sábado, 27 de agosto de 2016

CUANDO HABLA EL SILENCIO



Suelo escuchar su murmullo, incluso cuando me siento ajeno a él.
Me acompaña como si fuera un latido, un imborrable recuerdo como el que deja lo amado, como un pensamiento que se incrusta en el alma y se transforma en la causa de su vida.
Porque ese eco encierra todas esas noches en las que el alma quedó en insomnio, todos esos amaneceres en los que el corazón se escapó al cielo, todos esos días de lluvia en los que los sentimientos se rindieron a la música, o esos minutos en los que, refugiado en un rincón, liberaba los sueños en la oscuridad del silencio.
Es un sonido indescriptible al que solo las metáforas y las experiencias pueden poner rostro.
Es una sorda voz  que trasciende los sentidos y le habla al alma, de espíritu a espíritu, y sintiendo sin oír, el cuerpo se estremece y claudica todo el ser ante ese invisible hilo de música que parece venir del cielo.
Y algo así debe ser; pues aunque nace del corazón, ese murmullo lo tiene que haber engendrado algo sagrado, si no, ¿cómo es posible que la piel tiemble, que los ojos brillen, que la lengua enmudezca, que la mente borre las negras huellas del pasado, el dolor presente y los temores del futuro, que las pasiones se transformen en llama viva, incapaces de apagarse mientras esa voz las aliente?
Y todas estas sensaciones nacen y viven juntas, al unísono de esa voz, esa íntima voz, que las parió en el corazón para que invadieran nuestra vida.
Dime que tú también has escuchado ese mágico sonido; dime que no soy un loco aferrado a un sueño de locura; dime que tú has sentido, alguna vez en la vida, que ese murmullo habla en confidencia a tu alma, se esconde en tu corazón y te deja en un estado en el que las lágrimas de alegría son la única palabra.
Sí, estoy seguro, que todos han sido rozados por esa música, por esa silenciosa voz que hace que la mirada se clave en el cielo mientras recorre nuestro corazón.
Yo la he oído y procuro, si la siento lejos, recordarla y vivirla como aquella primera vez, como ese instante en el que la piel tembló mientras mis ojos brillaban;, lloraban de emoción al escuchar ese trascendente eco que dejó, en mi alma, la razón de mi vida.


Abel de Miguel Sáenz

martes, 23 de agosto de 2016

ENTRE CORRIENTES


Hoy están ausentes tus latidos, pero el bramar de las olas me hace presente el fuerte deseo que habita en mi pecho por volver a verte.
Son, tus silencios, los causantes de esta lucha que entablan la nostalgia y la melancolía.
Mientras la primera dibuja una sonrisa al pensar en los momentos vividos, la segunda se olvida de ellos y rasga las vestiduras del alma pensando que todo fue pasado.
 Y yo, frente al mar, lucho entre esas dos corrientes dejando que la brisa me sugiera voces de alivio, o dejándome arrastrar por la profunda y última voz de las olas que mueren en la orilla.
Pero ajeno a esta lucha entre aguas rebeldes y tranquilas, tu imagen se ha cruzado en mi mirada como un beso que se pierde en el aire, ajeno a caminos, arrastrando todos esos pensamientos que del corazón nacen cuando te imagino.
Sí, has nacido del mar cuando más lo necesitaba; en el preciso momento en el que el alma tiembla y el corazón se oprime; justo cuando la melancolía pretendía dibujar sus primeras lágrimas, tu rostro vestido de beso y envuelto en brisa me ha rescatado y ha esbozado en mis labios una sonrisa.
¡Qué más puedo pedir a la vida!
Y para colmar este feliz trance, un ave surca el cielo dejando su pequeña sombra sobre la piel de las aguas, pero basta ese tímido roce para que el mar se erice y sienta que el cielo lo visita.
¡Cómo no!, esta pequeña postal vuelve a despertarme esos momentos en los que bastaba sentir tu presencia para que mis temores naufragaran y mi corazón encendiera unas velas sobre el altar de tu recuerdo.
Y seguirá esta eterna lucha entre aguas, que no son sino las emociones y sentimientos que nos habitan.
Sentiremos que, por momentos, nos arrastran o nos infunden una paz.
Pero siempre, más allá de temores y esperanzas, tú cruzarás mi horizonte cuando la mirada se pierda en el mar de la vida y, entonces, en mis labios, en mi alma, se dibujará una sonrisa.

Abel de Miguel Sáenz


miércoles, 17 de agosto de 2016

GRIETAS DE ESPERANZA


Nunca había salido de sus labios  una palabra que los hiciera temblar de emoción, que le hiciera cerrar los ojos  al verla latir en el aire dejando en la tierra el eco del sentimiento que encerraba.
Su pétreo rostro no dejaba de ser una máscara, trabajada, artificial, un escudo forjado por el tiempo para protegerse de  una herida no olvidada que le obligó a recluirse en la desconfianza.
Rehuía las miradas y buscaba lugares solitarios donde rumiar su dolor y compadecerse de sí mismo.
Ese afecto por su propia pena delataba que en esa alma aún vivía el amor, imperfecto, sí, pero deseaba agarrarse a un sentimiento que le “endulzara” su vida.
Su joven aspecto delataba una corta vida para acumular muchas heridas, pero la que habitaba en su pecho era profunda.
¿Qué hacer ante alguien que se propone rechazar lo bello porque puede más el dolor?
¿Se puede encauzar una salvaje catarata, de aguas rebeldes, con unas palabras o con la mirada?
Tal vez no, pero ella lo intentó.
Ella: Una joven dotada de esa gracia que transforma lo normal en belleza especial.
Su encanto radicaba en ese halo misterioso que rodea a esas personas que las parió la Bondad.
No necesitaba más. Su mera presencia inclinaba los corazones, los rendía ante su sugestivo mundo, ese mundo en el que poco o nada importa la apariencia cuando es el alma quien habla.
Él lo sabía y por eso la rehuía más que a nadie. Sabía que la poderosa arma del corazón de esa joven podía desarmarle y tener que renunciar a ese nebuloso mundo al que se había acostumbrado.
Pero ella también sabía que esa sombría cueva tenía grietas por las que podría penetrar su luz.
Una gota de agua es incapaz de erosionar el más granítico, joven y orgulloso monte que haya parido la tierra, pero millones de gotas, a lo largo de miles de años, transformarían la piel de esa rocosa mole en lámina de azúcar que si disuelve al mero contacto del débil rocío.
Y fueron muchas las perdidas miradas que ella le dirigió, miradas que encerraban una súplica por él y que él, aun queriéndolas ignorar, sentía como fuego en la herida.
¡Oh Dios!, qué mágica fuerza tendrá el Bien, qué encanto, para que, aun obstinándonos en sepultarlo, siempre esté dispuesto a asomar por la rendija más pequeña de nuestra alma.
Y él padeció la fuerza de esos suplicantes ojos en los que viajaban los más nobles deseos que puedan habitar en un corazón. Las grietas de esa “cueva” se iban ensanchando y la luz de la joven empezaba a encontrar amplios pasillos por los que viajar.
Ahora era él quien la buscaba, aunque bien es cierto que su mirada aparentaba un desafío, pero seguía siendo una máscara; en su interior decía: “Sigue dejando, en mí, tu compasiva mirada hasta arrancarme el resentimiento que me embarga, Sigue, por favor.”
Y al silencio de los ojos le sucedió el eco de las palabras. Llegó la sentencia de muerte para ese dolor.
Si cuando dos miradas se cruzan, dejando en el brillo de sus ojos la intensidad del amor, sienten colmado ese momento con el sello de un beso, así, la joven se acercó, lentamente, a ese joven que había enarbolado la bandera blanca en su corazón, y le dio el más amistoso y cariñoso beso que unos labios pueden dejar en un alma.
Sí, es posible domar las rebeldes aguas de una catarata; es posible transformar esa salvaje corriente en tranquilo manantial de lágrimas; y solo es necesario un alma compasiva, una sincera mirada, unas afectuosas palabras que nazcan de un alma noble, para derrumbar los muros del dolor y curar milenarias heridas.


Abel de Miguel Sáenz