domingo, 10 de julio de 2016

¡ESA NOCHE…!


Arrebatado por la agradecida brisa, que aprovecha el momento en que se asoma la luna para fugarse del presidio del  calor y rendirla esos versos que escribe con su aire, hui guiado por ella y por el aroma a humedad que destilaban sus etéreos cabellos.
Fue un paseo en el que sus suaves manos me acariciaban el rostro y alimentaban un recuerdo, deseos de un ilusorio encuentro, de verte, aunque fuera vestida de metáfora, de luna, de agua, de estrella o de cielo.
Me bastaba cualquier señal para “verte”.
¡Esa noche….!
No importaba que mis pasos se perdieran entre sus brazos de ébano, que mis ojos apenas vislumbraran una lágrima de luz; me bastaba sentir el roce de esa brisa y su aroma para no perder la esperanza de hallar ese refugio en el que la oscuridad se viste de intimidad y el alma cree hallar su paraíso.
No sé si sería su embrujo, ese mito que la rodea y que, según el cual, todo corazón sediento se rinde a los misterios que encierra, pero el caso es que algo me decía que quedaba poco para encontrarte.
Solo me asaltaba una duda: ¿bajo qué forma me esperabas? ¿Luna, agua, cielo, estrella…?
Y detuve mis pasos.
Saltaron todos los cerrojos que tenían mi corazón en vilo y sonaron alegres campanas en mi pecho cuando una preñada luna empezaba a esconderse entre las sábanas del mar.
¡Esa noche….!
Todos mis deseos, sueños e ilusiones se escondieron con ella, dejaron que el negro manto del cielo cubriera las aguas, que las estrellas hicieran de felices sueños y, allí, la luna y mi alma se ocultaron entre el silencio, se quedaron soñando con que tú nos buscabas; después, el sueño llegó al grado de que nos encontrabas y, finalmente, rompí en éxtasis al sentir que te abrazaba.
Busqué ese momento en el que la luna se refugia en su convento, el mismo aire reza, el agua medita y la noche se enfunda su hábito de cartuja porque en ese instante, solo en ese, se hacen presentes las almas.
¡Esa noche….!
Era todo tan sutil y delicado, tan sensible a las espinas, que ni el mismo corazón hallaría hueco en ese mundo, pues solo cabían los espíritus. Solo las almas tenían sentido en ese espacio en el que muere lo humano y vive lo divino.
Y yo no podía renunciar a estar presente en ese lugar donde los labios de la luna dibujaban, en el horizonte, nuestro beso.
Sabía que en esos fondos marinos tus ojos me miraban; sabía que la luna escribía, con sus estelas de  plata, aquellos versos que nacieron de mi pluma el día que te conocí.
Y aunque ahora el sol ilumine el cielo, bien puedo decir que sigo viviendo en ese mundo en el que una brisa, la luna, el mar y tu recuerdo me hicieron sentir que el alma tiene su paraíso.

¡Esa noche….!

Abel de Miguel Sáenz

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