viernes, 30 de diciembre de 2016

EL NIDO


“Inquieto” era un gorrión al que le gustaba mucho conocer nuevos sitios, paisajes, personas,… y siempre, allá donde llegaba, construía su nido, estaba unos días y, luego, se marchaba.
Pero un día, sobrevolando un pueblo, le llamó la atención la forma de sus casas, el variado color de sus tejados, lo pequeñas que eran y, sobre todo, le maravilló el que junto a cada casa había un frondoso y hermoso árbol que daba mucha sombra.
“Inquieto”, al verlo, pensó: “¡Qué nido más grande podré hacer en esos árboles!.”, y sin pensárselo dirigió su vuelo hacia el primer árbol que encontró.
Estaba junto a una casa de tejados de madera limpísima y paredes blancas como la nieve. Todo respiraba limpieza, como si acabara de  nevar sobre ella o el viento la hubiera limpiado, de un enorme soplo.
Ya estaba poniendo las primeras ramas de su nueva casa cuando, de repente, un hombre lo espantó a gritos.
¡Ay!, “Inquieto” no sabía que hay personas que lo que tienen solo lo quieren para ellos, y, eso, era una pega de ese lugar en el que acababa de aterrizar.
Todas las casas parecían recién hechas, todas tenían un hermoso árbol, pero todas, también, tenían un dueño al que no le gustaban las visitas de extraños.
En fin, a “Inquieto” no le quedaba más remedio que irse de allí y buscarse otro sitio.
Ya estaba saliendo del pueblo cuando una casa muy distinta a las demás llamó su atención.
Sus paredes, tan viejas como el tejado, y la madera, con tantos huecos como una dentadura rota, le daban un aspecto fantasmal, pero, eso sí, junto a ella había un hermoso árbol donde podría construir su nido, por lo que “Inquieto” no dudó en posarse en sus ramas.
Tan contento estaba que no se dio cuenta de que nadie le gritó cuando empezó a construir su nido. Era normal, pues la casa estaba…. ¡abandonada!
“Inquieto” era el pájaro más feliz del mundo con su nuevo nido y  no paraba de revolotear y sembrar el cielo de las alegres notas que salían de su pico.
Todo era maravilloso.
Su nido estaba muy cerca del cielo y veía a las personas salir de sus casas, dar paseos por los prados y…ver a los que llegaban.
Pasaron los días y llegó el invierno.
Los caminos eran alfombras de nieve, custodiados por esos guardianes de blanco uniforme que eran los árboles.
Pese a la soledad del paisaje, en el aire latía una escondida alegría, como si algo maravilloso estuviera a punto de pasar.
“Inquieto” se escondía entre las ramas buscando un poco de calor, pero  animado por esta misteriosa felicidad se animó a dejar su música en el aire; sin embargo, de repente, dejó de cantar y se hizo el silencio.
¿Qué había pasado?,  ¿por qué “inquieto” se calló?
Un hombre joven, en cuyo rostro barbado se dibujaba la bondad, tiraba de una mula en la que iba sentada la mujer más hermosa: su rostro era casi de niña, su pelo brillaba, en medio de la noche, como el sol y toda ella respiraba una infinita ternura.
Ambos reflejaban cansancio y una cierta preocupación, pues parecía que, esa noche fría, no encontrarían dónde pasarla en un lugar cubierto.
A “Inquieto” se le encogió el corazón, pues él ya tenía su nido, pero ellos no.
Superado  ese momento de tristeza, se le ocurrió una idea: ¡la casa abandonada en la que él construyó su nido!
Sin pensárselo, “Inquieto” voló hasta ellos y empezó a cantar y a hacer los vuelos más graciosos que se le ocurrieron para llamar su atención.
Conseguido su objetivo, empezó a volar, lentamente, mientras ellos, que al principio solo le seguían con la mirada, decidieron caminar en la dirección de “Inquieto”.
Al ver la vieja casa, el joven matrimonio se llenó de alegría. ¡Habían encontrado un “nido” para el hijo que esperaban!
¡Con qué cariño y alegría la limpiaban, arreglaban lo que estaba roto, la decoraban!, y sobre todo, ¡con qué ilusión “Inquieto” los ayudaba! ¡Estaba tan feliz como ellos!
Pasaron varios días hasta que llegó una noche de tiempo horroroso.
A la lluvia, se unió un fuerte viento que quería derribar todo lo que se encontraba a su paso, incluido el nido del pequeño gorrión, y lo consiguió.
 “Inquieto se había quedado sin “casa” y nunca más supo qué fue de aquellas ramas con las que construyó su nido.
Se perdieron en el oscuro cielo de esa noche de invierno.

Bueno, eso es lo que él pensó, porque todas esas ramas, empujadas por el fuerte viento, se encontraron con las estrellas y se fundieron con ellas hasta formar una estrella mayor.
En el momento en que todo esto sucedía, el joven matrimonio sintió una alegría infinita: acababa de nacer su hijo.
El cielo se llenó de ilusión, desapareció la oscuridad y todo quedó iluminado por la luz de la nueva estrella que anunciaba la primera Navidad.
Allá donde se mirara, la estrella que había nacido del nido de “Inquieto” iluminaba la tierra.
La estrella se detuvo sobre la casa abandona en la que nació ese niño, en la que “Inquieto” construyó su nido, ese nido que el viento le robó.
Y si “Inquieto” se apiadó de esa joven pareja cuando los vio solitarios y sin hogar, ellos hicieron lo mismo con el pequeño gorrión.
Al enterarse que se había quedado sin nido, le ofrecieron su hogar para que viviera con ellos.
Y esta historia de amor quedó inmortalizada en un cuadro que pintó un señor que se llama Murillo: “La Sagrada Familia del pajarito”; allí 
están sus protagonistas.


Abel de Miguel 
Madrid, España


miércoles, 28 de diciembre de 2016

CUANDO  HABLAN LOS OJOS


Quise  encontrar, entre todos tus  encantos, uno  que englobara el amor y el dolor que nace en un pecho que ama.
Tras  una intensa lucha entre las virtudes que te adornan por ver cuál de ellas era la elegida, la capaz de compendiar lo que te amo, elegí tu mirada.
Sí, una mirada es capaz de revelar los más ocultos sentimientos, aquellos que no se atrevieron a alzar la voz y que gritan en silencio; capaz de desnudar la conciencia propia y ajena con solo dejar que los ojos, altavoces del alma, hablen.
Amorosa, dolida, humillada, penitente, generosa, cautivadora, hiriente, soñadora, nostálgica, suplicante, exigente, feliz, así puede llegar a ser una mirada; tan infinita como ese universo de sentimientos que cruzan un corazón desde que nace hasta que muere, desde que ama hasta que olvida y vuelve a amar, desde que alma y ojos se encontraron para compartir sus experiencias.
Pero si la he elegido es porque, al recordarla, siempre surge bajo ese velo de paz que lo acompaña, teñido de las tranquilas aguas azules que son tus ojos y recitando versos que solo puede leer quien ama.
Una mirada va más allá del recuerdo.
¿O no has sentido que tu corazón se encogía cuando esos ojos clavaron en los tuyos el brillo de sus lágrimas y los acompañaba una dulce sonrisa porque no encontró otro medio para decir cuánto te amaba?
¿No se te rompió el alma cuando respiraste un aire triste y descubriste que la causa de su pena fue una mirada herida, convencida de que no era amada?
Dime que a ti también te atravesó un rayo de luz cuando esos ojos por los que soñaste te suplicaron un beso o te pidieron que la abrazaras.
Yo siempre he soñado con tu mirada; siempre he dejado que me envolviera y, con ella, a solas, he hablado de lo humano y lo divino, he desnudado mi alma y he encontrado, en el fondo de tus marinos ojos, los secretos que me ayudan a amarte.
Sí, la mirada es el único camino que un pecho siempre encontrará abierto para liberar el frío y el fuego que lo habita; para decir, a quien se cruce con ella, que los ojos tiene alma, que las heridas duelen, que las ilusiones existen y que, ¡cómo no!, para decirte, cuando los labios no se atrevan, que los ojos también besan….con una simple mirada.
.
Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 26 de diciembre de 2016

AL CALOR DE LOS SUEÑOS


Se acostó durmiendo entre sábanas  que, esa noche, respiraban sueños, saboreando el imaginario beso que le había  dejado un recuerdo y cerró los ojos para recluirse en esos pensamientos.
Esbozaba una feliz sonrisa que delataba que seguía soñando.
Permaneció con la lamparilla encendida; temía apagarla, temía que con la luz también se fuera ese mágico momento y la oscuridad borrara esos fuegos artificiales que acababan de prender en su pecho.
Así, entre luces, hundió la cabeza en la almohada como rayo de sol que se sumerge en las aguas para iluminar sus ocultos tesoros y siguió viajando por el mundo de los recuerdos.
Según nacían, su cuerpo se movía ligeramente, estremecido, emocionado, y apretaba la manta contra su cuerpo, como si esa manta fuera el sueño que acababa de recordar y no quisiera que se escapara.
En ese estado de íntima felicidad era imposible que el sueño la venciera porque dormirse sería morir.
Confiada en que esa felicidad no se le escaparía, apagó la luz.
Y empezaron a nacer esos momentos, veladas, besos y paseos que compartieron con la oscura noche.
Estaba tocada por la mágica vara del amor y no importaba lo que la rodeara: todo era una fuente de bellos sentimientos.
De vez en cuando, unos leves suspiros huían de sus labios y hacían temblar, tímidamente, las blancas sabanas como tiembla el mar cuando siente el roce de la brisa.
A tal extremo llegaron los sueños que, incapaz de recluirlos en el mero pensamiento, a cada recuerdo que nacía lo acompañaba una palabra o un nombre.
Su corazón necesitaba dar voz a esas imágenes que lo cruzaban y encendían.
Y como olas que dejan en el aire el eco de sus aguas, así, sus labios llenaban el oscuro cuarto de palabras que flotaban alrededor de su cama.
Y cada palabra era uno de esos momentos que grabaron el amor en su alma: una fecha, un paisaje, una canción, una mirada, una sonrisa, una caricia, un “te quiero”, un……
Una catarata de vivencias, reducidas a palabras, comprimidas en segundos, hizo que su cuerpo se rindiera al más profundo sueño del que nunca quisiera despertar.
Y aunque dormir sería dar muerte a ese milagro, bien sabía que nunca la “muerte” se presentaría tan dulce; así que volvió a estrechar las blancas sábanas y la suave manta contra su cuerpo, dejó que por última vez se estremeciera y cerró los ojos abandonándose al sueño.
Ya dormía, ….pero en sus labios aún se dibujaba una tímida sonrisa.
.
Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 23 de diciembre de 2016

UN DÍA ESPECIAL


Si algún día  perdiste la esperanza, si hubo un tiempo en el que sentiste que la vida te  cerraba sus caminos y tú creíste que te abandonaba, si alguna vez pasaste por ese trance, hoy es el momento que Dios preservó para curar esas heridas.
Pues bastará que una simple mirada perdida, de esos ojos que buscan una paz interior, se clave en un Niño, para que tu alma se emocione, tu corazón sonría y se derrumben los temblorosos pilares de las dudas.
Sí, hoy, el mismo Dios que te ocultaron las sombras de la vida se hace cercano, se pone al alcance de tus manos, se hace pequeño para que tus labios lo abarquen con un beso, se hace tan humano que creerás que todo es sueño.
Pero no; ese niño es el mismo Dios al que apelamos en las necesidades o el que nos roba una agradecida mirada cuando  un milagro ha rozado nuestras vidas.
Hoy lo tenemos más fácil.
Hoy, una mirada silenciosa y enamorada a ese Dios hecho niño, será suficiente para que mueran las dudas en tu alma y sientas que el Cielo está muy cerca.
¡FELIZ NAVIDAD!
.
Abel de Miguel

Madrid, España

domingo, 18 de diciembre de 2016

LÁGRIMAS FURTIVAS


Me delataron unas furtivas lágrimas que el corazón no fue capaz de contener; emociones que dejaron al desnudo mi alma y retrataron unos sentimientos que nunca murieron porque siempre tuvieron sueños o esperanza.
Aún recuerdo ese momento en el que una invisible luz traspasó mi pecho y dejó, en él, todos esos recuerdos e ilusiones que, al evocarlos, pintaban un paraíso en mi vida.
Podría, ahora, recorrerlos uno a uno, pero ¿qué sentido tiene recordarlos cuando ya son realidad, cuando al mirarte a los ojos y encontrar ese amor buscado ya puedo tocarlos?
Así que viajaré por el mar de tu mirada y, allí, los iré rescatando y besando como quien encuentra ese cielo que le animó a seguir viviendo.
Y mis lágrimas serán felices náufragas entre las azules aguas de tus ojos; que no quisieran ser rescatadas, sino morir en ese plácido mar que ilumina tu rostro y enciende, en el mío, luces que anuncian un milagro.
Y una de ellas, la que nació cuando tus labios me dejaron el sello del primer beso,  se adentró en tu corazón, alteró tu plácida mirada y arrancó, de ese mar en calma, una pequeña ola vestida de lágrima.
Sí, tú también sentiste lo mismo, tú también escuchaste esa  voz nacida del alma que ordenó a las emociones que resucitaran.
Otra, la que vio la vida en nuestro primer baile, cuando nuestros cuerpos parecían estrellas que se movían, lentamente, alrededor de la luna, dejó el eco de esa música en tus azules ojos, los cuales empezaron a moverse, como si buscaran esa balada, hasta que se dibujó, sobre ellos, una leve niebla de emociones que acabó por vencerlos.
Y, nuevamente, en los dos, volvieron a surgir aquellas mismas silenciosas lágrimas que coronaron ese encuentro en el que la luna nos brindó sus brazos y la noche, su música.
Así, una a una, puedo recorrer ese universo de sentimientos que me invade cada vez que tus ojos asoman en mi corazón; puedo palpar recuerdos y emociones sin importarme que unas furtivas lágrimas me delaten y dejen desnuda mi alma.
. 
Abel de Miguel

Madrid, España

domingo, 11 de diciembre de 2016

ESTELAS  EN LA TIERRA



Fue, la luna, la última testigo de cómo nuestras sombras, errantes, se perdieron por  esos caminos de plata que ella dibujaba con sus luces y que nosotros, que apenas los intuíamos, transformamos en estelas de tierra; estelas que nos sedujeron a seguirlas como si nos condujeran a nuestro destino .
Salimos, esa noche, con la esperanza de encontrar un silencio que embargara nuestras miradas, que llenara de emociones nuestros pechos y dejara, en cada una de nuestras almas, el poso de un momento eterno.
Y nos dejamos llevar por esas mágicas sensaciones que una noche tranquila y serena es capaz de infundir en quienes las buscan y están preparados para recibirlas.
El murmullo del durmiente río, incapaz de acallar sus melódicas voces de agua, ecos que dejan, en el oscuro aire, la sensación de que la vida está despierta, nos acompañó incluso cuando dejamos de oírlo.
Recordarlo era resucitar esa misma alegría que vivimos cuando pronunciamos nuestros nombres bajo el influjo de unas miradas entregadas y rendidas, pues bien creímos que el río nos llamaba mientras le acompañamos en su curso.
Por extraño que pareciera, cuanto más dormía la naturaleza más vivos y despiertos estaban nuestros sentidos.
El leve crujido de una rama o el leve crepitar de una hoja eran suficientes para acentuar ese maravilloso silencio en el que nuestros pensamientos viajaban juntos por esas estelas en la tierra, y ese leve atisbo de vida nos hacía sentir que estábamos solos, inmersos en el universo de la noche, ese mundo tan propenso a que nazcan los sueños y la imaginación vista de fantasía el más insignificante suceso.
Y seguíamos dejándonos seducir por esas estelas; avanzábamos, por ellas, con el presentimiento de que, a cada paso, nos reservarían un motivo que ensancharía nuestros corazones.
Al sentirnos llenos de tantas emociones detuvimos nuestros pasos en uno de esos claros que la luna graba, con fuego de plata, en la tierra y donde se reunían y morían todas esas estelas que nos acompañaron en el camino.
Allí alzamos las miradas, hasta que se cruzaron bajo la luna y el silencio; entonces, entendí por qué habíamos llegado a nuestro destino.
Sí, la Naturaleza dormía, pero en el centro de ese claro de luna, en medio de esa paz, en el mismo corazón de la noche y en el más profundo rincón de su alma, tus azules ojos dibujaron el día.
Y esa Naturaleza despertó de su mágico sueño para contemplar un milagro:
Dos almas errantes que encontraron su destino gracias a esas estelas en la tierra que dibujó la noche.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 8 de diciembre de 2016

INMACULADA CONCEPCIÓN


Si hubo un día en el que el mundo recobró su primigenia  belleza, si existió un momento en el que Dios volvió a sentir las mismas  emociones que le invadieron cuando creó al hombre, fue cuando en el vientre de Ana asomó la vida de María vestida de pureza.
La Tierra recuperó sus latidos, el cielo ahuyentó los humanos lamentos que lo ocultaban y el mismo ser humano sintió, por primera vez desde Adán y Eva, que su alma era espejo de Dios.
Bastó que una mujer, pensada en el rincón más amoroso de la mente divina,  saboreara los primeros síntomas de la vida.
Sí, ella estaba destinada a ser  Madre, Trono y Salvación; por lo tanto, Dios no escatimó en bellezas y dio todo lo que era y tenía cuando concibió a María.
Y, así, su alma, más que de nieve, era transparente; su corazón, tan mortal como divino; su belleza, su belleza quedó reservada para esas almas sensibles, capaces de encontrar, en lo trascendente, una palabra que la abarcara.
Cada vez que sintamos el peso del pecado, la herida del dolor o las penas de esta vida,  bastaría recordar ese instante en el que una mujer, María, alteró el corazón de Dios y fue capaz de hacer que sus manos creadoras temblaran de emoción en el momento de su concepción.
María, Virgen y Madre, deja que sea una de esas blancas estrellas que adornan tu corona aunque desdiga de tu hermosura y así podré revivir ese día en el que Dios, al crearte, lloró de alegría y la Naturaleza, al contemplarte, se rindió ante tu INMACULADA CONCEPCIÓN.

Abel de Miguel

Madrid, España