miércoles, 6 de julio de 2016

TE TUVE TAN CERCA…



Hubo un tiempo en el que bastaba  mirar a los ojos para conocer un alma; días en los que las palabras se  ausentaban porque hablaba la mirada, y llegó ese día en el que descubrí los latidos del aire al fijarme en tus ojos.
La  divinidad los enmarcaba, bajo ese palio azul que los cubría,  y presentí, esa noche, que un mundo trascendente te invadía, en el que la luna se asomaba por el balcón de tu mirada, ¿o esa “luna” acaso era tu alma?
Al verte, agradecí al cielo que el milagro se hiciera cuerpo y en mi pecho sonó el loco galope de esos caballos desbocados en que se transformaron las pasiones. Pasiones nobles y sinceras que vieron, en ti, el agua que robaría, para siempre, su sed.
Pero, en realidad, éramos dos sueños distintos: tú vivías el tuyo y yo, el mío, y preferiste quedarte atrapada en tu mundo antes que conocer el mío, Pero ¿por qué?
¿Acaso era indigno el que te ofrecía? ¿No rozaba la felicidad con la que soñabas?
Los  míos, eran sueños como los tuyos; es más, eran los mismos y, sin embargo, renunciaste a unirlos por temor a que no fueran tan bellos.
La naturaleza te ocultó bajo su ropaje pero, aun así, abracé ese tronco en el que escondiste tus secretos y respiré, por un segundo que se hizo eterno, el aroma de la virgen tierra recién creada.
En el paroxismo del amor, creí adivinar que esas ramas extendidas eran tus manos abrazándome para que se cumpliera nuestro último sueño.
Me resistía a creer que teniéndote tan cerca huyeras tan lejos, y sentí que la tierra se abría cuando decidiste volver a ser sueño.
No podía ser verdad, pero lo era. Impotente ante la evidencia, en mis ojos se dibujaba la desesperación al ver cómo, lentamente, ese sueño que se hizo cuerpo se desvanecía bajo la forma de árbol, pero según iba desapareciendo mi corazón iba recreando ese sueño: y en sus frutos, veía tus azules ojos; en sus hojas, ese cabello que, en sueños, tuve entre mis manos; su corteza seguía siendo la blanca piel con que te modeló la nieve….
Todo era, si cabe, más bello ahora que te vestiste de sueño, porque las pasiones se aliaron con las emociones y, estas, con la ilusión.
Sí, ahora, aunque seas árbol, aunque escondas tus secretos bajo el pecho del tronco, cada día podré venir a verte,  y abrazarte, y respirar tu propia alma, y dejar, a tus pies, gotas de agua o lágrimas para que cuando los rocen se estremezca tu corazón y sepas que siempre habrá alguien, yo, que te quiso cuando fuiste vida y que te ama más ahora que eres sueño.

Abel de Miguel Sáenz


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