jueves, 15 de septiembre de 2016

VUELVE


Despertaba lentamente, como quien acaba de tener un agradable sueño y se resiste a abrir los ojos para no salir de ese  mundo; como quien acaba de besar por primera vez y los mantiene cerrados para conservar, en su interior, ese momento.
Una luz virgen y cristalina dejaba sus primeras voces sobre la ventana de su habitación, sembraba los primeros destellos de vida en las paredes y empezaba a limpiar las sombras de una noche que le dejó un imborrable recuerdo.
Temerosa de que ese instante no volviera, de que se pudiera perder en los oscuros túneles de la memoria, tomó un papel y escribió lo vivido dejándose llevar por las inspiraciones que esa naciente luz dictaba en su, aún, caliente corazón:
He cruzado un camino en el que se alternaban los sonidos, sonidos que eran música, voces o  expresiones sin palabras, sentimientos descarnados que nacen del alma y no necesitan traducción.
Según cada cual, les acompañaba una luz, o su ausencia, a la vez que sentía, en mi pecho, frío o calor.
He visto pequeños árboles, apostados a la vera de un río del que nacían lágrimas, lágrimas que se posaban en sus secas ramas.
Una grisácea luz envolvía todo mientras el viento, con sus débiles gemidos, erizaba el agua y hacía temblar las ramas. Sentí cómo el frío, poco a poco, me invadía, empecé a transformarme en una de esas lágrimas, pero una divina música me arrancó de ese trance y me vi en medio de un jardín donde los colores disputaban por encontrar un espacio.
Cada parte de ese recinto era una sonrisa a la vida; incluso me pareció distinguir, entre las gotas de rocío que peinaban las flores, alguna de esas lágrimas que vi. .
Habían encontrado su consuelo. Ahora eran puntos de luz de los que nacía una embriagadora música que empezó a templar mi pecho hasta convertirlo es vivas ascuas.
Cuando aún saboreaba esa miel y el eco de esa música se adueñaba de mi alma, me vi envuelta en una nube, extraña nube, en la que podía palpar los sentimientos. Eran ásperos, suaves, espinosos, tiernos, y cada cual emitía esos sonidos inconfundibles que nacen de un  corazón henchido o herido.
En esa nube se fundía la niebla y la tiniebla, el dolor y la esperanza, la ilusión y la nostalgia, pero todo conformaba un armónico cuadro, una serena partitura de la que no quería salir.
Y en el éxtasis del sueño, en esa nube se dibujaron todos los caminos que había recorrido: las secas ramas con sus lágrimas, el alegre rocío flotando sobre los colores, los gemidos y la celestial música.
Había llegado al final del recorrido en el que pude contemplar el vivo rostro del Amor.
Ahora esta luz que atraviesa las ventanas me ha despertado de ese sueño, pero no quiero abandonarlo, y mientras siga sintiendo el calor que me ha dejado seguiré soñando.
Cerraré los ojos como lo hice la primera vez que sentí un beso, y cuando mi pecho empiece a sentir el frío de la ausencia, entonces, recordaré ese sueño y le diré: ¡Vuelve!”

Abel de Miguel Sáenz

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