jueves, 16 de junio de 2016

EL  PREMIO DE UNA  LÁGRIMA


Era  una zona, pequeña y bohemia, en la que almas y corazones veían cómo en  cada pecho convivían dos historias: la que él vivía y la que contaban lenguas ajenas.
 En sus calles confluían vidas dispares que eran como agua y aceite; donde la misma naturaleza, lluvia y sol, se disputaba su tierra.
Pero un día ese barrio, ese muestrario del ser humano, abrió sus brazos y se dividió en dos mundos. Agua y luz se repartieron el aire. La noche esparció sus estrellas: a un lado las nostálgicas, aquellas que solo brillan cuando recuerdan; al otro, las soñadoras, las que siempre visten de luces aunque las velen las nubes.
Fue un espejismo de amor el que partió el corazón de ese barrio bohemio, el que lo dividió en dos mitades en las que la vida y la muerte iban dejando su beso de luz o su negra sombra.
En el lado donde vivían las estrellas soñadoras y la inmortal luz habitaba una joven cuyo único “pecado” fue el de inspirar amor.
En el de nostálgicas estrellas, melancólica lluvia y luctuosas sombras, un joven cuyo único “pecado” fue el de nacer para amar.
La muchacha había reservado las mieles de su corazón para los labios de la Vida.
Amaba una existencia libre de ligaduras carnales. Era feliz viendo en las personas, en el aire, en la naturaleza, un maravilloso cuadro del que quería respirar cada uno de sus maravillosos colores sin que su corazón quedara limitado por el amor humano.
Sin embargo, el joven no concebía esa misma vida si no la veía con los ojos de ella.
Bastaba un suspiro de su amada para que él recreara el viento: una mirada suya, para que la música de la naturaleza entera resonara en su pecho; pensar en ella para que confundiera esta vida con el Cielo.
Pero  aunque se pueda amar lo imposible, no se puede evitar la herida que deja.
Y así, cada día que pasaba, el ánimo del amante sentía el insoportable peso de su cadena, su corazón envejecía y su cuerpo apagaba, rápidamente, las velas que le quedaban de vida.
Llegó un momento en el que alma y corazón se rindieron, en el que el sueño envejeció hasta morir, y asomaron las estrellas, la lluvia y la muerte vestidas de nostalgia, lágrimas y sombras.
En ese instante el corazón del barrio quedó partido. Pero todo amor, aun imposible, tiene  recompensa.
Desde que el joven se transformó en alma, visitaba, cada noche, el barrio de las soñadoras estrellas.
Se convirtió en una de ellas, tan hermosa que robaba los corazones de las muchachas que dejaban escapar sus sueños en la noche y, así, acabó robando el de ella.
Esa joven, que solo inspiraba amor, que reservó las mieles de su corazón a la Vida, sintió su propia medicina y no pudo evitar, al ver la “estrella”, que le nacieran suspiros y pensamientos de deseos.
¡Ay!, ¡cuán feliz se sintió ese amante!
Fue necesaria la muerte y que su alma se camuflara en el cielo, pero alcanzó el sueño de arrancar, del corazón de su amada, esos deseos de amor.
Hoy,  quien visita el rincón de las felices estrellas, quien cruza ese punto en el que se encuentran los ojos de la joven y el alma del amante, sentirá que le nace  una lágrima que se acaba convirtiendo en sonrisa.


Abel de Miguel Sáenz

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