudriñar en toda una vida, siempre encontraba algún motivo que pudiera empañar esa felicidad, pero bastó que tu voz resonara para ser consciente que tú, y solo tú, eres la única razón que hizo que mi vida fuera una blanca alfombra en la que no existen más huellas que las de nuestros besos; esos besos que primero nacieron en el alma, después en el pensamiento, le siguieron los de la mirada, más tarde en nuestros labios y, finalmente, besos en ese aire que, nos rodee o nos distancie, siempre late en nuestro universo.
Tú eres el único motivo por el que puedo escribir sin remordimientos, sin sombras que tamicen nuestra luz, sin temores de que exista algo imperfecto.
Tan es así que no reparo en lo que escribo porque confío en que, siendo tú la causa, todo lo que fluya es criatura del alma, alma entregada a tu recuerdo, sumisa a cobijarse bajo las alas de tu corazón y a protegerte, ella, con las suyas hasta que nos separa el caduco tiempo.
Sí, eres el diamante preciado por el que suspira quien solo aspira a perderse en ese mar donde todo es calma y no hay peligro.
Eres playa de fina arena en la que cualquier corazón plegaría sus velas para descansar en ella.
En ti no hay amenazantes rocas; en ti todo es diáfano, sin amenaza ni peligro.
Eres, cómo te lo diría, uno de esos días en los que el cielo se despierta brindando la blanca luz que nace de su limpia conciencia; y yo, al pensarte, me siento invadido por la misma paz; por eso escribo sin remordimientos.


Abel de Miguel Sáenz

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