jueves, 2 de junio de 2016

UN ENCUENTRO EN EL CIELO



Eran unos ojos soñadores, vagabundos del cielo, nómadas de paisajes, viajeros empedernidos por los  rincones del silencio, que siempre buscaban ese mundo en el que un infinito mosaico de sentimientos surgía cuando su mirada y sus sueños aterrizaban en él.
En ese mundo había grabada una fuente en cada sentimiento, fuentes que saciaban las puntuales  necesidades del corazón según se encontrara el ánimo del alma.
Y cada día repetía ese maravilloso viaje, cada día hacía el mismo recorrido, cada día buscaba esa fuente por la que clamaba su pecho: la felicidad, el consuelo, la esperanza… y, ¡cómo no!, los sueños.
Pero un día, esos ojos, en los que la hierba y la montaña  se habían fundido para colorearlos de un verde terroso, encontraron que los pasillos del silencio desembocaban en una sala tan muda como ellos. Las fuentes de los sentimientos habían cerrado sus labios de piedra, habían desaparecido y, en su lugar, tres gotas se suspendían en el aire: cada una de un color, pero las tres, bellas.
 Sin llegar a saborear la desilusión, las enigmáticas gotas hicieron que las buscaran con la misma ilusión con la que habían acudido al encuentro de “su” mundo y se detuvieron en la primera.
Era un diamante transparente. Temblaba tímidamente y cada movimiento generaba un apagado latido en el corazón. Sintieron el irrefrenable impulso de poseerla y se vistieron esa gota.
Los montes y praderas que los decoraban eran, ahora, una de esas mañanas en las que las nubes arropan la tierra, la ocultan bajo su piel y dejan una estampa tan melancólica como bella.
En cuanto sintieron el roce de la gota, surgió la fuente del consuelo derramando sus aguas con la misma generosidad con la que se da un beso: esa gota era la lágrima del dolor.
Se adelantaron para ver la siguiente. Era cárdena, incendiaria, como esos atardeceres en los que el sol y el cielo parecen darse el último beso de sus vidas, y según se acercaban a ella, los ojos se contagiaban de sus nerviosos movimientos y sintieron cómo el corazón se aceleraba.
Era una desenfrenada carrera de emociones que invitaban a todas las existentes a unirse a ellas. Los ojos se adentraron en esa volcánica gota y surgió la fuente de la pasión; con tal vida y fuerza despedía el agua que bien parecía una catarata: esa gota era la lágrima de la alegría.
Finalmente,  se allegaron a la última.
Serena, llena de paz, vestía un claro azul, tan claro que parecía que el cielo hubiera abierto sus puertas.
Los ojos sintieron que volvía a nacer, en ellos, la lágrima de la alegría y se movieron nerviosamente intentando cubrir todas las caras de esa gota que les hacía sentir que ya no necesitaban nada.
La tomaron, la escondieron en su pupila y cerraron los ojos para que nunca se escapara.
Ahora, fundidos el azul y el verde de la tierra, parecía el instante en el que Dios creó el virgen mundo.
Y mientras esa gota habitó en los ojos, un rostro, el de ella, se dibujó en su mirada; un nombre, el de ella, resonó en el silencio de esa sala; y una fuente, la de los sueños, emergió en todo su esplendor.
Esa gota era la lágrima que nació en los ojos de su amada cuando viajaron, como los de él, por esos rincones del silencio por los que él se perdió.
Para culminar ese milagro, en la fuente de los sueños aparecía inscrito un nombre: …….
Y que aquí se escriba el de esa persona que hace que cada día eleves la mirada al cielo; el de esa que es capaz de hacer que sueñes con ese mundo en el que habitan todos los sentimientos que son capaces de curar tu corazón.


Abel de Miguel Sáenz

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