domingo, 11 de diciembre de 2016

ESTELAS  EN LA TIERRA



Fue, la luna, la última testigo de cómo nuestras sombras, errantes, se perdieron por  esos caminos de plata que ella dibujaba con sus luces y que nosotros, que apenas los intuíamos, transformamos en estelas de tierra; estelas que nos sedujeron a seguirlas como si nos condujeran a nuestro destino .
Salimos, esa noche, con la esperanza de encontrar un silencio que embargara nuestras miradas, que llenara de emociones nuestros pechos y dejara, en cada una de nuestras almas, el poso de un momento eterno.
Y nos dejamos llevar por esas mágicas sensaciones que una noche tranquila y serena es capaz de infundir en quienes las buscan y están preparados para recibirlas.
El murmullo del durmiente río, incapaz de acallar sus melódicas voces de agua, ecos que dejan, en el oscuro aire, la sensación de que la vida está despierta, nos acompañó incluso cuando dejamos de oírlo.
Recordarlo era resucitar esa misma alegría que vivimos cuando pronunciamos nuestros nombres bajo el influjo de unas miradas entregadas y rendidas, pues bien creímos que el río nos llamaba mientras le acompañamos en su curso.
Por extraño que pareciera, cuanto más dormía la naturaleza más vivos y despiertos estaban nuestros sentidos.
El leve crujido de una rama o el leve crepitar de una hoja eran suficientes para acentuar ese maravilloso silencio en el que nuestros pensamientos viajaban juntos por esas estelas en la tierra, y ese leve atisbo de vida nos hacía sentir que estábamos solos, inmersos en el universo de la noche, ese mundo tan propenso a que nazcan los sueños y la imaginación vista de fantasía el más insignificante suceso.
Y seguíamos dejándonos seducir por esas estelas; avanzábamos, por ellas, con el presentimiento de que, a cada paso, nos reservarían un motivo que ensancharía nuestros corazones.
Al sentirnos llenos de tantas emociones detuvimos nuestros pasos en uno de esos claros que la luna graba, con fuego de plata, en la tierra y donde se reunían y morían todas esas estelas que nos acompañaron en el camino.
Allí alzamos las miradas, hasta que se cruzaron bajo la luna y el silencio; entonces, entendí por qué habíamos llegado a nuestro destino.
Sí, la Naturaleza dormía, pero en el centro de ese claro de luna, en medio de esa paz, en el mismo corazón de la noche y en el más profundo rincón de su alma, tus azules ojos dibujaron el día.
Y esa Naturaleza despertó de su mágico sueño para contemplar un milagro:
Dos almas errantes que encontraron su destino gracias a esas estelas en la tierra que dibujó la noche.

Abel de Miguel

Madrid, España

1 comentario:

  1. Imágenes tiernas en las que me deslicé
    entre un idilio y emociones de idealización
    que seducen dejando en mí... también
    estelas bellas en mi alma.
    Edicamen

    ResponderEliminar