jueves, 14 de julio de 2016

BESOS SAMARITANOS 


El  aire levantaba el último vuelo del día e iba dejando una estela de vida sobre  la tierra.
A  la tarde se le erizaba la piel al sentir la suave frescura de esos suspiros vespertinos y el mismo sol renunciaba a esconderse antes de sentir la postrera y resucitadora caricia de esas etéreas manos.
Ya lamentaba, el astro rey, que la Naturaleza hubiera hecho, de esa brisa, la amante de la luna y que solo la noche sintiera, en plenitud, sus brazos.
El aire lo sabía, pero él no eligió su amor, sino que fue la Creación quien ató sus destinos.
Sin embargo, brisa y sol, sol y brisa, no se dieron por vencidos y siempre buscaron ese último momento del día para rendir sus miradas y darse un fugaz y efímero beso de aire y luz.
Bien lo sabía la luna, pero no era amante celosa y permitía esos devaneos entre el sol y su fiel brisa porque esos besos no eran engaños sino medicina.
La luna, generosa, sabía que ella era la elegida para iluminar esos momentos en los que la calma se hace hueco y anestesia corazones y almas. Siempre sonriente, miraba, complacida, cómo el aire cruzaba nocturnos besos o inspiraba sueños en un solitario amante.
Pero una noche las sombras de las penas invadieron su corazón: recordó el feliz rostro del sol al sentir el abanico de la brisa, cuán dichoso era al sentirla, pero… qué rápido pasaba, qué volátil era,
así que decidió prolongar ese estado de embriagado amor y la dicha del sol durante el día.
Se acercaba el alba, la hora en la que el cielo se quita su maquillaje de plata y se empolva de oro; la hora en la que luna y estrellas ceden su puesto al sol y a sus criaturas, pero la luna no se fue.
Escondida en el horizonte, camuflada entre el cielo y la tierra, en ese punto donde la eternidad esboza su rostro, observaba el nacimiento del sol, cómo se despertaba abriendo, lentamente, sus brazos de fuego e iba dejando en la tierra sus rayos de luz.
Y esa luna, dichosa en su mundo, feliz con sus estrellas, elegida de la paz, nunca supo, aunque soñó con ello, cómo sería el amor del Sol. Ahora lo estaba viendo y no pudo evitar que su corazón se estremeciera ante ese fuego que empezaba a incendiar las emociones de su tranquila alma.
Según el sol se despertaba y su pecho de fuego se abría, el de la luna temblaba.
Llegó el momento en el que su delicado corazón  no pudo soportar tanto amor y, de esos labios de plata, nació un suspiro.
En ese mismo instante, del horizonte nació una corriente de fresco aire, una embriagadora brisa, que robó la mirada del sol.
Sí, esa mano de aire que se atrevía a convivir con su fuego, ese  plácido viento que le miraba a los ojos, esa resucitadora brisa, eran los suspiros de la luna.
Y es que todo ardiente corazón que nace para saciarse de fuego, todo pecho apasionado, necesita un punto de mesura, y esa brisa era, para el sol, lo que la oración para el alma.
Sí, ese beso era samaritana mano, porque siempre habrá un momento en el que la tierra sienta un fresco suspiro, en el que un alma reciba un alivio, una oración o un recuerdo que le haga sentirse consolada y amada.
Y siempre habrá un momento, al atardecer o al alba, en cualquier momento de la vida, en el que todo corazón sienta la suave brisa de un pensamiento: el pensamiento de que alguien le ama.


Abel de Miguel Sáenz


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