sábado, 18 de noviembre de 2017



CUANDO EL SOL DOBLÓ LA RODILA


Era un amanecer en el que una suave brisa, un sereno mar que aún rebosaba sueño y un cielo que acababa de despedir a los últimos restos de la noche invitaban a dejar las huellas sobre la arena, a un paseo en el que el placer sería sentir el roce de todos esos sentimientos que la Naturaleza ofrecía.

Ataviada con una fina y blanca tela que dejaba al descubierto los brazos para que la piel sintiera el beso de la mañana, se dejó llevar por ese camino delimitado por unas olas que la saludaban con el débil eco que deja el agua al morir.

Seguramente, en el fuero interno de la joven sonarían esas voces que hablan de felicidad y amor, esas voces que despiertan cuando el entorno invita a pensar en ellas.

Respiraba lentamente, como si ese aire le sugiriera un nuevo sueño o un feliz recuerdo, como si la brisa que acariciaba sus brazos fueran las manos de quien ella amaba, como si ante esa templada luz que iluminaba su rostro sintiera que era él quien la miraba.

Y según iba caminando, el corazón y el alma se iban alimentando de todos esos sentimientos que hacen que la vida sea un feliz sueño; pero ese sueño, no pudiendo soportar la cárcel del pecho en el que habitaba, huyó en busca de esas aguas, de ese aire y de esa luz que lo rodeaban.

La joven detuvo el paso, miró el mar, afrontó el horizonte y dejó que la mirada se perdiera en esa línea donde muere lo terrenal y nace el misterio. Ofreció sus ojos azules a la luz del cielo, al brillo marino y cuando ya se sentía llena de ese inmortal poder que es el amor, retó a la vida con su única arma: cruzó los brazos sobre el pecho, hizo un imperceptible movimiento y los alzó sujetando entre las manos su alma vestida de fuego.

La mantuvo en alto y dejó que el viento la besara apasionadamente, que la transformara en bandera que, cada vez que ondeaba, dejaba un suspiro en el aire y grababa un sueño en el cielo.

Las aguas del mar quedaron cubiertas por todos esos segundos en los que ella amó en silencio.

Preñado de emociones, el mar alentó a sus olas a que aceleraran el paso y contemplaran, antes de morir en la orilla, esa escena en la que una joven se arrancaba el alma y obligaba al Sol a doblar la rodilla.

Porque, efectivamente, el astro rey vio cómo sus espadas de fuego se tornaron en débiles velas que rendían culto a ese sagrado momento en el que un alma era capaz de que el horizonte abandonara su lejanía y, también, se acercara a ella.

Todo lo que existía alrededor de la joven se convirtió en reverencia.

El viento, la luz, el mar, la arena, incluso ella misma se sintió altar de su propia alma, un “altar” cubierto por un blanco vestido que competía con la inmaculada pureza que se respiraba en ese lugar.

Hubo quien extrañó que un moribundo sol, propio del atardecer, presidiera una naciente alba, pero no lo hubieran hecho si hubieran contemplado ese maravilloso momento en el que el amor de un joven corazón y el fuego de una apasionada alma obligaron, al Sol, a doblar la rodilla.

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL  PUENTE DE LOS SUEÑOS



Quiso volver a ese lugar que jamás olvidaría, a ese puente en el que sintió, por primera vez, que unos ojos la miraban de manera sincera y limpia y que le pedían algo más que una sonrisa agradecida.

Supo que en el fondo de esos ojos latía el mismo deseo que el que ella forjó en su corazón en esos momentos solitarios y de silencios, en esas noches de luna serena, en esos paseos en los que dibujaba al hombre que colmaría sus sueños. Ese día, en ese puente, esa mirada se adentró en su alma, con tal fuerza que se rindió, gozosamente, a su sentimiento.

Había suspirado porque llegara ese momento, lo había imaginado comparándolo con otras bellezas que, de alguna manera, habían satisfecho su sed de amar, creía estar preparada para cuando llegara ese día, pero, ¡oh Dios!, jamás pudo imaginar que el corazón pudiera abarcar tanta felicidad.

Todos los sueños se hicieron realidad en un segundo, en ese minúsculo tiempo en el que dos miradas se cruzan y dejan al descubierto sus almas.

Y fue ese tiempo el que ella necesitó para saber que, en esas tranquilas aguas que cruzaban bajo ella, estaba grabado el nombre de quien le había robado el corazón.

Sus ojos azules se clavaron en ese punto y todo se vistió del mismo color: el río, el ropaje que la cubría, el cielo, incluso diría que su alma, esa alma que ya había salido de su cuerpo para navegar por el río junto a quien estaba marcando su vida.

Una luz tibia, tamizada por las nubes, dejaba tintes de plata en el aire y contorneaba el perfil de la joven. Contemplarla, era ver una perfecta réplica de Afrodita, una maravillosa estatua mirando un río, porque todo su ser, toda la vida que ella contenía, habitaba en esas aguas junto a su amado.

Pero esa inmóvil figura era una incesante fuente de pensamientos que nacían de su pecho y amerizaban en el río, y uno de ellos era el de verse navegando junto a él mientras una estela de luz enmarcaba sus sueños, daba brillo a sus suspiros y sus miradas volvían a revivir aquella que dio lugar a que ahora volviera a ese lugar.

Cualquier idea en la que los dos estuvieran juntos tenía lugar en su mundo, y ese mundo era tan extenso que cabía lo imposible y lo infinito.

Seguramente, ese río acogió, también, sus felices lágrimas, sus aguas llegaron a sentir el roce de esa imaginaria barca en la que ella y él viajaban, el cofre de los secretos, ese que todo espacio habitado por el agua guarda en sus profundidades, quedó ocupado por una nueva historia de amor; en fin, ese día, ella volvió a revivir esa mirada sincera y limpia que abrió, en su corazón, el inimaginable mundo que espera a quien ama y se siente amado.

Ese día, una luz azul iluminó el puente de los sueños.

jueves, 9 de noviembre de 2017

BESOS Y  LÁGRIMAS



El invierno dejaba, en los labios de la vereda, blancos besos de despedida, su último aliento a ese lecho en el que el otoño agonizaba. Los árboles, no pudiendo evitar el llanto, dejaron que sus hojas fueran lágrimas que cubrieran ese lugar en el que ambas estaciones se citaron para abrazarse y decirse adiós.

Besos y lágrimas se fundieron dando vida al más íntimo sentimiento que la Naturaleza guarda en su corazón.

¡En cuántas ocasiones iguales se habrá visto nuestro pecho, compartiendo esas emociones que nacen de un sueño, con esas penas que ven la luz cuando tememos perderlo!

La nieve nos despierta, en el alma, esa infantil alegría que reviste nuestra vida de magia mientras las moribundas hojas nos dejan recuerdos de un tiempo que ya no volverá.

Allí estaban, abrazados como dos amantes que se resisten a separarse aunque sepan que es inevitable; respirando, cada cual, el aire que el otro le ofrecía: el invierno, acariciando, con sus níveas manos, la desgastada piel del otoño; el otoño, recitándole, al invierno, sus últimos suspiros, esos versos que brotan cuando sus hojas y el viento bailan.

El cortejo del otoño desfilaba por el sendero dejando el último eco, recitando su último poema y pintando de pardos colores su último cuadro; el invierno guardaba silencio, ocultaba las lágrimas bajo sus copos de nieve y desplegaba un inmaculado velo que cualquiera diría que lo habían tejido infantiles almas.

Se podía abandonar la mirada en ese escenario y dejar que vagara libremente, atravesando ese misterio que latía en el aire, viendo, de cerca, los latidos de la Naturaleza, escuchando las cálidas voces que nacían de esos labios blancos y pardos.

Sí, recuerdo haber vivido ese momento.

Sé que hay pechos en los que han coincidido esos sentimientos enfrentados, en los que el mismo amor que sentía rozar el cielo, se desgarraba al ver que se alejaba, y poco importa que esa ausencia sea pasajera, no basta que sepamos que llegará el día en el que nuestro ojos vuelvan a encontrarse; siempre querremos sentir el roce, la cercanía de a quien amamos porque los recuerdos, a veces, no son suficientes para apagar la sed de lo amado.

Y ,así, el otoño y el invierno pasaron los días, esos felices y trágicos días en los que compartieron la alegría del encuentro mientras se lamían las heridas por su próximo adiós.

Pero quiero quedarme con esa imagen en la que unos blancos labios y otros pardos se besaban, en el que unos copos de nieve y unas otoñales hojas se vistieron de lágrimas.

Quiero recordar esa estampa en la que la Naturaleza se rasgó el pecho para mostrarnos al otoño y al invierno amándose entre besos y lágrimas.

viernes, 3 de noviembre de 2017

LO  NECESITABA



En su pecho pendía un hilo de amor lo suficientemente intenso como para que su mirada huyera hacia ese cielo que, a través de la ventana, se ofrecía como lecho en el que descansaran sus emociones.

La fuerza bruta del corazón, esa que nace cuando se siente apresado por un sueño, agitaba sus pensamientos y le robaba la serenidad necesaria para saborearlos. Necesitaba encontrar ese estado de paz en el que el alma y el corazón se hablaran, casi, en silencio, en el que los deseos desfilaran, uno a uno, dando tiempo a saborear el dulce sabor de su estela.

Sí, necesitaba hallar esa armonía en la que ese hilo de amor fuera capaz de tejer el más maravilloso tapiz que los sueños pudieran formar.

Sin más dilación, se acercó al piano, se acomodó, miró a su confidente cielo y sus dedos descansaron sobre el teclado, acariciándolo como quien acariciaría un corazón herido o una virgen alma.

Cerró los ojos, pretendiendo que los sentimientos se tornaran en suave remanso, y empezó a presagiar esas notas que pondrían voz al invisible sentimiento del amor: estaba naciendo esa música que encauzaría sus pasiones hacia las tranquilas orillas del alma.

El piano empezó a sonar y ella inclinó la mirada hacia él, como si estuviera contemplando lo amado, como si estuviera presente, como si tuviera alma y dijera, por ella, las palabras que se ahogaban en sus labios.

Bastaba mirarla para saber que su pecho era una hermosa laguna en la que iban desembocando esos ríos llamados “ilusión”, “sueño”, “esperanza”, “amor”, “eternidad”,…, y cada uno de ellos aportaba una nota. Tan interiorizado tenía lo amado, que esa música dibujó una lágrima en su mirada, la cual estaba viajando por otro mundo, ese mundo en el que le esperaba su amado.

Y mientras sus dedos acariciaban el teclado, su alma le seguía dictando esa partitura que envolvía en poemas la habitación. Sus ojos se resistían a abrirse, así no escaparían esos sueños que estaban naciendo.

Llegó el momento en el que a tan alta cima se elevó, que sus manos se rindieron a la música que nacía de ellas y, moribundas de tanto amor, callaron; pero en el aire siguió sonando la voz de sus sentimientos:  era el alma del piano quien hablaba.

Ella continuó sus sueños, se siguieron dibujando emocionadas lágrimas en su rostro y su pecho encontró, en esas notas, la razón para seguir amando.

Encontró ese estado de paz en el que el corazón y el alma se hablaran, casi en silencio, y ese hilo de amor fuera capaz de tejer el más maravilloso tapiz que pueden formar los sueños.

Lo necesitaba.

sábado, 28 de octubre de 2017

SE VISTIÓ DE AIRE



Hubo una vida en la que todo lo existente era etéreo, las emociones que rozan nuestra alma o acarician nuestro corazón nacían, solamente, de espíritus: la fauna, la flora, el mar, la luna, quienes aman..., nada se podía tocar, pero todo existía y cada cual dejaba, en el ambiente, esa fibra que es capaz de conmover e inundar de emociones el corazón, hasta conformar un entramado de invisibles estelas que llenaba, de eternidad, el aire.

Todo era limpio y translúcido, todo era como el agua virgen que nace de una montaña, como la nieve en el momento que viaja por el cielo, como el alma y el corazón de quien llora por amor, como esos ojos que, al mirarlos, te invitan a confiar tu vida….

Allí era posible descubrir las entrañas de la felicidad, desvelar el verdadero aroma de un suspiro, mirar a los ojos, sin velo que lo cubriera, al verdadero rostro del amor. Era el lugar idóneo para quienes quisieran comprobar si lo que latía en su pecho era real o ilusión.

A tal grado se elevaban, en ese mundo, los sentimientos, que una joven soñó con ser uno de esos espíritus que, un día, poblaron esa tierra. Quería saber si el amor que habían preñado sus sueños era semejante al verdadero, y como si la hubieran oído, o la estuvieran esperando, su mortal cuerpo se desvaneció, lentamente, hasta convertirse en una de esas estelas que habitaban en ese aire.

Y todo ese mundo que sus mortales ojos no eran capaces de vislumbrar, cobró vida y tomó forma cuando lo contempló con los del alma.

¡Estaba allí!

Tan solo un débil puente de madera, que encarnaba las miserias humanas, la separaba del sueño.

Empezó a cruzar, lentamente, vestida de espíritu, esa frágil pasarela y toda la niebla que cubría ese mundo empezó a desgarrarse en pequeños jirones para acabar mostrando los tesoros que encerraba.

Su alma, según se adentraba, era capaz de descubrir nuevos sentimientos, pero en su pecho solo cabía una idea: encontrar la estela del Amor.

Con la tensión de quien espera una noticia que puede cambiar su vida, la joven sacó su corazón, lo dejó en el aire y empezó a viajar hasta que una de esas invisibles estelas lo envolvió entre sus suaves manos.

La joven empezó a sentirse presa de una loca carrera de emociones que la liberaban; las lágrimas de la otra vida murieron al instante; los temores que, un día, tuvo, se transformaron en nuevos caminos en los que brillaba una luz; en fin, todas esas espinas, todos esos miedos y dolores, esos viejos harapos con los que se viste el mortal amor, murieron en el instante en el que sus ojos rompieron la barrera que separaba su corazón del alma.


La consolaba el hecho de que en su pecho hubiera reflejos del verdadero amor, pero descubrió que con solo atravesar la débil pasarela del alma, vistiéndose de aire, podría ser esa agua virgen, una de esas estelas que es capaz de llenar de eternidad el mundo que se pisa.

viernes, 20 de octubre de 2017



EL REENCUENTRO



¡Cuántas veces recordaba esas horas en las que su mirada planeó sobre la erizada piel del mar dejando esos secretos que solo se comparten con el alma!

Fueron días en los que la juventud de su corazón le reclamaba un sueño, y en esa etapa de la vida solo uno podía satisfacerlo: amar y ser amada con la intensidad de lo eterno.

Esos sueños llegaron a incendiar su pecho; por momentos, fueron como esas débiles olas que morían a sus pies, pero, en el último instante, acababa venciendo ese ideal que la llevaba, cada mañana, a compartirlo con el mar.

Y, un día, el mar le habló.

Una de esas moribundas olas que sabían que su vida terminaba en la orilla, se negó a morir sin, antes, revelarle su destino.

Lejos de que su espumaje se diluyera hasta desaparecer, se vistió de nieve y quedó flotando sobre las aguas. Secuestrada la mirada de ella, la ola se alzó, en la cima de su belleza, como blanco caballo que reta al viento; cautivado el corazón, dejó en el aire el eco de su última palabra, ese misterioso sonido que, junto al del viento y la lluvia, es capaz de adentrarse en el alma y fundir lo mortal con lo eterno.

Fue el más hermoso poema que las aguas pudieron dedicar a su sueño y, como tal, la joven lo interpretó:

La espuma vestida de nieve serían esas noches de blanca luna en las que sus labios conocerían el sabor de un beso y en las que escribiría, junto a lo amado, una nueva historia.

El instante en el que la ola se asemejó a un bello corcel, representaba esa inmensa libertad que sentiría su corazón cuando el sueño fuera alcanzado.

Y el eco que dejó la ola, esa última palabra, fue la definitiva prueba de que sus deseos se harían realidad.

En ese último bramido del mar, ella escuchó un nombre.

Pasaron unos cuantos años desde todo aquello y volvió al escenario que cambió su vida, pero lo hizo acompañada de una niña, de su hija.

Quiso enseñarla el lugar en el que vivió ese milagro, que conociera dónde liberar sus secretos, pero, sobre todo, quería decirle que allí fue donde escuchó, por primera vez, su nombre, el de la hija que ahora la acompañaba.

Apenas los desnudos pies de la madre se adentraron en el agua, sintió cómo las emociones se vistieron de columna de fuego que recorría su cuerpo hasta que se detuvo en su alma.

Alzó la mirada y sus ojos volvieron, como aquellos días, a abarcar la infinitud del mar.

Sensibilizada, con los ojos humedecidos porque el amor también se viste de lágrimas, con la voz quebrada porque la felicidad ahoga las palabras, dejó en ese aire salino un prolongado y profundo suspiro que encerraba todos aquellos días que se acercó a visitar esas aguas; un suspiro que era esa página de su vida en la que se escriben los sueños cumplidos.

Tomó, de la mano, a la pequeña y la invitó a “coger” una ola, la que le pareciera más bonita.

Quién sabe si esa niña, al cabo de los años, volverá allí para recordar que, un día, el mar escribió un sueño en el libro de su vida.


sábado, 14 de octubre de 2017

CUANDO  LOS SUEÑOS BAILAN





Se apagaba el día, las luces agonizaban y el mar llamó a quien quisiera oírle, para que lo contemplara de cerca, para que dejara, en él, el alma y llenara el cielo con esas mudas palabras que son los sentimientos.

Ella, en cuyo pecho habitaban emociones que necesitaban ser saciadas, abrió las ventanas del corazón y se asomó a ese balcón de sueños que eran la noche y el mar.

Se quitó uno de los guantes que cubrían sus finas manos y lo dejó sobre la cubierta esperando que la luna lo recogiera; apenas esa funda de seda había descansado, una brisa enamorada, es decir, un suspiro de la propia luna, lo arrebató para que durmiera en el mar; y allí quedó, flotando en unas aguas cautivadas por el regalo de esa joven a la que tomaron por musa.

Y mientras ella contemplaba, con el silencio y la quietud de una sirena, cómo su prenda causaba estragos en el marino corazón, las nubes empezaron a abrirse en ordenado abanico hasta formar un perfecto halo alrededor de la luna.

Alguien que había sido capaz de arrancarle un suspiro a la luna, de que el mar se estremeciera, de que la brisa dejara ecos que turbaban el alma de la noche, era digna de que la luna detuviera, en ella, su mirada.

No sabemos la pasión que encierra un amor instantáneo, pero muy intensa e íntima tuvo que ser, pues la luna paseó su brillo sobre los azules ojos de esa joven vestal sagrada y, ambas, se transformaron en inmortales espíritus.

¡Oh Dios!, ¿cuál es el precio a pagar por contemplar el instante en el que la luna y la joven se miraron?

Tras un momento de quietud, de esa emotiva tensión que nace cuando sientes que el corazón te pide algo, rompieron su silencio con dos suspiros que parieron, a la vez, sus hermosos labios.

No hacía falta ningún gesto, ninguna palabra, solo eso fue necesario para rasgar el velo que las separaba.

Y como el corazón no entiende de preámbulos, la luna deslizó, entre la gasa de nubes y las finas capas del aire, unos rayos de luz que viajaron en busca de esa divina y mortal figura.

La joven sintió cómo esas manos de plata se ceñían a su cintura, cómo su espalda se estremecía cuando los blancos destellos la rodearon en un pasional abrazo; rendida ante tanto amor, la joven le ofreció, como quien entrega su alma, el blanco chal que la cubría.

Desatado el éxtasis, se rompieron las cadenas del corazón y la luna dejó, en ese rostro soñador, un blanco resplandor: el beso más virgen que unos labios hayan podido dar.

Jamás pensaron que sus corazones pudieran abarcar tanta dicha, jamás imaginaron que llegaría esa hora en la que el alma pidiera un descanso ante tanta felicidad, pero lo cierto es que, esa noche, lo mortal se vistió de espíritu.

Esa noche, no bailó la joven con la luna: bailaron un sueño y un milagro.

martes, 10 de octubre de 2017

NO  NECESITABA MÁS



En el suelo de la estación se empezaban a dibujar esos plateados destellos que nacen cuando el agua y la luz se funden, el aire empezaba a preñarse del agradable aroma que destila cuando la lluvia besa a la tierra y en la Naturaleza latía la maravillosa música que componen el débil repique de las gotas muriendo en el suelo y el coro de unas ramas que dejaban su voz cada vez que la lluvia las rozaba.

Desplegó el paraguas para protegerse de una fina lluvia que surgió en el momento en el que ella empezó a soñar. Vio una alegre premonición, una amable caricia de ese cielo en el que había depositado su vida y bendecía su aventura.

Atrás dejaba un elegido ramillete de recuerdos, aquellos cuya sangre el paso de los años nunca enfirará, y un futuro que ardía en su corazón. El presente no existía porque en su alma solo habitaban sueños.

Recuerdos, esperanza, ilusiones y nostalgia eran el bagaje de esa joven, que esperaba, ilusionada, un tren que la llevara al encuentro con su nuevo mundo.

Bien se podría decir que, en esa maleta, solo llevaba el corazón y el alma.

Al fondo, tras esa llanura ocupada por raíles y onduladas tierras, se dibujaba el perfil de unas seniles montañas. Las miró fijamente, tal vez recordando esos días en los que descansó en sus cumbres, esas mismas en las que se fraguaron esos deseos que ahora la animaban a irse en busca de ellos.

Mientras sus pensamientos descansaban en las redondeadas cimas, en sus ojos asomaron unas lágrimas.

Eran hijas de los recuerdos, de esa tierra que la dejó momentos que cicatrizaron en su alma, pero también eran hijas de una emoción en la que se fundían la incertidumbre y la ilusión que despierta lo desconocido.

Y entre lágrimas y lluvia, entre sueños y nostalgias, la joven sacó del bolsillo una hoja, la desplegó, lentamente, como no queriendo herirla, se secó el agua y las lágrimas que humedecían sus ojos y leyó las primeras líneas:

“No esperemos más tiempo, no lo dejemos pasar como ese otoño que despierta sentimientos, pero acaba muriendo. No alimentemos nuestros corazones de ilusiones etéreas, pues, bien lo sabes tú, el corazón encierra secretos que necesitan ser liberados, y el tuyo y el mío solo se verán tranquilos cuando…..”

La joven dejó de leer y, mirando la vía por la que debía venir el tren, dijo en baja voz (¡cuántas veces habría leído esas líneas!): “…tú y yo estemos juntos.”

Guardó la carta y volvieron a asomar lágrimas en esos ojos que no se apartaban de la montaña, de ese sagrado recinto en el que se fraguaron esos sueños que la llevaban a un nuevo mundo; allí, en sus cumbres, dejó su último pensamiento:

Siempre te recordaré como el lugar en el que mi pecho descubrió el cielo.

Ya se oía el mecánico paso del tren. La joven recogió la maleta en la que llevaba recuerdos, esperanza, ilusiones y nostalgia, en la que solo llevaba (no necesitaba más) el corazón y el alma.

viernes, 6 de octubre de 2017

LA  PRIMERA CITA




Sabía que llegaría ese momento en el que sentiría la necesidad de tirar de las riendas del tiempo, de parar la vida, de sentarse en soledad, con la simple compañía de una Naturaleza que la contemplara en silencio mientras ella dejaba que su mirada se perdiera en la infinitud del cielo.

Sí, había llegado esa hora en la que necesitaba una inmensa paz para ordenar esas atropelladas emociones que nacían de su corazón.

Hasta ese instante, su alma, sentimientos, sueños y deseos los había ligado a un mundo que ella, solo ella, conocía. No sintió la necesidad de nadie, la vida misma era un apetitoso racimo de felicidades que saciaban su corazón, pero desde aquel día sabía que nunca más viajaría sola.

En ese bello camino que hasta ahora había recorrido, las ilusiones y los sueños eran un agradable aire que acariciaba su fino rostro, pero había surgido alguien que estaba dispuesta a acompañarla, alguien que ella, también, quería sentir cerca.

Cuando el sol ya se había desperezado, la brisa era una agradable mano, la Naturaleza aún estaba somnolienta y la luz, recién nacida, conservaba sus vírgenes colores, salió, como cada día, a encontrarse con sus sueños, pero unos sueños que, ahora, eran compartidos.

Era una extraña y hermosa sensación.

Acostumbrada a que sus negros ojos no encontraran más obstáculos que el paisaje que la rodeaba, ahora, allá donde mirara vería aquellos que le hirieron, de amor, el alma, pero esa “invasión” de su intimidad, lejos de incomodarla, avivaba el dormido fuego de su pecho.

Y el aire que la cortejaba lo transformó en aquellas manos que llamaron a la puerta de su corazón.

Eran demasiados sentimientos, y tan elevados que sintió vértigo al verse en ese nuevo mundo que acababa de pisar.

Necesitaba esa paz, ese silencio que ordena las pasiones y que permite respirar al corazón.

Se sentó sobre el borde de un pequeño estanque en el que descansaban los murmullos de una fuente y donde sus mansas aguas esperaban que alguien se asomara a ellas para grabar su rostro.

Así lo hizo: se asomó, pero, sobre esa cristalina piel, el único rostro que vio fue….el de él.

Se quedó largo tiempo contemplando ese pequeño estanque que, su corazón, había transformado en mar.

Una tibia luz iluminaba la mitad de su cuerpo mientras ella seguía dejando que sus pensamientos reposaran en las profundidades de esas confidentes aguas, pero tan atrapada se encontraba que creyó que, en lugar de la luz, era él quien la besaba.

Fue su primera cita, la primera vez que a alguien esperaba, y quiso inmortalizar el momento.

Mientras el aire la acariciaba, la luz la besaba y la fuente dejaba murmullos que sonaban a suspiros, extendió el brazo y escribió sus nombres en el agua.

Allí quedaron, durmiendo en sus profundidades, rodeados de un cómplice silencio, mientras esas aguas guardan el secreto.

Y siguen esperando que alguien se acerque y escriba nombres nuevos, siguen esperando a todo aquel que sienta, en su corazón, la primera cita.



Abel de Miguel

Madrid, España



sábado, 30 de septiembre de 2017


SE LLAMA “ALMA”



El viento jugueteaba con sus cabellos, delicadamente los movía como quien levanta el blanco velo de una novia para regalarle un beso; en realidad, la acariciaba, escribía sigilosos versos sobre su fina piel y ella…, ella, mientras, escuchaba las voces que nacían de su alma.

Nadie diría, al verla, que en su corazón habitaba un amor vestido de fuego, que su pecho era un crisol en el que las emociones se fundían bajo esas llamas que eran los sentimientos.

Si, al menos, pudiéramos contemplar sus ojos (esas inmaculadas ventanas que revelan lo oculto), descubriríamos su mundo, pero era tal el recogimiento, que quedaban escondidos bajo el telón de los párpados para que la luz del mundo no enturbiara la que estaba naciendo en ella.

Recogida, pensativa, elegantemente turbada por esas voces que nacían del interior, su bella figura era un monumento a esos momentos y lugares en los que lo único que se escucha son los suspiros o los vagos murmullos de unos labios que rezan.

Por todo ello, bautizó, a ese trocito de tierra, con el nombre de “Alma”.

Pensó que así sería el lugar donde habitaban las que ya conocían la felicidad plena. Rodeada de quietud, sentía que la suya le hablaba con tal pureza, que esos intangibles sueños que la colmaban, allí, en ese instante, cobraban vida.

La misma Naturaleza pareció rendirse y se arrancó la suya para compartir, ambas almas, esas inalcanzables experiencias.

Declinó, ligeramente, la cabeza y su ciega mirada quedó inmóvil en un indefinido punto.

¡Oh Dios!, ¿acaso vestiste a un ángel, de mujer?

¿No son esas manos, las blancas alas de tus enviados?, ¿no es esa gasa azul que la cubre, la piel del mismo cielo?, ¿acaso cierra los ojos para que su divina mirada no incendie, de luz, la tierra?

Y mientras el viento seguía jugando con sus cabellos, ella siguió dejando que el fuego y la paz se abrazaran, que siguieran pintando el paraíso con los pinceles de sus reflexiones y sentimientos, que, en fin, todo su mundo interior navegara por ese mar en calma que era su alma.

Ella ya no está allí, pero es imposible olvidarla.

Aún late, en el aire, el incienso de sus suspiros, aún se respira la mística que dejó su velada mirada, aún se puede sentir el calor de esas emociones que se inmolaron en el crisol de su pecho.

Ella ya no está allí, pero quien cruce por ese lugar sabrá por qué esa tierra se llama “Alma”.

sábado, 23 de septiembre de 2017

DONDE NACE Y MUERE LO AMADO



Cada mañana, se acercaba a la orilla del río. En su semblante se reflejaban las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba. Su rostro era la expresión no solo del ciclo del cielo, sino de las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Ese lecho de agua, que visitaba con sagrada periodicidad y puntualidad, era, para ella, un nido de sueños y tormentos en el que sintió, por primera vez, que alguien le robaba el alma, que las emociones se agruparon en su pecho, pero también era el mismo escenario en el que sus labios dejaron, por última vez, el eco de un beso en el aire.

Allí fue donde nació y desapareció lo amado, donde los suspiros y los gemidos se agolpaban según el recuerdo que naciera, donde la vida se tornaba en radiante amanecer o lóbrega noche; allí, su alma quedó enterrada entre rosas y espinas.

Por eso visitaba ese lugar como quien deja unas flores sobre la tumba de a quien nunca se olvida, o como quien se acerca a revivir el momento más glorioso de su existencia.

Entre sus finos brazos llevaba un cántaro de fresca loza, recién parida por la tierra, que abrazaba como quien toma, entre sus manos, una promesa de eternidad. En ese pequeño molde cabían todas las lágrimas, suspiros, esperanzas y sueños que nacieron, y nacían, desde aquel día.

Siempre cumplía el mismo rito.

Se sentaba, dejaba la reliquia de barro sobre la mullida hierba que le ofrecían los labios del río, la besaba y dejaba que la mirada de sus negros ojos se perdiera a lo largo de esas azules aguas.

En ese instante, solo Dios sabe los pensamientos que cruzarían ese corazón herido e ilusionado, pero cualquiera podría descubrir, viendo el débil temblor de las aguas y las lágrimas que asomaban en su rostro, que esa joven era presa de intensas emociones.

Ese trance en el que los recuerdos resucitaban, moría con un suspiro que hería al mismo aire y encogía el corazón del mismo cielo.

Superando ese momento en el que rosas y espinas cobraron vida, tomaba el cántaro y, lentamente, lo vaciaba en esas cristalinas aguas que fueron sus confidentes.

Allí vertía lágrimas y suspiros, besos y sonrisas, allí entregaba todos los secretos sentimientos que habitaban en su alma y que llenaron su fiel cántaro. Una vez vacío, sus negros ojos volvían a pasearse sobre ese lecho nupcial, sobre ese féretro de agua, pero en ellos se dibujaba el alivio: había liberado todas esas emociones que oprimían su pecho, sentía que su alma había quedado limpia, pero sabía que mañana volvería.

Tomó su fino recipiente, lo abrazó entre sus delicadas manos y volvió por el mismo camino que la vio cruzar aquellos días en el que, en su alma, nació y murió lo amado.

Sí, en su rostro volvieron a surgir las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba, las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 7 de septiembre de 2017

HE BUSCADO,…


…entre los amaneceres, aquel que me recordara la luz  que parió el pecho cuando nuestros labios sellaron su primer beso.
…entre las plateadas aguas de los ríos y las azuladas de los mares, aquella lágrima que se asomó al balcón de mis ojos, en medio de la noche, mientras, atravesando el mar, el eco de  tu primer “te quiero” recorría como caballo desbocado mi alma.
…entre la mística del viento, esas oraciones, desde la soledad de un cerro, que dejé suspensas en el cielo y en las que el corazón pedía encontrar a quién amar y quién lo amara, oraciones de las que solo Dios y yo sabíamos sus secretos.
He buscado, en los rincones de esas veladas donde la música se refugia para que sueñen los que aman, aquella canción que consiguió que tú dejaras de ser sueño y mis sentimientos te palparan.
…entre parques vestidos de jardines, entre fuentes en las que el agua canta, bajo esas durmientes hojas que parecían olvidadas, el ilusionado silencio que guardábamos cada vez que escribíamos, en el libro del futuro, un sueño.
…en los atardeceres, el último suspiro que, cada día, se perdía entre sus gamas de fuego pensando que mañana te vería.
...entre los destellos de la luna, los versos que escribió el alma, una solitaria noche, y en los que tu recuerdo era su musa.
…entre la lluvia, entre sus finos dedos de agua y el aroma de su encuentro con la tierra, aquellos momentos en los que nuestros brazos se apretaban buscando refugio, aunque solo buscábamos sentirnos más juntos.
He buscado todas esas pequeñas historias y grandes emociones que escribieron mi vida, y todas ellas las he encontrado.
Sí, ya no busco, solo las vivo, las beso y las revivo cuando tus ojos me miran o asomas a mi recuerdo.
He buscado….hasta que te he encontrado.


Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 2 de septiembre de 2017

EL ALMA  DE LAS ESTACIONES


Era  primavera.
Los  amantes paseaban con la misma calma que el aire que los rodeaba, con la misma  tranquilidad que el tiempo se tomaba cuando los veía juntos, con la misma intimidad que el silencio que habitaba en sus miradas, un silencio que  era la voz de sus pensamientos, capaces de, alimentados por el amor, incendiar la naturaleza que les abría camino y de que esa columna de fuego rozara los labios del cielo que los contemplaba.
Era todo tan armónico que Naturaleza y amantes fundieron sus almas.
El sol suspiraba por prolongar su ocaso. Al verlos envueltos en una inmaculada aura, recordaba ese instante en el que sus últimos rayos acarician los primeros halos de su luna.
Y ellos, al sentir que una flecha de amor había herido el corazón de la Naturaleza, se dejaron guiar por ese instinto nato en el que el destino no importa y las almas se van desnudando.
Allá por donde cruzaban, todo se vestía de reconciliación, de suave y lenta música e iban dejando, tras ellos, una infinita estela de sentimientos y emociones.
Era verano.
Un cielo puro y limpio insufló, en esos paseantes, una idea de eternidad y sus pechos, al contacto de la inmensa e intensa luz, derrumbaron las puertas que custodiaban sus almas y se perdieron en la infinitud de ese cielo que les inspiró tales deseos.
Pero, incluso, llegada la noche, esas noches de verano en las que un aire en calma, el silencio y la paz se abrazan, sus almas viajaban por las estrellas, tan infinitas e intensas como la luz del día.
Era otoño.
¡Oh Dios!, él y ella, ella y él, decidieron saltar los cerrojos de sus confidencias al sentir, bajo sus pies, el roce de esas hojas que murieron; en sus rostros, un húmedo viento cuyos susurros grababan, en el alma de quien los escuchara, un inolvidable poema; y en sus manos, el débil roce de una lluvia que revivía  esas veladas en las que una canción y el fuego te hacen sentir más cerca de lo amado.
Era invierno.
Ni la guadaña del viento, ni los alfileres del frío amedrentaron a esos amantes; antes bien, hallaron, en esas frías manos que el invierno les tendía, un motivo para enlazar las suyas y combatirlo con el calor que nacía de sus almas.
Y la blanca nieve dibujó, ante sus ilusionados ojos, ese inmaculado panorama que sus ojos atisbaban cuando se sentían cerca el uno del otro.
Sí, cada día, sin importar el ropaje que lo cubra, sea una íntima lluvia o un  exultante sol, se esconde un mensaje para el alma y el corazón siente que le hablan.
Seguramente, será porque las estaciones, hijas de Dios, también tienen alma.

Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 28 de agosto de 2017

NUNCA ES  SUFICIENTE


El  silencio recorría las entrañas del aire, todo enmudecía como si, aún, no  hubiera sido creado.
La  vida latía en esa armoniosa quietud,  pero era capaz de arrebatar sentimientos opuestos.
Era capaz de neutralizar el alma y dejarla en suspense, contemplativa, ensimismada, absorta en su propia belleza como pudiera sentirse cualquier pecho que haya amado en silencio.
Pero también es verdad que contemplar la inmovilidad de ese majestuoso milagro, la pasividad de algo que estaba llamado a ser dinámico y alegre, dejaba una brizna de melancolía, un poso de tristeza; no sé, era como si esa divina obra empezara a sentir las frías caricias de la muerte y las manos de esta empezaran a mostrar, a todas esas emociones que habitan en el alma, los umbrales de esa inhóspita cueva en la que quedarían enterradas.
Y fue esta última sensación la que invadió mi mente de trascendentes y últimos pensamientos.
Me sentí parte de ese frío que presagiaba la muerte y, al instante, como rayo que cruza la noche, como bramido del mar que invade cuanto sus brazos de agua abarcan, toda mi vida cruzó el alma dejando, en ella, estelas de luces, salpicadas por campos de sombras en los que dormía la culpa.
Y quise seleccionar esos momentos en los que el corazón cerró sus fuentes y lo dejó sediento, como quedó el alma al sentir que sus áureas alas se apagaban junto a esas presidiarias voces que  no tuvieron la libertad para decir que amaban.
Removí esos sentimientos que quedaron en el otoño de los recuerdos, mortecinas hojas durmiendo en la conciencia, que, esporádicamente, liberaban gritos diciendo que pude haber amado más.
Y esa duda sigue revoloteando por  los oscuros rincones en los que se esconden esos momentos que dejan, siempre, el mismo eco: ¿He amado lo que debía?
Y la primera sombra que alzó la voz expresó su lamento por aquel día en el que dejé pasar de largo tu sonrisa, esquivándola como viento entre las piedras, renunciando a devolvértela por esas miserias que tiene el corazón.
¿O debí hacerlo cuando tú, con los ojos preñados de lágrimas, pedías un mínimo consuelo, una pequeña comprensión y solo encontraste, por respuesta, un frío silencio que no comprendía tu dolor?
Cada una de esas sombras era, en realidad, hijas de detalles que reclamaban, también, otro detalle, solo un poco de amor.
Me di cuenta  de cuántas penas pude ahorrar a tu corazón a poco que el mío hubiera amado.
Y mientras una parte del alma quedaba en suspense, contemplativa y ensimismada, el silencio susurraba, en mi conciencia, ese lapidario eco: “¿Pude haber amado más?

Abel de Miguel
Madrid, España



lunes, 21 de agosto de 2017

PEQUEÑOS  MOMENTOS



Era uno  de esos días en los que la lluvia se convierte en perfecta réplica del llanto  de almas, en el que el silbido del viento es pura nostalgia, en el que las personas desnudan sus almas y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.
Da igual que haya corazones que nieguen esa mística, que sus pieles sean de piedra, que el pecho cierre sus puertas a ese torbellino de emociones y sentimientos, porque, se quiera o no, toda esa vida no morirá por mucho que se la ignore o haya almas que no entiendan sus palabras.
Seguirá pariendo luces, colores, suspiros, sueños, ilusiones, música, reflexiones, seguirá abriendo su poderosa mano para derramar esa innata fuerza de amor que encierra y todas esas criaturas que pueblan el paisaje, todos esos invisibles mensajes que subyacen en su mágica atmósfera, harán morada en esas almas; y si no encuentran abiertas sus puertas, esperarán hasta que el eco de sus voces y colores derrumbe sus muros y claudiquen ante ese amor que late entre el aire y la tierra.
Así, desde la atalaya de un monte, los  ojos se llenarán de eternidad al contemplar cómo la verde naturaleza, la salvaje fauna y el libre viento pueblan el vientre materno de esa tierra de la que nacieron, viajando sin más deseo que el de robarnos un suspiro, un pensamiento de eternidad o un mortal sueño,
y hasta tal extremo llegará esa sensación, que el alma sentirá vértigo por creer que roza el Cielo.
Y no será necesario haber vivido esta experiencia repetidas veces, bastará un instante de ese milagro para que las emociones dejen huella, para que un pecho trascienda o…para que deje su semilla en aquellos que lo niegan.
Y fue uno de esos días cuando un rayo cruzó el cielo, rasgó el velo de la noche y dejó que su blanca y luminosa estela presumiera de gloria durante unos segundos…que se hicieron eternos.
En ese resplandor, se retrataron aquellos momentos que hicieron, del alma, una feliz novia, que tallaron el corazón con el cincel del amor, que vistieron a la vida, de recuerdos imborrables y eternos.
Algo tan fugaz como un rayo bastó para alimentar el amplio vientre del corazón.
Y es que vivimos de esos instantes, de pequeñas gotas, de ocasionales luces, de espontáneos pensamientos que embalsaman los profundos dolores.
Aspiramos a que una inmensa felicidad nos invada y nos rinda por agotamiento, y, tal vez por eso, siempre tenemos excusa para no estar satisfechos, porque nunca alcanzamos esa lejana cima que nos marcamos en nuestro camino; pero si supiéramos contentarnos con esas gotas de alegría que nos ofrece la vida en el humilde frasco del recuerdo de un lejano o reciente beso, con un sencillo paseo sintiendo la mano de quien amas, con una agradecida sonrisa de quien solo esperas que sea feliz, si supiéramos darnos por satisfechos con estas anécdotas del corazón, entenderíamos por qué hay días en los que la lluvia suena a gemido, en los que el viento parece que suspira o por qué las personas desnudan su alma y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.

Abel de Miguel
Madrid, España



martes, 15 de agosto de 2017

LÁGRIMAS  EN LA PIEDRA


Sobre las piedras había, dibujadas, unas lágrimas, aunque para cualquier paseante distraído no hubieran dejado de ser bellas gotas de agua que decidieron dejar la huella de su muerte allí.
Para quien ignorara el sufrimiento o no hubiera sido rozado por el silbido de las flechas que hieren el corazón, esas huellas sugerirían caprichos de la lluvia, pero quien saboreó las hieles de la vida, quien sintió el dolor en el centro de su alma, bien sabía que allí se habían liberado dolientes confesiones, sueños quebrados, heridas sin cicatrizar; en definitiva, se habían escuchado esos dolores que solo conoce el corazón y que solo una lágrima es capaz de expresar.
Ya que la vida las ofrece bajo un muestrario de diversas formas y colores, quise conocer la causa de por qué dormían sobre esa piedra, quién abrió su alma y firmó, con una lágrima, el dolor o la emoción que asomaron al balcón de sus ojos.
No sé si nacieron en una triste noche en la que la luna se vendó los ojos y no quiso mirarlas, o por un beso que esperaban y erró su camino, o si lo amado dejó de existir porque cayó en los brazos de la muerte, pero esas lágrimas eran sinceras.
Solo con mirarlas, la causa de su existencia gritaba desde el silencio de esa piedra.
Las deposité, una a una, en mi mano, intentando darles esa delicadeza que, tal vez, echó en falta el corazón del que nacieron, dejé que descansaran al calor de ese cariño que les robaron y, no sé si fue por eso, pero al simple roce de mi mano temblaron.
¿Miedo o emoción? Seguramente, ambos sentimientos.
Miedo: porque ese estado de felicidad ya la vivieron y… se lo robaron; miedo a volver a perder ese sentimiento que las hizo rozar el cielo para acabar viviendo un infierno.
Emoción: porque aunque presas del temor, no podían evitar, al sentir un mínimo afecto, que esas ilusiones, sueños y esperanzas latieran como en el primer amor.
Eran un mar cuyo horizonte se había partido por la mitad, cuyos sueños debieron ser tan altos, lejanos y eternos, que alcanzaron ese punto donde el cielo recoge los deseos de la tierra; pero algo o alguien invocó a la adversidad para que ese horizonte quedara oculto entre las negras nubes del dolor.
¿Un amor imposible?, ¿un sueño tan cercano que creyó que era real?, ¿una ilusión que nada más rozar se evaporó como un suspiro?, ¿una felicidad tan intensa que el miedo al fracaso hizo naufragar?
Tal vez todas ellas fueron la causa de que esas lágrimas allí estuvieran, pero no pude evitar recrearme en ellas. Sí, digo “recrearme”, pero no por un morboso placer en el sufrimiento, sino porque más allá de sus heridas, en el fondo de ese cristalino pozo, al trasluz de esa brillante gota de tristeza, se vislumbraba una tenue luz que se resistía a morir, una pequeña llama incapaz de extinguirse en medio de las dolientes aguas de las lágrimas. Ese atisbo de vida que se dibujaba en el corazón de las lágrimas era el amor que las parió, la ilusión que, luego, se transformó en espada.
No pudieron renunciar a él y lo conservaron hasta su muerte convirtiendo, ese amor, en el epitafio de esas lágrimas que duermen en el silencio de una piedra.

Abel de Miguel

Madrid, España

miércoles, 9 de agosto de 2017

LUNA  LLENA



Hubo un  tiempo, al principio de la Creación,  en el que Dios se refugiaba en la  noche para contemplar, en el más absoluto silencio, a sus criaturas.
Solo la luna, con sus estrellas, y el sigiloso aire que habitaba el universo  eran testigos de los divinos pensamientos, de cómo Él se complacía en lo observado, testigos de ese resplandor que iluminaba la oscuridad cuando una de esas criaturas tocaba el corazón de Dios; pero una de esas noches, Dios sintió que la luna no apartaba de Él la mirada, una mirada entre enamorada y suplicante que cautivó la atención del Creador, pues todo lo que respira amor es captado, como reliquia, por Su corazón.
Y Dios miró a la luna; tan intensamente la miró,  que no pudo evitar que se escapara un suspiro de sus divinos labios, suspiro que embriagó a la luna y la hizo más hermosa, tan hermosa que, ahora, era ella quien le robaba a Él una parte de su corazón, por lo que nació, de esos eternos labios, el mayor sueño al que aspiran las almas: un beso de Dios.
Y Dios y luna entraron en una dinámica de emociones en la que cada una daba lugar al nacimiento de otra mayor.
El aire y las estrellas, privilegiados espectadores de ese milagro, temblaban, casi de miedo, pues nunca se vieron en tal estado de emoción, jamás pensaron que el amor fuera capaz de arrasar la materia de que se componían.
Y según Dios cortejaba a la luna, esta, crecía en tamaño, como si fuera el sol, y su blanco ropaje adquiría un blanco inmaculado, superior al del alma recién creada o al de la virgen nieve recién nacida de los ojos del cielo y que muere en los brazos de la montaña.
A tal punto de hermosura llegó que el mismo Dios dijo: “¡BASTA!”.
En ese instante, los sentimientos, forma, color y emociones de la luna quedaron en suspenso, inmovilizados, como si Dios hubiera esculpido la más hermosa lágrima de nácar, y todas las criaturas rindieron su mirada hacia ese nuevo milagro que había surgido en el cielo.
El viento rompió su silencio y extendió, por cielos y tierra, la voz de los mismísimos ángeles.
Había nacido la luna llena, el mayor homenaje, el más digno tributo que la Naturaleza puede rendir a su benefactor.
Pero, de hermosa que era, Dios la quiso preservar. La ocultó bajo sus brazos y, esporádicamente, la mostraría a los mortales.
Por ello, cuando surge, los corazones sienten el reflejo de ese amor que la creó y los amantes clavan su mirada en esa lágrima de nácar y tienden, a sus pies, sus sueños, que no son otros que los de vivir con ese mismo amor con el que ella fue creada; es decir, hacer de sus vidas una continua luna llena.

Abel de Miguel
Madrid, España

lunes, 7 de agosto de 2017

DAME UN  SEGUNDO


Solo  pido ese instante, pues solo eso basta para saborear la felicidad en sus distintos  niveles y variedades.
En tan breve espacio de tiempo, el pecho es capaz de alimentar al corazón con las suficientes emociones como para que dé a luz esos sentimientos que lleva en sus entrañas desde que fue creado.
En un segundo se produce el parto de la luz y la tierra queda iluminada por una sábana de formas y colores que reviven la Creación en el alma que las contempla.
En un segundo, el corazón es capaz de alcanzar las más altas cimas de las pasiones cuando dos labios funden sus orillas y se besan.
En un segundo,  unas palabras sinceras, un “te quiero”, dan vida a aquellos sueños que pusimos en el fondo del corazón por considerarlos “imposibles”.
En un segundo, unos ojos son capaces de que la invisible pluma del amor escriba versos que hablen de eternidad.
Solo un segundo es necesario para que la música haga temblar ese hilo sensible que une las emociones con las lágrimas.
En ese tiempo, por esa doble cara que tienen los sentimientos, puede nacer el dolor más intenso cuando esos ojos esquivan tu mirada, ese beso lo roba el viento y no llega a su destino o esa canción recuerda la amargura de un sueño fallido, pero, aún así, es tal el poder creativo que tiene un segundo, que  en ese suspiro de tiempo nacen infinidad de ellos en otros tantos pechos que los tenían guardados, que esperaban, como el campo a la lluvia, ese momento para ser liberados.
Y en cada persona siempre ha existido un segundo que cambió su vida, que tornó el infierno en cielo, o viceversa, que hizo reales los sueños o mostró, en carne viva, el sufrimiento, pero quiero quedarme con los que fueron capaces de reinventar el alma, con los que la hicieron intuir esa felicidad que tiene reservada en el cielo.
Porque en un segundo muere y nace una ola, la tierra se ilumina y oscurece, el cielo trina o llora, los labios liberan un beso o lo encarcelan, brota una lágrima o una sonrisa, una mirada te cautiva o te hiere, una palabra cura o mortifica, en un segundo, la vida muestra el inmenso panorama de sentimientos que encierra.
En esa ráfaga de tiempo, se ha cruzado tu rostro en mi memoria y, como perfecto engranaje de un reloj, la mirada se ha escapado al cielo, el corazón ha abierto sus ventanas, el alma se ha vestido de aire, la piel se ha erizado y una sombra de lágrima se ha arrimado a la orilla de mis ojos.
Y todo ello…en un segundo.
Sí, dame un segundo, solo te pido eso.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 4 de agosto de 2017

DUERME  LA VELA



La  vela  dormía y su llama se recostaba sobre el silencio que le ofrecía esa habitación.
La  contemplaban mudas vigas de madera que, junto con el silente musgo, rompían el grisáceo velo de las calladas piedras que velaban el sueño de la vela.
Se  mecía lentamente, acunada por un evasivo aire que parecía esquivarla para no romper su sueño.
Era tan placentero verla, causaba tanta paz su descanso, que sentí el deseo de formar parte de esa mágica estancia en la que todo adquiría tintes de cuento.
Se respiraba esa tranquilidad que rebosa un río a las primeras horas del alba, cuyas aguas, de quietas y serenas, transmiten los sentimientos de ese cielo que en su transparente piel se graba.
Se palpaba la placentera sensación, que atraviesa el alma, de esas noches en las que la luna calla y el viento gime, solo lo necesario, para recordarnos que lo que vivimos no es un sueño.
Me conformaba con mirar el tímido ondear de esa cabeza de fuego que, de cansada, apenas dejaba destellos de luz que dibujaban esbozos de sombras, sombras que, trémulas y nerviosas, se mecían al compás de esa mecha y se acunaban junto a ella para compartir la misma dulce sensación .
Todo era armónico, equilibrado, estable, todo era una maravillosa balada de silencios en la que se podrían revivir esos momentos en los que la carne muere y solo vive el alma.
La vela, inmutable, seguía cumpliendo la misión de derramar amables sensaciones, hasta hacerme creer que ese rincón en el que ella habitaba fue elegido por Dios, como refugio de corazones que necesitan el silencio para asumir sus dolores o saborear el amor.
Di unos pocos pasos entre ese bosque de sombras y silencios y tuve la sensación de estar paseando al borde del mar, una de esas noches en las que la marea y  la brisa se besan en silencio mientras la luna deja sus suspiros en la arena.
O como esas otras en las que miras, sin límite de tiempo, las estrellas mientras tus sueños y deseos viajan entre ellas; así, con la misma inmensa paz, me sentía al pasear entre los dominios de la vela.
Y en esos dominios vivían, aunque no los viera, las aguas que mueren en la orilla, las luces recién nacidas del alba, los vientos que siembran de libertad las montañas, las somnolientas hojas de otoño que escriben, en silencio, versos en nuestras almas, la lluvia que besa los cristales y deja, en nuestros pechos, un eco de melancolía, el rocío que dejó las lágrimas en su amada hierba,….
Todas esas vivencias que, en algún momento, me han hecho rozar el milagro del espíritu y la Naturaleza, se encontraban allí, atrapadas por el enigmático encanto de una pequeña vela que dormía al abrigo de un esquivo aire que temía despertarla.
Gracias a Dios, no lo hizo y  pude seguir contemplando esa vela, que  dormía mientras su llama se recostaba sobre el silencio.

lunes, 31 de julio de 2017

SUSPIROS DE IDA Y VUELTA




Aires de silencio recorrían los  trigales dejando, entre sus espigas, cómplices suspiros, secretos mensajes que alguien les quiso hacer llegar.
Tan instantánea como la emoción que nace al recibir un beso, así, ese mar de oro cobraba vida y se transformaba en una  hermosa marea cada vez que el aire mensajero lo rozaba.
Emocionado, alterado, como si le hubieran tocado el corazón, el trigal entero temblaba y de cada espiga nacía un nuevo suspiro.
¿Nacía o resucitaba?
Sí, daba la sensación de que  ese lugar ya había vivido esas emociones, de que sus espigas ya habían escuchado el eco de un te quiero o de que alguien, un día, dejó flotando sobre ellas una historia de amor.
Y reconocieron en la débil voz del aire la de esa persona  que les recitó sus sueños y poemas, esa voz que encontró, en la soledad de ese áureo escenario, el lugar idóneo donde descansaran sus confesiones.
Pero, ¿por qué dejó allí su alma?, ¿por qué enterró, para siempre, allí, su corazón y dejó que resucitara?, ¿por qué el viento volvía a ese lugar y despertaba emociones antiguas?, o ¿tal vez, no murieron y seguían vivas?
El aire detuvo sus suspiros y todas las espigas,  seducidas y embrujadas por uno mayor,  levantaron sus finas cabezas, intuyendo la presencia de  aquel que les descubrió el amor,  y miraron hacia la cima de un pequeño cerro que se levantaba en los umbrales donde moría ese campo de luz y oro.
Ambos, cerro y trigal, compartían sus miradas durante el día, sus sueños en la noche, eran almas desnudas, sin temor ni vergüenza, en las que dormían, tras sus terrosas y granuladas pieles, las confidencias que dejaban los enamorados.
Así, cerro y trigal eran depositarios de los mismos sueños y suspiros que liberaban los amantes que los visitaban, el aire los escondía bajo sus invisibles brazos y viajaban  desde la cima al llano en un corto trayecto de ida y vuelta que inundaba el aire de etéreos versos.
De esta manera, ese cielo que se interponía entre ellos se convertía en un hermoso libro de azules páginas en las que quedaban grabados los más sinceros e íntimos sentimientos.
Pero llegó el momento en el que se cruzaron en el aire tus sueños con los míos. Llegó el día en el que el cerro dejó en los trigales los pensamientos que tú hiciste nacer en mi pecho y  que yo sembré en su cima mientras los trigales le respondían con los que tú, al pensar en mí, dejaste entre ellos.
Fue, en ese instante, cuando ese mar dorado y en calma se transformó en marea al sentir el roce de nuestros suspiros, cuando se removieron las entrañas del cerro como corazón que vuelve a amar, cuando el aire tiñó de sueños eternos ese cielo que los separaba,…cuando cerro y trigal sintieron que  dejamos enterrados, en ellos y para siempre, nuestro corazón y nuestra alma.

Abel de Miguel

Madrid, España