lunes, 20 de junio de 2016

LA VIRTUD ENAMORADA



Era una de esas tardes en las que el cielo comparte sus bondades y delicias y los paseos se convierten en complacientes miradas que regalan una sonrisa a lo que encuentran; donde cada paso es un sueño.
Una joven, elegida por la vida, saboreaba ese momento mientras se perdía por un jardín en el que los sauces renunciaban a ser “llorones” para hacer, de sus ramas, manos cortesanas que respiraban vida.
Las fuentes vestían de nieve sus aguas, como blancas novias exultantes de pureza.
Y, coronando esa leyenda, como gotas de rocío que acampan entre las hojas, asomaban unas estatuas que recreaban a las virtudes, blancas figuras de mujeres que añadían un romántico aire.
La muchaha las miraba como quien ve por primera vez a unas diosas, pero, de entre todas, una le detuvo los pasos y le secuestró su atención: la dedicada a la Justicia.
Se quedó pensativa, pues no llegaba a entender cómo a una mujer tan bella la pudieron vendar los ojos.
Sabía la explicación, pero esa tarde, que invitaba a soñar, fraguó en su rendido pecho una historia de amor.
Y creyó que esa ciega mujer debió ser muy bella, tanto, que su blanca piel era reflejo de su alma, su cuerpo lo modeló Dios a imagen de su corazón y sus ojos debían ser reflejo del mismo cielo.
¿Acaso los vendaron para no herir de asombro a los mortales? ¿Los cegaron para que ningún humano tuviera la osadía de enamorarse de una diosa?
Seguramente, esa mujer de piedra no conoció la amargura de dar al corazón la orden de no amar; ignoraría esos sentimientos capaces de robar la paz o de cubrir una sonrisa bajo el palio de la tristeza.
Esa mujer llevó los sueños a un mundo real, tan real que llamó “Viento” a aquellos intangibles, etéreos que, siempre, cruzan nuestro pecho para darle vida; “Agua” a los que se escapan cuando crees tenerlos; “Fuego”, a los que se cobijan en el alma y dejan el inextinguible aroma de la felicidad; y a aquellos que detienen su vuelo al encontrarse con una mirada que roba el corazón ajeno, los llamó “Amor”.
Pero tuvo que haber un suceso que nublara el paraíso de su alma; algo que pusiera su pecho en la encrucijada de saborea la amargura de un desaire, o de optar por el olvido.
Esa bella estatua encontró una salida: sellar los labios a la injuria y recluir su despecho en la mirada.
Porque cuando un corazón nace para amar, veta aquellas palabras que no caben en su mundo; por eso, estas, huyen a los ojos para que hable la mirada.
Pero siendo, esos ojos, reflejos del Cielo, no podía caber en ellos ningún sentimiento que los manchara, lo mismo que no cabe una lágrima en el cielo o en el amor, la desesperanza.
Fue por ello, que esa mujer decidió renunciar a sus ojos antes de que en ellos asomara una alarma.
Esa era la explicación de que su mirada estuviera vendada.
Y esa joven, elegida por la vida, siguió dejando complacientes miradasa, regalando sonrisas en lo que encontraba, convirtiendo cada paso en un sueño, esa tarde en la que el cielo compartía sus bondades y delicias.

Abel de Miguel Sáenz

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