viernes, 1 de julio de 2016

Y EL RÍO SE HIZO ALMA


Desde que el mundo nació han  corrido numerosas leyendas que dotan a la Naturaleza de vida propia:
Vientos capaces de hablar al alma; aguas que, al contemplarlas, escriben sentimientos en el corazón; estrellas que reflejan nuestro espíritu; luces, de sol o luna, que alimentan y prolongan nuestra existencia en forma de sueños. Todas eran leyendas que convertían a la Naturaleza en confidente y asesora de nuestras historias.
Y tendrían sentido si detrás de cada una se vislumbrara el dedo creador de Dios.
Sí, es posible que la Naturaleza hable; mejor dicho, es seguro que la Naturaleza presta su voz, bajo formas y colores, a los mensajes de Dios.
Pero hay ocasiones en las que surgen historias que nacen sin permiso, espontáneas e imprevisibles y en esas historias, también la Naturaleza contribuye a que se escriban.
Tal fue el caso de un hombre que, paseando su sombra por las orillas de un río, oyó una suave voz que nacía del agua. ¿O del viento?, ¿o de la luz?, ¿o de la hierba?
Tan confuso quedó que pensó que la Naturaleza entera le hablaba, pero poco importaba quién fuera la autora, solo sabía que quedó atrapado por ella, que era voz de mujer y que su corazón había quedado herido.
Miró, instintivamente, al agua, tal vez porque recordara una de esas leyendas que atribuía al río la existencias de ninfas, bellas divinidades que habitan en sus profundidades y que roban la voluntad a quienes a ellas se acerca. Pero borró, rápidamente, esta idea porque una leyenda adorna los sueños, y lo que él vivía era historia.
Aún bajo el impacto de ese súbito golpe de amor, empezaron a surgir imágenes, rostros, bellezas, hasta que una de ellas fue disipando al resto y se encumbró en el altar de su pecho.
Sí, la recordaba; es más, era el idealizado busto con el que siempre soñó; el prefecto espejo de la belleza que él buscaba.
Y como la Naturaleza es mensajera de los mensajes de Dios, vio el divino rostro flotando sobre las aguas del río, como si lo estuviera esperando.
En ese instante, el hombre ignoró si sería sueño o si las leyendas tal vez fueran ciertas. Miró al cielo y pidió a Dios que le transformara en parte de esa historia.
 Hecha la petición, su alma se ocultó en el  río para estar próxima a ella, para rozar sus pensamientos cuando asomaran en las aguas; aunque sería mejor decir que fue el río quien se hizo alma, porque desde ese día,  cuando los ojos de una mujer se cruzan con el agua sentirá que algo espiritual la invade, y oirá que el río gime, verá que un débil aire peina sus aguas dándoles forma de corazones, y si cree ver pequeñas figuras que recorren alegremente sobre los cristalinos lomos del río, no piense que ha rozado la locura: son los  suspiros  del alma,  que no hallaron mejor medio que hacerse carne para que ella, tú, los sintieras.
Y la naturaleza sigue prestando su voz, bajo formas y colores, a esas historias que nacen de Dios y a aquellas que no piden permiso: las que nacen del corazón.    


Abel de Miguel Sáenz

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