jueves, 28 de julio de 2016

TODO FUE DISTINTO



Eran días de ventura, de alegres  sensaciones, en los que la vida había abierto su mano desprendiendo ilusiones y augurios que transformaban lo sensible e insensible en una sonrisa.
Tan generosa fue la vida, que excedió sus propios deseos; por lo tanto, pensaron que  alguien superior a ella tuvo que hacerles ese regalo.
Y empezaron a intuir la presencia del alma, esa parte de su cuerpo, ignorada y recluida hasta ese día.
Un limpio aire, desconocido hasta entonces, empezaba a recorrer sus pechos dejando una estela de paz que les impulsaba a clavar la mirada en el cielo. Ese cielo que tantas veces habían contemplado como un bello lienzo en el que la Naturaleza plasmaba su talento, ahora se convertía, a esos nuevos ojos, en un refugio tras el cual se escondía un secreto.
Y ese secreto estaba íntimamente relacionado con las nuevas sensaciones que experimentaban sus pechos. Solo quedaba descubrirlo.
Y huyeron de su tradicional mundo para buscar una explicación a lo que sentían.
Siguieron recorriendo esos rincones en los que una luz vestía de belleza a los colores y el paisaje les arrancaba un suspiro, pero, ahora, sus miradas buscaban los ojos de los que nacía esa luz y sus suspiros no se detenían en el aire: cruzaban el cielo en busca de la fuente que era capaz de arrancárselos.
Volvieron a pasear por esas callejuelas en las que se respira un íntimo  misterio y en las que ellos se veían como los únicos que lo conocían.
Hasta entonces, esas calles mudas, el murmullo de sus confesiones resonando entre el silencio de los muros, una tímida luz anunciando que aún existía algo de vida y una confidente luna, todo ello, los trasladaba a un imaginario mundo de leyendas en los que ellos eran los protagonistas; sin embargo, a través del nuevo velo que les había regalado la vida, sentían que en esos enigmáticos rincones no estaban solos: en el oscuro  silencio latía una presencia que llenaba sus corazones de paz y el alma se sentía  complacida.
Y si antes, en cada lugar, esbozaban una sonrisa que se diluía al ritmo que se apagaba ese recuerdo, ahora dibujaban, en el suelo, esa sonrisa que llevaban grabada en el alma y que jamás perdían.
Profundizaron en el conocimiento de ese misterio hasta que un día lo revelaron.
Era una mañana cualquiera en la que saboreaban la bella rutina de sus paisajes y de sentirse el uno cerca del otro.
Apostados en lo alto de un cerro que solían visitar cuando buscaban oxigenar sus pensamientos, cada cual guardaba un reflexivo silencio; pero esa paz se rompió: un lento repique de campanas, que nacía de un viejo campanario, les robó la atención y sus miradas se perdieron en él.
Cada campana era un latido extra en sus corazones, una saeta de amor que se clavaba en sus almas; cada repique parecía que iba limpiando sus dudas y acabando de dar forma a todo aquello que intuían.
Cercanos a la extrema felicidad, en medio de ese trino metálico, unas blancas voces llenaron el cielo entonando el “Aleluya” y, ahora sí, sus difusas almas acabaron tomando cuerpo, se les escapó del pecho para huir a ese campanario y perderse entre sus “aleluyas”.
Sus corazones se transformaron en fuente inagotable de suspiros; sus ojos no dejaba de mirar al cielo entre una cortina de lágrimas; y sus labios no se cansaban de pintar una sonrisa.
Y porque, a veces, pasa así, que Dios se manifiesta en lo sencillo, esos jóvenes descubrieron el misterio, al autor de ese regalo que les dio la vida.
Desde entonces, todo fue distinto.

Abel de Miguel Sáenz





1 comentario:

  1. Hermoso mucho... Almas que se aman en sus paseos a universos dispares. Besos!!

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