martes, 20 de septiembre de 2016

SERÍA PECADO


Hay momentos que el corazón se reserva, pues le dejaron tan profunda huella que, olvidarlos, sería pecado.
Y son aquellos que nacen sin que se lo pidas, que surgen con un inesperado golpe de emoción y alegría sin que les llames, y lo hacen porque están ahí, clavados en el alma y viviendo en esas profundidades donde los sentimientos se conservan hasta que el corazón deje de latir.
Basta el mínimo afecto de la Naturaleza, de la música, una palabra o un lugar para que resuciten y adornen el presente con la belleza de esos recuerdos.
Una temblorosa hoja mecida por el viento es capaz de inspirar ese otoñal paseo en el que nuestras manos reverdecían los árboles bajo los que cruzábamos.
Un rayo del ocaso, perdido en los cristales sobre los que deja su último beso de fuego antes de que la noche lo sepulte, basta para recordar el primero que nos dimos cuando nuestros corazones ardían ante ese soñado momento.
El eco de una canción que viaja errante y llega a tus oídos, o los acordes de esa música que te hizo soñar,  levantan el ánimo o dibujan una lágrima de felicidad en esos mismos ojos  que se humedecieron aquella noche en la que el aire se vistió de amor y tú eras la luna.
Podría rescatar innumerables momentos que nacen cuando el corazón o el alma rozan un simple hilo de vida.
Tan vivos y presentes están, que aunque vivieran en medio de la ausencia resucitarían.
Así, cada día, cada noche, cada instante de la vida, dejo un tiempo de silencio en el que extiendo la mano, temblorosa, y espero, solo hace falta eso, que lluevan esos momentos que me regaló la vida; esos instantes que el alma y el corazón se reservaron porque olvidarlos sería pecado.



Abel de Miguel Sáenz

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