domingo, 12 de junio de 2016

CREÍ QUE ERA UN SUEÑO


Sonaron las campanas y sus voces se  extendieron por el oscuro cielo que, esa noche, cubría el sitio del recuerdo.
Sucedió hace muchos años, los suficientes como para  ser olvidado; o tantos como para que su sombra, fosilizada en el alma, no pudiera ser borrada.
Y en los ojos de esa joven que allí se acercó brillaba la última sensación.
Una tenue luz de un anciano farol dejaba una mortecina lengua de claridad que apenas daba sensación de vida, pero bastaba esa blanquecina limosna para resucitar el recuerdo.
Se detuvo en un punto concreto y miró al suelo, pero lo hizo como quien llega con el pecho vacío por haber perdido el corazón y, allí, lo encuentra.
La muchacha permanecía inmóvil mientras una fresca brisa jugaba con sus cabellos. Los enredaba en el aire como brazos que se buscan, los dejaba caer como labios rendidos tras un beso y, finalmente, los ajustaba a su espalda como mano protectora.
Mientras, ella, inmóvil, sin apartar los ojos de ese punto, iba recordando hasta que esbozó las primeras sonrisas.
¡Cuánto hubiera deseado meterme en ese mundo de felicidades que bullía en su mente y que nacía del alma!
Sería algo parecido a la embriagante sensación que se apodera de uno cuando, dueño de una cima, la naturaleza se desnuda a tus pies y muestra sus maravillas.
O como cuando, en una noche serena y tranquila, dejas escapar el alma porque piensas que todo es cielo.
Ella estaba rejuveneciendo, bebiendo de un pasado que, indudablemente, la hizo feliz hasta el punto de que esos ecos aún resonaban en su pecho y la hicieron regresar al lugar donde la vida engendró, en su seno, la más pura alegría.
¿Qué milagro habitaba en ella para que esa mortecina luz cobrara nueva vida?
¿Quién o qué estaba dibujando en su rostro las más bellas pinceladas de amor?
¿Por qué el mismo viento, que jugaba con su cabello, se arrastró a sus pies y limpiaba ese punto de luz en el que descansaba su mirada?
La joven acabó abandonando el lugar envuelta en una invisible áurea de dicha y mis ojos la siguieron hasta perderla.
Era el momento de ocupar su lugar; de pisar ese sagrado punto con aires de milagro, dejarse cubrir por el mismo silencio, la misma agónica claridad  y, ¡quién sabe! si de descubrir su secreto.
Y en el instante en que lo hice, desperté de ese maravilloso sueño.
Abrí los ojos y vi cómo el primer rayo que deja la luna, inseguro por ser recién nacido, dibujaba olas de plata en tus cabellos mientras tú, inmóvil, no apartabas la mirada de la luz que me rodeaba.
Y según nos mirábamos, esbozábamos las primeras sonrisas y en nuestros rostros se dibujaban las más bellas pinceladas de amor.
Tan milagroso era que, por un momento, pensé que todo fue un sueño.


Abel de Miguel Sáenz

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