lunes, 18 de julio de 2016

UNA LUZ TE ESPERA



Cruzaba los caminos como lo hace el  viento: sin distinguir la luz de la sombra, ni la noche del día.
Atravesaba el espacio y lo penetraba con su mirada, tan limpia y transparente que nadie se percataba de su existencia de lo pura que era.
 “Me basta, decía, un corazón que quiera ser querido, dispuesto a beber el sufrimiento que el amor conlleva, que no mida los riesgos al ofrecerse y que le haga más feliz querer que ser querido.”
Y por eso aún deambulaba……
Ni el cansancio ni la desesperanza eran atributos que la adornaran, pero viendo que nadie le abría las puertas decidió refugiarse y esperar que la encontraran.
Sobrevolaba un paisaje que Dios vetó al paso del tiempo: virgen, musical, colorido, diáfano,…
Todo lo propio de una exultante vida estaba en ese lugar, pero, incrustada en ese corazón de diamantes, descansaba, olvidada y apartada, una cueva en la que los años dejaron su sello y la luz ignoró.
Era como si en el éxtasis de una mirada que ama surgiera una lágrima, como encontrar una espina entre los más bellos y selectos pétalos de una flor.
Pero así como las sombras conviven con el alba y el dolor con la alegría, esa cueva era parte de esa maravillosa vida. Y en ella decidió alojarse.
Enclaustrada en su oscuridad, respirando la fría humedad de sus paredes, silenciosa como el aire que la habitaba, esperó a que algún corazón valiente entrara en esa cueva y la tomara.
Pasó largo tiempo, el suficiente para observar cuántos enamorados dejaban sus sonrisas cuando sus miradas se perdían en ese paraíso y cómo, al observar la lúgubre cueva, las borraban.
Nadie la quería. La miraban como una intrusa extraviada.
Nadie reparaba en que esa cueva tenía un sentido dentro del encanto que la rodeaba.
Apenada, dejó en el aire bellos alaridos en los que  dolor y esperanza se fundían de tal modo que la música se vestía de sagrado. Y esperó…….
Un día, alguien se detuvo frente a ella.
Era un joven, con el corazón partido porque no encontró, o perdió, lo que amaba.
La desesperanza se había hecho dueño de él y, en todo lo bello, solo veía lágrimas.
No es, acaso, pensó el joven,  esa música, las ilusiones que me habitaban cuando soñaba, y no es, esa sombría cueva, la imagen de mi alma cuando  creí perderlas. Y, sin embargo, conviven….”
Sin nada que perder, pues no hay nadie más pobre que quien no ama, seducido por esas sugestivas y extrañas “voces”, por el aroma de esos alaridos que nacían de la  cueva, un aliento de esperanza resucitó en ese corazón maltrecho y entró.
Todas las maravillas de ese lugar allí estaban, pero una intensa luz, la que allí se escondió, las envolvía en visiones, reservadas a quienes suspiran por el amor en su estado más puro.
Es cierto que unas lágrimas salpicaban esas visiones, pero tan bellas que parecían rocío en el alba.
El joven pudo contemplar lo que era el amor: triunfos, caídas, sueños, penas,…..
Todo estaba allí en una armonía tan perfecta que solo quedaba amarlo, y joven y luz se poseyeron.
Por fin encontró ese corazón dispuesto a beber el sufrimiento que el amor conlleva, a no medir los riesgos al ofrecerse y a ser más feliz queriendo que siendo querido.
Y esa luz, esa alma, ese puro amor, seguirá cruzando los caminos como lo hace el viento y seguirá penetrando con su mirada a la espera de que alguien le abra las puertas y halle cobijo.



Abel de Miguel Sáenz

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