miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENCONTRARÁS  TU CONSUELO


He  dejado en el cielo mis súplicas, invisibles deseos que viajarán hasta aquellos  corazones que aún guarden oscuros rincones en los que, un día, hubo luz o nunca la conocieron.
Va atravesando el cielo y solo se detiene cuando desde la tierra le llega el triste eco de un suspiro, el aroma de una lágrima, la feliz brisa de un sueño o el confuso eco de una esperanza que siente cómo su vida se apaga.
Cada vez que una de esas emociones rasga las fronteras de la tierra, uno de esos vigilantes deseos, que he dejado latiendo en el aire, desciende y se adentra en ese corazón necesitado.
Cada cual tiene un color, una forma y un olor:
El que acalla el sordo dolor de quien no encuentra quien le consuele porque el que podía hacerlo fue el que se la rompió, ese, es un deseo con forma de manos desnudas y abiertas; de piel azul y verde para ofrecer el consuelo del cielo y el alivio de la esperanza; y como ese dolor suele nacer en  corazones heridos por el amor, su aroma es el del primer aire de la mañana, ese que nace abrazado al alba y es capaz de dibujar una vida nueva en el alma.
El que borra las lágrimas desconsoladas, aquellas que nacen sin pensar en morir, las que asesinaron un sueño o una realidad, ese, es un blanco pañuelo tejido con los finos y delicados hilos de la comprensión.
Al abrirlo, aparecen numerosos corazones, desde el más encendido, hasta el que más sufrió. Y dentro de ese amplio espectro, esas incontroladas lágrimas encontrarán el más apropiado para su consuelo.
Su aroma salino evoca esas horas frente al mar, en las que todo lo cura un respetuoso silencio.
Y el que alienta la esperanza de un insatisfecho suspiro o  abre los horizontes de un sueño que se apaga, ese, siempre surge vestido de horizonte, de un generoso horizonte en el que el cielo se desnuda hasta mostrar su alma.
Al verlo, esos suspiros y sueños que sintieron cerrados sus caminos, encuentran que siempre se abrirán otros nuevos.
Es un deseo incoloro, de piel transparente en la que sus colores serán los sueños de cada uno.
Y su aroma es una loca tormenta de primaverales olores que excitan una ilusión o hacen olvidar la pena.
Y así, una infinidad de deseos sigue cruzando esos cielos, buscando heridas, y cuando alguien no crea encontrar el que cure la suya, siempre encontrará uno vestido de labios, que le ofrece un beso o una sonrisa.

Abel de Miguel

Madrid, España.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Y LA NOCHE ESCRIBIÓ UNA CARTA


Era una noche recién estrenada; tan  joven que aún se podían vislumbrar los últimos retales de luz que dejaba un difunto  atardecer.
El cielo había heredado las negras nubes que no se apartaron de él durante el día, el aire seguía derramando el frescor de una lluvia que se resistía a ser consolada, y la noche, ¡qué noche!, era un maravilloso poema que te invitaba a que lo leyeras con los ojos del alma.
En estas circunstancias, saqué aquella carta que escribió un corazón encendido, recién bautizado de amor, vestido con la ilusión de un niño y tembloroso, como hoja de otoño, entre aires de emoción.
Empecé, más que a leerla, a recrearme en cada letra, a dejarme arrastrar por el torbellino de recuerdos que nacían de cada palabra; empecé a sentirme aire y, según leía, tuve la sensación de ser alma libre que viajaba, contigo, entre esas líneas, entre esos caminos que nos llevaban al cielo del que, en ellos, te hablaba.
Y tras leer la última palabra doblé lentamente la carta, miré al cielo y dejé caer la mirada, lentamente, hasta que descansó en esas líneas en las que dormía mi vida o, tal vez, eran ellas las que habitaban en mi alma.
Una mirada pensativa, soñadora, nostálgica, hechizada por esos sentimientos que solo entienden quienes los han mamado, se perdía en la oscuridad y volvía a leer, en las negras páginas de la noche, esa carta que, un día, te escribí con el alma.
Eran palabras vestidas de estrellas y, no sé si fue sueño o locura, pero creí ver tu blanca mano escribiendo en la piel de la noche.
¡Oh Dios!, ¡qué momento, ese, en el que un alma busca un sueño y es él quien te encuentra!
Y la noche siguió llorando, dejando que sus lágrimas de agua se besaran con el viento sin saber, o tal vez sí, que de cada beso nacía un suspiro, de cada suspiro un recuerdo, y que cada uno de esos recuerdos fue capaz de volver a escribir, en la misma piel de la noche, esa carta que te escribió un corazón rendido.


Abel de Miguel

domingo, 20 de noviembre de 2016

UNA SIMPLE CARICIA


Abrió sus manos como ave que ofrece su inmaculado plumaje y se entrega sin preguntar su destino; al rozarlas, sentí que la fría nieve me revelaba su secreto: bajo su blanca y fría piel escondía un calor que siempre la acompañaba.
Era un calor tibio, tranquilo, sereno, de esos que invitan a resguardarse entre sus invisibles y transparentes muros, pero que, a la vez, ofrecen una intimidad jamás vivida.
 Ante tales premisas, el corazón salió de su refugio y aceptó el reto de adentrarse en ese escondido mundo que anunciaba sueños y sentimientos jamás conocidos.
Y mis manos se sumergieron bajo las suyas como pez que se adentra en el mar sabiendo que le espera la vida, como aire que se adentra en la cueva buscando el hospitalario calor en el que descansar; como rayo de luna que, escapándose de su mundo de sombras, encuentra un mar sobre el que descanse su estela de plata.
Jamás podré describir en su plenitud ese momento en el que unas manos, unas sencillas manos, te rozan y te descubren que la felicidad se esconde en frascos pequeños. En ese instante nuestras manos fueron blancas alas de las que nacían mudos sentimientos que se leían en nuestras miradas.
Era imposible separarlas, pues cada cual debía estar sintiendo el mismo cielo, un cielo que temíamos que se disolviera en el momento en que ellas se separaran.
Y así estuvimos hasta que supimos que el poder de esas caricias trascendería ese momento y se grabaría, a fuego, en nuestras almas.
Sabíamos que cuando estuviéramos lejos, el recuerdo de nuestras manos fundiéndose nos apagaría la ausencia y nos devolvería la vida.
Y ahora, cuando te escribo desde la distancia, siento ese milagroso roce y qué poco me cuesta creer que lo hago desde ese mundo que conocí cuando nuestras manos se unieron.
Sí, no me cuesta nada porque, desde ese día, aún vive en mi alma el fuego que prendieron tus blancas alas, el calor que se cobijaba bajo su limpia piel, el recuerdo de esos mudos sentimientos que se dibujaron en nuestras miradas.
Jamás podré olvidar ese momento en el que unas manos, unas sencillas manos, son capaces de devolver la vida a un corazón deshabitado y de dibujar el cielo en su alma.


Abel de Miguel

miércoles, 16 de noviembre de 2016

ESTARÁN AHÍ


No me importa quedar sepultado bajo adversas historias que consigan borrar, del horizonte de mi vida, la última luz.
Dejaré que las horas me envuelvan bajo el peso de su acelerado tiempo o que el porvenir abra su abanico y solo me muestre negros colores.
Poco importa, porque siempre tendré motivos para quebrar cada muro que se interponga en mi alegría.
Son muchos los recuerdos que me habitan, son muchas las razones que el pasado encierra para que el corazón siempre encuentre una fuente en la que saciar su sed.
Evocarte es viajar a ese mundo que escondo en lo más íntimo de mi, abrir ese baúl en el que guardo aquellos momentos que nos hicieron sentirnos privilegiados ángeles habitando en la tierra.
Los recuerdos son un mundo, y cada vez que uno de ellos nos asalta es como empezar uno de esos matutinos o taciturnos paseos en los que nuestros almas salen desnudas, los corazones abren sus puertas y los pensamientos son blancas hojas en las que dejamos que el viento, la luz y el paisaje escriban esas emociones, deseos, suspiros y sueños que, un día y ahora, llenan nuestra vida.
Esos días, esos momentos que se grabaron en nuestra alma, son esa estela plateada que la luna dibuja sobre el oscuro lienzo del mar grabando, en sus lúgubres aguas, un milagro.
Y hace falta muy poco para rescatarlos.
Basta que un rayo de luz se escape entre las espesas ramas, que el viento gima suspiros que rompen el silencio, que el agua libere su alegre voz entre cascadas y peñas, que nos roce una parte de la vida, para que ese baúl rompa sus cerrojos y desempolve esa suave melodía que un recuerdo nos dejó.
Sí, desde el momento en el que mi corazón juró que amaría, va guardando en sus rincones esos momentos que lo tiñeron de felicidad; y mientras la vida pase, los irá despertando para que le ayuden a no olvidar ese juramento que te dio.
Siempre tendremos un tiempo para poder viajar por ese mundo  que los días nos reservaron; siempre podré seguir…habitando en tu recuerdo.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 4 de noviembre de 2016

SIEMPRE LO TENDREMOS



No sé si el sueño te ha abandonado o aún sientes el eco de esas voces de la noche, que perviven y lentamente se  apagan, pero quiero decirte que hoy, al abrir los ojos, nos espera la mañana con ese cielo gris o azul, no importa, pues solo vale que allí está para que crucemos, con él, las miradas y escribamos en su piel, limpia o de nubes, nuestros primeros pensamientos.
Sí, el cielo será nuestro mensajero, en sus etérea espaldas leeremos nuestros “buenos días”; en su piel grabaremos ese primer beso que nos dedicamos en la distancia; allí, basta con mirarlo, nos hablaremos.
Por eso, cuando abras los ojos y el sueño silencie su eco, volverás a sentir que la mañana, o sea, la vida, te ofrece un nuevo día en el que se repetirán esos mismos sentimientos con los que nos acostamos.
Y si encuentras un cielo desnudo, ausente de palabras, es porque no encuentro aquellas que expresen este sentimiento que el tiempo nos ha permitido revivir.
Cansado de buscar, le he pedido al corazón que desempolve la caja donde guarda, no los recuerdos, sino esos valores que me enseñaron a vivir, y allí te he encontrado a ti, a quien, un día, la vida me permitió compartir tu tiempo, miradas, palabras,....
Siento, en este momento, que los ojos me brillan y la piel quiere participar de esta emoción contenida, tal vez, por eso, ahora, unas nubes crucen el cielo que miras.
Han sido tantos años que solo puedo dar gracias a Dios por resucitar, en mi pecho, tu memoria.
Ocultos, desde la eternidad, en la mente de Dios, es decir, en el vientre del Cielo, esperábamos nuestro momento; momentos de pequeñas perlas que se cubrieron con nuestras ilusiones y sueños.
Puede que a los ojos del mundo seamos, simplemente, dos personas que se aman, pero, a los nuestros y a los de Dios, somos corazones y almas que esperaron en el cielo para amarse en la tierra.
Y en nuestros pechos sentiremos, al vernos, una corriente de felicidad que anega nuestro ser mientras nuestros ojos se iluminan de esa luz que solo ven los que así se aman.
Y de esas pequeñas perlas nacerán otras perlas, tan maravillosas como las que nos adornaron al conocernos; y si alguna viene envuelta en espinas, porque la vida así lo quiera, juntos las sufriremos y nos lameremos las heridas; porque, incluso esas, serán nuestro refugio, consuelo y pañuelo.
Sí, si alguna vez ves al cielo desnudo de palabras, no te inquietes; abandona tu corazón en ese vacío y sentirás el abrazo de quien te ama en silencio.
Siempre tendremos el cielo para compartir nuestros momentos, para escribir, en su piel desnuda o habitada de nubes, esas palabras que delatan que nos queremos.

Abel de Miguel Saénz