domingo, 11 de septiembre de 2016

TUVO QUE ELEGIR


Era una joven a la que la vida le pidió sacrificar sus sueños.
Su corazón eran labios que suplicaban un beso o una palabra; su alma suspiraba al leer un poema; sus ojos se iluminaban al pensar que otros la miraban; la sangre pedía paso al soñar que la besaban, y se sentía dueña del mundo cuando sus manos eran acompañadas en un paseo eterno.
Cuando su pecho reclamaba que otro humano corazón lo ocupara, una intrusa luz le descubrió ignorados caminos que encerraban un encanto que le raptaron el alma, y cuando el alma es vencida el corazón la acompaña, por lo que renunció a ese estado de emociones, de perpetua sonrisa.
Se acercaba la noche, ese momento en el que los silencios se apoderan de la existencia y sellan las horas con una estela de paz. Apuraba las últimas emociones, sus inquietudes soltaban el lastre y su alma se abandonaría en esa mística oscuridad en la que Dios se oculta.
Su mirada despedía a esa luz que había vestido de colores el día y se preparaba para contemplar el mutismo de una naturaleza que ya empezaba a dormir.
Ya oía el latido de la noche, su tranquilo eco; ya, su alma respiraba descanso; ya, el cielo se vestía del perfecto amante que envolvería sus claros cabellos entre sus oscuros brazos y la invitaría a vivir en el mundo de los sueños, esos en los que ella se veía como orilla besada por la brisa, como tierra acariciada por el viento, como mujer amante y amada.
Pero, esa noche, se sintió…isla.
Sí, se sintió agradablemente solitaria, rodeada por una naturaleza que le ofrecía una belleza que traspasaba el sentido de la mirada y dibujaba un paraíso en su alma.
Los humanos besos, las tiernas caricias, los ojos soñados, los paseos eternos perdieron su ropaje humano y descubrió que todo ese amor nacía de la propia tierra.
Porque esa tierra, con la que tanto tiempo había convivido, no dejó de manifestarle su amor, aunque ella no se diera cuenta:
La lluvia eran lágrimas cuando ella la olvidaba; el viento eran suspiros para atraerla; el frío denunciaba que esa tierra se sentía herida por su ausencia, y el calor era la voz de una pasión incontenida por tenerla.
Ante el descubrimiento de ese amor que había permanecido oculto la joven levantó un nuevo castillo de sueños ocupado por la naturaleza.
Pero no olvidaría esos sueños que, por un tiempo, le robaron el corazón, por lo que se dejó la vida para que esa naturaleza que a ella le había robado el alma, incendiara los corazones del amor humano.
Y por eso, los enamorados se citan a las orillas de un río, sus labios se refugian en un beso bajo la lluvia o buscan el frío para apretar sus almas al calor de una hoguera.
Sí, tuvo que elegir, pero el primero que la hizo soñar iría eternamente unido al superior.
Sería su estrella preferida dentro de esa naturaleza que le robó el alma.

Abel de Miguel Sáenz


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