jueves, 29 de septiembre de 2016

OTOÑO


En  este otoño que se resiste a cubrir el suelo con la mortaja de sus hojas y a  dejar sobre ellas las lágrimas de su lluvia, encuentro esa compañía que el alma necesita para compartir sus secretos.
Sus tardes somnolientas, sus temblorosas hojas, el gemido de su viento, sus evocadoras luces,…
Todo resulta  tan nostálgico y embriagador, que los pensamientos se visten de emociones y nacen sin permiso, buscando esa tupida alfombra que se forjó cuando las ramas cantaron su réquiem; allí, sobre su parda piel, alma y corazón dejan sus confidencias.
Algunas quisieran enterrarse con esas otoñales hojas esperando a que el invierno las sepultura definitivamente bajo su marmórea lápida de nieve; otras, sin embargo, son tan vivas y sinceras que se creen capaces de resucitar esos cadáveres y devolverlas a sus ramas.
Pero al caer el día, cuando una tamizada luz, un suspiro de vida,  ilumina los destellos de esa gama de colores que la Naturaleza ofrece como el último canto de su vida, en ese instante, es cuando la mirada se pierde entre los rincones de las ramas, como si fuera aire, y viaja en busca de ese mundo dibujado por el corazón y el alma.
Y a esa mirada la acompañan esos sueños e historias que nacieron cuando unos ojos me miraron, cuando escuché, de los labios amados, el eco de mi nombre, cuando el corazón me dijo que alguien le llamaba, cuando sentí que la vida  no me podía ofrecer más porque todo lo tenía.
Sí, a veces, creo ver, en ese manto de dorada luz, una hermosa bandeja de oro en la que descansan los deseos cumplidos y los soñados.
El otoño es el refugio de esos sentimientos que necesitan el silencio y la calma para saborear su gloria; y quién mejor, si no, que el callado testimonio de unas moribundas hojas; qué mejor escribano, de esos pensamientos, que la pluma de un sigiloso aire que escribe un verso cada vez que roza la piel de la Naturaleza; o qué confidente más fiel puede guardar tus secretos, sino esa fugitiva luz que se esconde a medias en esos rincones en los que tú la esperas.
¡Qué será cuando el otoño se decida a dejar sus lágrimas de agua y el viento cante, a pecho descubierto, el réquiem de la Naturaleza!
Entonces, ¡oh Dios!, alma y corazón sentirán haber llegado a esa tierra prometida que dibujaron una tarde en la que la mirada se perdió, como si fuera aire, entre los rincones de las ramas, y una tímida luz, un suspiro de vida, iluminó la tierra.

Abel de Miguel Sáenz


martes, 20 de septiembre de 2016

SERÍA PECADO


Hay momentos que el corazón se reserva, pues le dejaron tan profunda huella que, olvidarlos, sería pecado.
Y son aquellos que nacen sin que se lo pidas, que surgen con un inesperado golpe de emoción y alegría sin que les llames, y lo hacen porque están ahí, clavados en el alma y viviendo en esas profundidades donde los sentimientos se conservan hasta que el corazón deje de latir.
Basta el mínimo afecto de la Naturaleza, de la música, una palabra o un lugar para que resuciten y adornen el presente con la belleza de esos recuerdos.
Una temblorosa hoja mecida por el viento es capaz de inspirar ese otoñal paseo en el que nuestras manos reverdecían los árboles bajo los que cruzábamos.
Un rayo del ocaso, perdido en los cristales sobre los que deja su último beso de fuego antes de que la noche lo sepulte, basta para recordar el primero que nos dimos cuando nuestros corazones ardían ante ese soñado momento.
El eco de una canción que viaja errante y llega a tus oídos, o los acordes de esa música que te hizo soñar,  levantan el ánimo o dibujan una lágrima de felicidad en esos mismos ojos  que se humedecieron aquella noche en la que el aire se vistió de amor y tú eras la luna.
Podría rescatar innumerables momentos que nacen cuando el corazón o el alma rozan un simple hilo de vida.
Tan vivos y presentes están, que aunque vivieran en medio de la ausencia resucitarían.
Así, cada día, cada noche, cada instante de la vida, dejo un tiempo de silencio en el que extiendo la mano, temblorosa, y espero, solo hace falta eso, que lluevan esos momentos que me regaló la vida; esos instantes que el alma y el corazón se reservaron porque olvidarlos sería pecado.



Abel de Miguel Sáenz

jueves, 15 de septiembre de 2016

VUELVE


Despertaba lentamente, como quien acaba de tener un agradable sueño y se resiste a abrir los ojos para no salir de ese  mundo; como quien acaba de besar por primera vez y los mantiene cerrados para conservar, en su interior, ese momento.
Una luz virgen y cristalina dejaba sus primeras voces sobre la ventana de su habitación, sembraba los primeros destellos de vida en las paredes y empezaba a limpiar las sombras de una noche que le dejó un imborrable recuerdo.
Temerosa de que ese instante no volviera, de que se pudiera perder en los oscuros túneles de la memoria, tomó un papel y escribió lo vivido dejándose llevar por las inspiraciones que esa naciente luz dictaba en su, aún, caliente corazón:
He cruzado un camino en el que se alternaban los sonidos, sonidos que eran música, voces o  expresiones sin palabras, sentimientos descarnados que nacen del alma y no necesitan traducción.
Según cada cual, les acompañaba una luz, o su ausencia, a la vez que sentía, en mi pecho, frío o calor.
He visto pequeños árboles, apostados a la vera de un río del que nacían lágrimas, lágrimas que se posaban en sus secas ramas.
Una grisácea luz envolvía todo mientras el viento, con sus débiles gemidos, erizaba el agua y hacía temblar las ramas. Sentí cómo el frío, poco a poco, me invadía, empecé a transformarme en una de esas lágrimas, pero una divina música me arrancó de ese trance y me vi en medio de un jardín donde los colores disputaban por encontrar un espacio.
Cada parte de ese recinto era una sonrisa a la vida; incluso me pareció distinguir, entre las gotas de rocío que peinaban las flores, alguna de esas lágrimas que vi. .
Habían encontrado su consuelo. Ahora eran puntos de luz de los que nacía una embriagadora música que empezó a templar mi pecho hasta convertirlo es vivas ascuas.
Cuando aún saboreaba esa miel y el eco de esa música se adueñaba de mi alma, me vi envuelta en una nube, extraña nube, en la que podía palpar los sentimientos. Eran ásperos, suaves, espinosos, tiernos, y cada cual emitía esos sonidos inconfundibles que nacen de un  corazón henchido o herido.
En esa nube se fundía la niebla y la tiniebla, el dolor y la esperanza, la ilusión y la nostalgia, pero todo conformaba un armónico cuadro, una serena partitura de la que no quería salir.
Y en el éxtasis del sueño, en esa nube se dibujaron todos los caminos que había recorrido: las secas ramas con sus lágrimas, el alegre rocío flotando sobre los colores, los gemidos y la celestial música.
Había llegado al final del recorrido en el que pude contemplar el vivo rostro del Amor.
Ahora esta luz que atraviesa las ventanas me ha despertado de ese sueño, pero no quiero abandonarlo, y mientras siga sintiendo el calor que me ha dejado seguiré soñando.
Cerraré los ojos como lo hice la primera vez que sentí un beso, y cuando mi pecho empiece a sentir el frío de la ausencia, entonces, recordaré ese sueño y le diré: ¡Vuelve!”

Abel de Miguel Sáenz

domingo, 11 de septiembre de 2016

TUVO QUE ELEGIR


Era una joven a la que la vida le pidió sacrificar sus sueños.
Su corazón eran labios que suplicaban un beso o una palabra; su alma suspiraba al leer un poema; sus ojos se iluminaban al pensar que otros la miraban; la sangre pedía paso al soñar que la besaban, y se sentía dueña del mundo cuando sus manos eran acompañadas en un paseo eterno.
Cuando su pecho reclamaba que otro humano corazón lo ocupara, una intrusa luz le descubrió ignorados caminos que encerraban un encanto que le raptaron el alma, y cuando el alma es vencida el corazón la acompaña, por lo que renunció a ese estado de emociones, de perpetua sonrisa.
Se acercaba la noche, ese momento en el que los silencios se apoderan de la existencia y sellan las horas con una estela de paz. Apuraba las últimas emociones, sus inquietudes soltaban el lastre y su alma se abandonaría en esa mística oscuridad en la que Dios se oculta.
Su mirada despedía a esa luz que había vestido de colores el día y se preparaba para contemplar el mutismo de una naturaleza que ya empezaba a dormir.
Ya oía el latido de la noche, su tranquilo eco; ya, su alma respiraba descanso; ya, el cielo se vestía del perfecto amante que envolvería sus claros cabellos entre sus oscuros brazos y la invitaría a vivir en el mundo de los sueños, esos en los que ella se veía como orilla besada por la brisa, como tierra acariciada por el viento, como mujer amante y amada.
Pero, esa noche, se sintió…isla.
Sí, se sintió agradablemente solitaria, rodeada por una naturaleza que le ofrecía una belleza que traspasaba el sentido de la mirada y dibujaba un paraíso en su alma.
Los humanos besos, las tiernas caricias, los ojos soñados, los paseos eternos perdieron su ropaje humano y descubrió que todo ese amor nacía de la propia tierra.
Porque esa tierra, con la que tanto tiempo había convivido, no dejó de manifestarle su amor, aunque ella no se diera cuenta:
La lluvia eran lágrimas cuando ella la olvidaba; el viento eran suspiros para atraerla; el frío denunciaba que esa tierra se sentía herida por su ausencia, y el calor era la voz de una pasión incontenida por tenerla.
Ante el descubrimiento de ese amor que había permanecido oculto la joven levantó un nuevo castillo de sueños ocupado por la naturaleza.
Pero no olvidaría esos sueños que, por un tiempo, le robaron el corazón, por lo que se dejó la vida para que esa naturaleza que a ella le había robado el alma, incendiara los corazones del amor humano.
Y por eso, los enamorados se citan a las orillas de un río, sus labios se refugian en un beso bajo la lluvia o buscan el frío para apretar sus almas al calor de una hoguera.
Sí, tuvo que elegir, pero el primero que la hizo soñar iría eternamente unido al superior.
Sería su estrella preferida dentro de esa naturaleza que le robó el alma.

Abel de Miguel Sáenz


martes, 6 de septiembre de 2016

PERDÓN POR ROBARTE



                                    Parque del Retiro (Madrid, España)

Déjame que te robe un poco de tiempo, una parte de tu vida, aunque solo sea para decir que te recuerdo.
Sólo es necesario un poco de silencio, frenar las bridas de lo innecesario, abrir la espita del corazón y nacerán aquellos pensamientos que dejaron en el alma un poso de gratitud.
Sí, ahora que el corazón piensa, ha fluido tu recuerdo como brisa que se abraza a las olas y no las abandona hasta morir, con ellas, en la orilla.
Cruzo un parque, es  una tarde de verano, y he encontrado un estanque, recluido entre árboles,  que se asemeja a un corazón de agua.
He creído  llegar al umbral en el que el mundo termina, al reducto de la tierra que Dios eligió como espejo del cielo para que los humanos lo sintiéramos más cerca.
Me he sentado para contemplarlo y, rápidamente, como instintivo beso, han nacido imágenes que a ti me llevan.
Y lo primero que he pensado es que  esas aguas podrían ser  tus ojos o tu alma.
Si fueran los primeros, ahora entiendo por qué  al contemplarlas un etéreo suspiro las recorre y eriza,  suspiro que nace de mi pecho y que, alegremente, en ellas se ahoga.
Y si tus ojos no hubieran sido cincelados con la propia materia del mar, poco importa, porque he cerrado los míos y he sentido que mi pecho se abre al compás que el estanque abre sus aguas, y en un mutuo acto de entrega él me ofrecía tu alma y yo, a él, la mía.
Sí, en este estanque descansa tu mirada y tu alma, las cuales se vistieron de cielo y se escondieron en estas aguas, de las que solo nosotros conocemos su secreto.
Sean  espíritu o  cuerpo, los sentimientos claudican ante ellas y abandonan este mundo, pues hasta en el mero eco de sus pequeñas olas late lo divino.
Perdona, ya te robado demasiado tiempo, una preciada parte de tu vida, pero no tanta como la que tú, al recordarte frente a estas aguas, me has devuelto.


Abel de Miguel Sáenz