jueves, 8 de diciembre de 2016

INMACULADA CONCEPCIÓN


Si hubo un día en el que el mundo recobró su primigenia  belleza, si existió un momento en el que Dios volvió a sentir las mismas  emociones que le invadieron cuando creó al hombre, fue cuando en el vientre de Ana asomó la vida de María vestida de pureza.
La Tierra recuperó sus latidos, el cielo ahuyentó los humanos lamentos que lo ocultaban y el mismo ser humano sintió, por primera vez desde Adán y Eva, que su alma era espejo de Dios.
Bastó que una mujer, pensada en el rincón más amoroso de la mente divina,  saboreara los primeros síntomas de la vida.
Sí, ella estaba destinada a ser  Madre, Trono y Salvación; por lo tanto, Dios no escatimó en bellezas y dio todo lo que era y tenía cuando concibió a María.
Y, así, su alma, más que de nieve, era transparente; su corazón, tan mortal como divino; su belleza, su belleza quedó reservada para esas almas sensibles, capaces de encontrar, en lo trascendente, una palabra que la abarcara.
Cada vez que sintamos el peso del pecado, la herida del dolor o las penas de esta vida,  bastaría recordar ese instante en el que una mujer, María, alteró el corazón de Dios y fue capaz de hacer que sus manos creadoras temblaran de emoción en el momento de su concepción.
María, Virgen y Madre, deja que sea una de esas blancas estrellas que adornan tu corona aunque desdiga de tu hermosura y así podré revivir ese día en el que Dios, al crearte, lloró de alegría y la Naturaleza, al contemplarte, se rindió ante tu INMACULADA CONCEPCIÓN.

Abel de Miguel

Madrid, España


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