miércoles, 17 de agosto de 2016

GRIETAS DE ESPERANZA


Nunca había salido de sus labios  una palabra que los hiciera temblar de emoción, que le hiciera cerrar los ojos  al verla latir en el aire dejando en la tierra el eco del sentimiento que encerraba.
Su pétreo rostro no dejaba de ser una máscara, trabajada, artificial, un escudo forjado por el tiempo para protegerse de  una herida no olvidada que le obligó a recluirse en la desconfianza.
Rehuía las miradas y buscaba lugares solitarios donde rumiar su dolor y compadecerse de sí mismo.
Ese afecto por su propia pena delataba que en esa alma aún vivía el amor, imperfecto, sí, pero deseaba agarrarse a un sentimiento que le “endulzara” su vida.
Su joven aspecto delataba una corta vida para acumular muchas heridas, pero la que habitaba en su pecho era profunda.
¿Qué hacer ante alguien que se propone rechazar lo bello porque puede más el dolor?
¿Se puede encauzar una salvaje catarata, de aguas rebeldes, con unas palabras o con la mirada?
Tal vez no, pero ella lo intentó.
Ella: Una joven dotada de esa gracia que transforma lo normal en belleza especial.
Su encanto radicaba en ese halo misterioso que rodea a esas personas que las parió la Bondad.
No necesitaba más. Su mera presencia inclinaba los corazones, los rendía ante su sugestivo mundo, ese mundo en el que poco o nada importa la apariencia cuando es el alma quien habla.
Él lo sabía y por eso la rehuía más que a nadie. Sabía que la poderosa arma del corazón de esa joven podía desarmarle y tener que renunciar a ese nebuloso mundo al que se había acostumbrado.
Pero ella también sabía que esa sombría cueva tenía grietas por las que podría penetrar su luz.
Una gota de agua es incapaz de erosionar el más granítico, joven y orgulloso monte que haya parido la tierra, pero millones de gotas, a lo largo de miles de años, transformarían la piel de esa rocosa mole en lámina de azúcar que si disuelve al mero contacto del débil rocío.
Y fueron muchas las perdidas miradas que ella le dirigió, miradas que encerraban una súplica por él y que él, aun queriéndolas ignorar, sentía como fuego en la herida.
¡Oh Dios!, qué mágica fuerza tendrá el Bien, qué encanto, para que, aun obstinándonos en sepultarlo, siempre esté dispuesto a asomar por la rendija más pequeña de nuestra alma.
Y él padeció la fuerza de esos suplicantes ojos en los que viajaban los más nobles deseos que puedan habitar en un corazón. Las grietas de esa “cueva” se iban ensanchando y la luz de la joven empezaba a encontrar amplios pasillos por los que viajar.
Ahora era él quien la buscaba, aunque bien es cierto que su mirada aparentaba un desafío, pero seguía siendo una máscara; en su interior decía: “Sigue dejando, en mí, tu compasiva mirada hasta arrancarme el resentimiento que me embarga, Sigue, por favor.”
Y al silencio de los ojos le sucedió el eco de las palabras. Llegó la sentencia de muerte para ese dolor.
Si cuando dos miradas se cruzan, dejando en el brillo de sus ojos la intensidad del amor, sienten colmado ese momento con el sello de un beso, así, la joven se acercó, lentamente, a ese joven que había enarbolado la bandera blanca en su corazón, y le dio el más amistoso y cariñoso beso que unos labios pueden dejar en un alma.
Sí, es posible domar las rebeldes aguas de una catarata; es posible transformar esa salvaje corriente en tranquilo manantial de lágrimas; y solo es necesario un alma compasiva, una sincera mirada, unas afectuosas palabras que nazcan de un alma noble, para derrumbar los muros del dolor y curar milenarias heridas.


Abel de Miguel Sáenz

2 comentarios: