lunes, 10 de octubre de 2016

HACE TIEMPO QUE HUIMOS


Vivíamos  atados a un sueño, a un simple atardecer o a un suspiro de tiempo contemplando la lluvia.
Éramos  fruto de ilusiones compartidas que solo necesitaban sentirse juntas para sentirse vivas.
Nos olvidamos del color de la tierra, dejamos de sentir la pluma de sus praderas o la férrea piel de sus rocas porque nuestro suelo era el cielo, ese cielo en el que, primero, aterrizaron nuestras miradas, después, nuestros corazones y, finalmente, nuestros cuerpos.
Sí, vivíamos lejos de este mundo en el que nos conocimos porque desde el primer momento concebimos nuestro amor como un milagro, y los milagros anidan en tierras que solo son visibles a los espíritus.
Y no nos importó renunciar a aquellas emociones que nacen de la carne, que transforman la piel en un nido de sentimientos o hacen que el corazón sea un volcán que inunde de lágrimas los ojos.
No nos importó porque, a cambio, experimentamos ese sutil, delicado y etéreo amor que nace de las almas, capaz de elevar el humano amor a las cimas de lo sagrado.
Y a día de hoy, aunque nuestras manos sientan sus cercanías, nuestros labios unan sus fronteras o nuestros ojos intercambien sus pensamientos, seguimos creyendo que hace tiempo huimos de este mundo y vivimos en esa parte de la creación que Dios vetó a los mortales para que solo la habitaran los enamorados.
Y ahora, cuando tus ojos vean estas letras, ten la seguridad de que te escribo desde este cielo en el que moramos.
Cierra los ojos, abandónate en el silencio, sumerge tu imaginación en el mundo de las almas, recuerda ese atardecer en el que el cielo se teñía de oro o esa lluvia en la que cada gota era una mano de vida que acariciaba nuestros rostros, y volverás a respirar ese sagrado aire que nos transporta a esos parajes en los que las emociones se transforman en milagro.
Siempre viviremos bajo la coraza de nuestros cuerpos, rodeados de hermosas sensaciones, de paisajes que nos recuerden momentos compartidos, pero todo eso serán recuerdos, vagos recuerdos que se diluyen cuando, al cruzar nuestras miradas, nos demos cuenta de  que, desde que nos conocimos, huimos de este mundo para habitar esa parte de la creación reservada a los enamorados; ese mundo capaz de elevar el amor a la cima de lo sagrado.


Abel de Miguel Sáenz

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