lunes, 3 de octubre de 2016

LA NATURALEZA SIENTE


¡Qué fácil nos resulta imaginar un  beso, recordar una lágrima, soñar un abrazo y revivir el calor del más reciente  amor!
Pues si todas estas experiencias  son bien conocidas por el corazón humano, no andan lejos, mejor dicho, son las mismas que las que vive la tierra cuando un sentimiento la golpea.
Por eso, cuando una montaña abre su cima y derrama, por sus labios de tierra,  el milagro del agua, o cuando el cielo deja escapar, con el alba, los primeros suspiros de vida y asoma, en sus umbrales, el milagro de la luz convertida en vida, en mi mente resucita ese beso que nos entregamos y que iluminó esos rincones de nuestras almas en los que se esconden los sueños.
Cuando la rabia se adueña del cielo y alcanza su más alto grado de ira, se rasga el pecho y llena el aire con un alarido haciéndolo temblar, a él y a la tierra que lo contempla.
Hasta tal punto penetra su ronca voz en las almas, que sienten escuchar la sentencia del último día.
El trueno, ese parpadeo de la ira divina, esa centella de mortífera luz, obliga a quienes han osado mirarle a los ojos, a ocultarse en las más oscuras sombras para que su brillo no les hiera.
Y, a continuación, desesperado, vierte sobre la tierra su dolor en forma de lágrimas.
Sí, cuando veo ese cielo herido no puedo evitar el recuerdo de tus ojos, cuando los invadió una lágrima; vuelvo a sentir el mismo dolor, porque fui yo la causa, y dejo escapar esa sorda rabia que me atormenta hasta esconderme en mi miseria.
Hay momentos en los que la tierra siente el amor en grado tan alto que se transforma en espíritu, sus sentimientos son etéreos y nace, para darles vía libre, el viento.
Cuando contemplo esos majestuosos árboles, que luchan por tocar el cielo, rindiendo sus soberbias copas, inclinando su recio tronco o abriendo sus ramas como desesperados brazos que buscan al viento que las roza, sueño con ese día en el que un invisible pensamiento cruzó el camino en el que nuestras miradas se encontraron, nos envolvió un mágico aire que nos impulsaba a acercarnos y, finalmente, arrastrados por el más amoroso silencio, nos vimos envueltos en el vendaval de un abrazo.
Y todos estos sentimientos nacen del mismo corazón que nos brinda el milagro de la primavera, la ilusión del verano, la poesía del otoño y las ilusiones del invierno. Todos se fraguan en el único pecho del que dispone la Naturaleza para ofrecernos sus emociones.
Así, nuestra vida queda reflejada en cada emoción de la Naturaleza.
La historia de nuestro corazón y de nuestra alma está escrita en ella porque la Naturaleza siente.

Abel de Miguel Sáenz


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