jueves, 20 de octubre de 2016

UN SIMPLE DEDO DE LUZ 


Cruzaba el mar con la  misma suavidad con que el rocío se desliza, al alba, sobre los pétalos recién  despertados.
Su dedo de luz dejaba  una dorada estela que, enmarcada por los azules labios del agua, simulaba esa feliz cicatriz que deja un beso en el alma.
No podía, no quería, apartar la mirada de ese naciente milagro que, cada día, se forja cuando el sol despierta, acaricia, al mundo con sus manos.
Quise, en la locura de los sueños, imaginar que el mar eran tus ojos; que habían esperado, cerrados, toda la noche a que llegara este momento para que el sol los despertara y se encontraran con mi mirada, la cual había pasado toda la noche en vela protegiendo tu sueño.
Ahora, desnudados los sentimientos ante la virgínea claridad, superada esa nocturna etapa en la que la oscuridad nos priva de vernos, en la que tenemos que recurrir a la imaginación y a los pensamientos para sentirnos cerca, sé que nunca existirá ese momento en el que pueda olvidarte, pues para olvidarte sería necesario que me arrancaran el alma o mi corazón fuera de piedra, y, aun así, bastaría esta primera caricia que el sol deja sobre las aguas para que tus ojos, ese beso y tu recuerdo devolvieran, a esa alma y corazón, la vida.
Solo tus verdaderos ojos, los que se cruzan en mi vida, superan esta metáfora del mar.
Solo tu presencia es capaz de anular este mágico instante en el que el sol dibuja un milagro sobre las aguas, pero cuando no te tenga, cuando no te sienta, recurriré al alba y a los azules labios del mar para tenerte tan dentro de mí como si te abrazara.
No, no habrá nunca tiempo para olvidarte porque allá donde mire encontraré una metáfora para amarte.

Abel de Miguel Saénz


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