domingo, 20 de noviembre de 2016

UNA SIMPLE CARICIA


Abrió sus manos como ave que ofrece su inmaculado plumaje y se entrega sin preguntar su destino; al rozarlas, sentí que la fría nieve me revelaba su secreto: bajo su blanca y fría piel escondía un calor que siempre la acompañaba.
Era un calor tibio, tranquilo, sereno, de esos que invitan a resguardarse entre sus invisibles y transparentes muros, pero que, a la vez, ofrecen una intimidad jamás vivida.
 Ante tales premisas, el corazón salió de su refugio y aceptó el reto de adentrarse en ese escondido mundo que anunciaba sueños y sentimientos jamás conocidos.
Y mis manos se sumergieron bajo las suyas como pez que se adentra en el mar sabiendo que le espera la vida, como aire que se adentra en la cueva buscando el hospitalario calor en el que descansar; como rayo de luna que, escapándose de su mundo de sombras, encuentra un mar sobre el que descanse su estela de plata.
Jamás podré describir en su plenitud ese momento en el que unas manos, unas sencillas manos, te rozan y te descubren que la felicidad se esconde en frascos pequeños. En ese instante nuestras manos fueron blancas alas de las que nacían mudos sentimientos que se leían en nuestras miradas.
Era imposible separarlas, pues cada cual debía estar sintiendo el mismo cielo, un cielo que temíamos que se disolviera en el momento en que ellas se separaran.
Y así estuvimos hasta que supimos que el poder de esas caricias trascendería ese momento y se grabaría, a fuego, en nuestras almas.
Sabíamos que cuando estuviéramos lejos, el recuerdo de nuestras manos fundiéndose nos apagaría la ausencia y nos devolvería la vida.
Y ahora, cuando te escribo desde la distancia, siento ese milagroso roce y qué poco me cuesta creer que lo hago desde ese mundo que conocí cuando nuestras manos se unieron.
Sí, no me cuesta nada porque, desde ese día, aún vive en mi alma el fuego que prendieron tus blancas alas, el calor que se cobijaba bajo su limpia piel, el recuerdo de esos mudos sentimientos que se dibujaron en nuestras miradas.
Jamás podré olvidar ese momento en el que unas manos, unas sencillas manos, son capaces de devolver la vida a un corazón deshabitado y de dibujar el cielo en su alma.


Abel de Miguel

1 comentario:

  1. Esto es maravilloso, es vida, es sentimiento latente hecho letras.
    Desde mi alma felicito tal forma de expresar. Mis respetos y admiración.

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