sábado, 23 de septiembre de 2017

DONDE NACE Y MUERE LO AMADO



Cada mañana, se acercaba a la orilla del río. En su semblante se reflejaban las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba. Su rostro era la expresión no solo del ciclo del cielo, sino de las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Ese lecho de agua, que visitaba con sagrada periodicidad y puntualidad, era, para ella, un nido de sueños y tormentos en el que sintió, por primera vez, que alguien le robaba el alma, que las emociones se agruparon en su pecho, pero también era el mismo escenario en el que sus labios dejaron, por última vez, el eco de un beso en el aire.

Allí fue donde nació y desapareció lo amado, donde los suspiros y los gemidos se agolpaban según el recuerdo que naciera, donde la vida se tornaba en radiante amanecer o lóbrega noche; allí, su alma quedó enterrada entre rosas y espinas.

Por eso visitaba ese lugar como quien deja unas flores sobre la tumba de a quien nunca se olvida, o como quien se acerca a revivir el momento más glorioso de su existencia.

Entre sus finos brazos llevaba un cántaro de fresca loza, recién parida por la tierra, que abrazaba como quien toma, entre sus manos, una promesa de eternidad. En ese pequeño molde cabían todas las lágrimas, suspiros, esperanzas y sueños que nacieron, y nacían, desde aquel día.

Siempre cumplía el mismo rito.

Se sentaba, dejaba la reliquia de barro sobre la mullida hierba que le ofrecían los labios del río, la besaba y dejaba que la mirada de sus negros ojos se perdiera a lo largo de esas azules aguas.

En ese instante, solo Dios sabe los pensamientos que cruzarían ese corazón herido e ilusionado, pero cualquiera podría descubrir, viendo el débil temblor de las aguas y las lágrimas que asomaban en su rostro, que esa joven era presa de intensas emociones.

Ese trance en el que los recuerdos resucitaban, moría con un suspiro que hería al mismo aire y encogía el corazón del mismo cielo.

Superando ese momento en el que rosas y espinas cobraron vida, tomaba el cántaro y, lentamente, lo vaciaba en esas cristalinas aguas que fueron sus confidentes.

Allí vertía lágrimas y suspiros, besos y sonrisas, allí entregaba todos los secretos sentimientos que habitaban en su alma y que llenaron su fiel cántaro. Una vez vacío, sus negros ojos volvían a pasearse sobre ese lecho nupcial, sobre ese féretro de agua, pero en ellos se dibujaba el alivio: había liberado todas esas emociones que oprimían su pecho, sentía que su alma había quedado limpia, pero sabía que mañana volvería.

Tomó su fino recipiente, lo abrazó entre sus delicadas manos y volvió por el mismo camino que la vio cruzar aquellos días en el que, en su alma, nació y murió lo amado.

Sí, en su rostro volvieron a surgir las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba, las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 7 de septiembre de 2017

HE BUSCADO,…


…entre los amaneceres, aquel que me recordara la luz  que parió el pecho cuando nuestros labios sellaron su primer beso.
…entre las plateadas aguas de los ríos y las azuladas de los mares, aquella lágrima que se asomó al balcón de mis ojos, en medio de la noche, mientras, atravesando el mar, el eco de  tu primer “te quiero” recorría como caballo desbocado mi alma.
…entre la mística del viento, esas oraciones, desde la soledad de un cerro, que dejé suspensas en el cielo y en las que el corazón pedía encontrar a quién amar y quién lo amara, oraciones de las que solo Dios y yo sabíamos sus secretos.
He buscado, en los rincones de esas veladas donde la música se refugia para que sueñen los que aman, aquella canción que consiguió que tú dejaras de ser sueño y mis sentimientos te palparan.
…entre parques vestidos de jardines, entre fuentes en las que el agua canta, bajo esas durmientes hojas que parecían olvidadas, el ilusionado silencio que guardábamos cada vez que escribíamos, en el libro del futuro, un sueño.
…en los atardeceres, el último suspiro que, cada día, se perdía entre sus gamas de fuego pensando que mañana te vería.
...entre los destellos de la luna, los versos que escribió el alma, una solitaria noche, y en los que tu recuerdo era su musa.
…entre la lluvia, entre sus finos dedos de agua y el aroma de su encuentro con la tierra, aquellos momentos en los que nuestros brazos se apretaban buscando refugio, aunque solo buscábamos sentirnos más juntos.
He buscado todas esas pequeñas historias y grandes emociones que escribieron mi vida, y todas ellas las he encontrado.
Sí, ya no busco, solo las vivo, las beso y las revivo cuando tus ojos me miran o asomas a mi recuerdo.
He buscado….hasta que te he encontrado.


Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 2 de septiembre de 2017

EL ALMA  DE LAS ESTACIONES


Era  primavera.
Los  amantes paseaban con la misma calma que el aire que los rodeaba, con la misma  tranquilidad que el tiempo se tomaba cuando los veía juntos, con la misma intimidad que el silencio que habitaba en sus miradas, un silencio que  era la voz de sus pensamientos, capaces de, alimentados por el amor, incendiar la naturaleza que les abría camino y de que esa columna de fuego rozara los labios del cielo que los contemplaba.
Era todo tan armónico que Naturaleza y amantes fundieron sus almas.
El sol suspiraba por prolongar su ocaso. Al verlos envueltos en una inmaculada aura, recordaba ese instante en el que sus últimos rayos acarician los primeros halos de su luna.
Y ellos, al sentir que una flecha de amor había herido el corazón de la Naturaleza, se dejaron guiar por ese instinto nato en el que el destino no importa y las almas se van desnudando.
Allá por donde cruzaban, todo se vestía de reconciliación, de suave y lenta música e iban dejando, tras ellos, una infinita estela de sentimientos y emociones.
Era verano.
Un cielo puro y limpio insufló, en esos paseantes, una idea de eternidad y sus pechos, al contacto de la inmensa e intensa luz, derrumbaron las puertas que custodiaban sus almas y se perdieron en la infinitud de ese cielo que les inspiró tales deseos.
Pero, incluso, llegada la noche, esas noches de verano en las que un aire en calma, el silencio y la paz se abrazan, sus almas viajaban por las estrellas, tan infinitas e intensas como la luz del día.
Era otoño.
¡Oh Dios!, él y ella, ella y él, decidieron saltar los cerrojos de sus confidencias al sentir, bajo sus pies, el roce de esas hojas que murieron; en sus rostros, un húmedo viento cuyos susurros grababan, en el alma de quien los escuchara, un inolvidable poema; y en sus manos, el débil roce de una lluvia que revivía  esas veladas en las que una canción y el fuego te hacen sentir más cerca de lo amado.
Era invierno.
Ni la guadaña del viento, ni los alfileres del frío amedrentaron a esos amantes; antes bien, hallaron, en esas frías manos que el invierno les tendía, un motivo para enlazar las suyas y combatirlo con el calor que nacía de sus almas.
Y la blanca nieve dibujó, ante sus ilusionados ojos, ese inmaculado panorama que sus ojos atisbaban cuando se sentían cerca el uno del otro.
Sí, cada día, sin importar el ropaje que lo cubra, sea una íntima lluvia o un  exultante sol, se esconde un mensaje para el alma y el corazón siente que le hablan.
Seguramente, será porque las estaciones, hijas de Dios, también tienen alma.

Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 28 de agosto de 2017

NUNCA ES  SUFICIENTE


El  silencio recorría las entrañas del aire, todo enmudecía como si, aún, no  hubiera sido creado.
La  vida latía en esa armoniosa quietud,  pero era capaz de arrebatar sentimientos opuestos.
Era capaz de neutralizar el alma y dejarla en suspense, contemplativa, ensimismada, absorta en su propia belleza como pudiera sentirse cualquier pecho que haya amado en silencio.
Pero también es verdad que contemplar la inmovilidad de ese majestuoso milagro, la pasividad de algo que estaba llamado a ser dinámico y alegre, dejaba una brizna de melancolía, un poso de tristeza; no sé, era como si esa divina obra empezara a sentir las frías caricias de la muerte y las manos de esta empezaran a mostrar, a todas esas emociones que habitan en el alma, los umbrales de esa inhóspita cueva en la que quedarían enterradas.
Y fue esta última sensación la que invadió mi mente de trascendentes y últimos pensamientos.
Me sentí parte de ese frío que presagiaba la muerte y, al instante, como rayo que cruza la noche, como bramido del mar que invade cuanto sus brazos de agua abarcan, toda mi vida cruzó el alma dejando, en ella, estelas de luces, salpicadas por campos de sombras en los que dormía la culpa.
Y quise seleccionar esos momentos en los que el corazón cerró sus fuentes y lo dejó sediento, como quedó el alma al sentir que sus áureas alas se apagaban junto a esas presidiarias voces que  no tuvieron la libertad para decir que amaban.
Removí esos sentimientos que quedaron en el otoño de los recuerdos, mortecinas hojas durmiendo en la conciencia, que, esporádicamente, liberaban gritos diciendo que pude haber amado más.
Y esa duda sigue revoloteando por  los oscuros rincones en los que se esconden esos momentos que dejan, siempre, el mismo eco: ¿He amado lo que debía?
Y la primera sombra que alzó la voz expresó su lamento por aquel día en el que dejé pasar de largo tu sonrisa, esquivándola como viento entre las piedras, renunciando a devolvértela por esas miserias que tiene el corazón.
¿O debí hacerlo cuando tú, con los ojos preñados de lágrimas, pedías un mínimo consuelo, una pequeña comprensión y solo encontraste, por respuesta, un frío silencio que no comprendía tu dolor?
Cada una de esas sombras era, en realidad, hijas de detalles que reclamaban, también, otro detalle, solo un poco de amor.
Me di cuenta  de cuántas penas pude ahorrar a tu corazón a poco que el mío hubiera amado.
Y mientras una parte del alma quedaba en suspense, contemplativa y ensimismada, el silencio susurraba, en mi conciencia, ese lapidario eco: “¿Pude haber amado más?

Abel de Miguel
Madrid, España



lunes, 21 de agosto de 2017

PEQUEÑOS  MOMENTOS



Era uno  de esos días en los que la lluvia se convierte en perfecta réplica del llanto  de almas, en el que el silbido del viento es pura nostalgia, en el que las personas desnudan sus almas y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.
Da igual que haya corazones que nieguen esa mística, que sus pieles sean de piedra, que el pecho cierre sus puertas a ese torbellino de emociones y sentimientos, porque, se quiera o no, toda esa vida no morirá por mucho que se la ignore o haya almas que no entiendan sus palabras.
Seguirá pariendo luces, colores, suspiros, sueños, ilusiones, música, reflexiones, seguirá abriendo su poderosa mano para derramar esa innata fuerza de amor que encierra y todas esas criaturas que pueblan el paisaje, todos esos invisibles mensajes que subyacen en su mágica atmósfera, harán morada en esas almas; y si no encuentran abiertas sus puertas, esperarán hasta que el eco de sus voces y colores derrumbe sus muros y claudiquen ante ese amor que late entre el aire y la tierra.
Así, desde la atalaya de un monte, los  ojos se llenarán de eternidad al contemplar cómo la verde naturaleza, la salvaje fauna y el libre viento pueblan el vientre materno de esa tierra de la que nacieron, viajando sin más deseo que el de robarnos un suspiro, un pensamiento de eternidad o un mortal sueño,
y hasta tal extremo llegará esa sensación, que el alma sentirá vértigo por creer que roza el Cielo.
Y no será necesario haber vivido esta experiencia repetidas veces, bastará un instante de ese milagro para que las emociones dejen huella, para que un pecho trascienda o…para que deje su semilla en aquellos que lo niegan.
Y fue uno de esos días cuando un rayo cruzó el cielo, rasgó el velo de la noche y dejó que su blanca y luminosa estela presumiera de gloria durante unos segundos…que se hicieron eternos.
En ese resplandor, se retrataron aquellos momentos que hicieron, del alma, una feliz novia, que tallaron el corazón con el cincel del amor, que vistieron a la vida, de recuerdos imborrables y eternos.
Algo tan fugaz como un rayo bastó para alimentar el amplio vientre del corazón.
Y es que vivimos de esos instantes, de pequeñas gotas, de ocasionales luces, de espontáneos pensamientos que embalsaman los profundos dolores.
Aspiramos a que una inmensa felicidad nos invada y nos rinda por agotamiento, y, tal vez por eso, siempre tenemos excusa para no estar satisfechos, porque nunca alcanzamos esa lejana cima que nos marcamos en nuestro camino; pero si supiéramos contentarnos con esas gotas de alegría que nos ofrece la vida en el humilde frasco del recuerdo de un lejano o reciente beso, con un sencillo paseo sintiendo la mano de quien amas, con una agradecida sonrisa de quien solo esperas que sea feliz, si supiéramos darnos por satisfechos con estas anécdotas del corazón, entenderíamos por qué hay días en los que la lluvia suena a gemido, en los que el viento parece que suspira o por qué las personas desnudan su alma y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.

Abel de Miguel
Madrid, España



martes, 15 de agosto de 2017

LÁGRIMAS  EN LA PIEDRA


Sobre las piedras había, dibujadas, unas lágrimas, aunque para cualquier paseante distraído no hubieran dejado de ser bellas gotas de agua que decidieron dejar la huella de su muerte allí.
Para quien ignorara el sufrimiento o no hubiera sido rozado por el silbido de las flechas que hieren el corazón, esas huellas sugerirían caprichos de la lluvia, pero quien saboreó las hieles de la vida, quien sintió el dolor en el centro de su alma, bien sabía que allí se habían liberado dolientes confesiones, sueños quebrados, heridas sin cicatrizar; en definitiva, se habían escuchado esos dolores que solo conoce el corazón y que solo una lágrima es capaz de expresar.
Ya que la vida las ofrece bajo un muestrario de diversas formas y colores, quise conocer la causa de por qué dormían sobre esa piedra, quién abrió su alma y firmó, con una lágrima, el dolor o la emoción que asomaron al balcón de sus ojos.
No sé si nacieron en una triste noche en la que la luna se vendó los ojos y no quiso mirarlas, o por un beso que esperaban y erró su camino, o si lo amado dejó de existir porque cayó en los brazos de la muerte, pero esas lágrimas eran sinceras.
Solo con mirarlas, la causa de su existencia gritaba desde el silencio de esa piedra.
Las deposité, una a una, en mi mano, intentando darles esa delicadeza que, tal vez, echó en falta el corazón del que nacieron, dejé que descansaran al calor de ese cariño que les robaron y, no sé si fue por eso, pero al simple roce de mi mano temblaron.
¿Miedo o emoción? Seguramente, ambos sentimientos.
Miedo: porque ese estado de felicidad ya la vivieron y… se lo robaron; miedo a volver a perder ese sentimiento que las hizo rozar el cielo para acabar viviendo un infierno.
Emoción: porque aunque presas del temor, no podían evitar, al sentir un mínimo afecto, que esas ilusiones, sueños y esperanzas latieran como en el primer amor.
Eran un mar cuyo horizonte se había partido por la mitad, cuyos sueños debieron ser tan altos, lejanos y eternos, que alcanzaron ese punto donde el cielo recoge los deseos de la tierra; pero algo o alguien invocó a la adversidad para que ese horizonte quedara oculto entre las negras nubes del dolor.
¿Un amor imposible?, ¿un sueño tan cercano que creyó que era real?, ¿una ilusión que nada más rozar se evaporó como un suspiro?, ¿una felicidad tan intensa que el miedo al fracaso hizo naufragar?
Tal vez todas ellas fueron la causa de que esas lágrimas allí estuvieran, pero no pude evitar recrearme en ellas. Sí, digo “recrearme”, pero no por un morboso placer en el sufrimiento, sino porque más allá de sus heridas, en el fondo de ese cristalino pozo, al trasluz de esa brillante gota de tristeza, se vislumbraba una tenue luz que se resistía a morir, una pequeña llama incapaz de extinguirse en medio de las dolientes aguas de las lágrimas. Ese atisbo de vida que se dibujaba en el corazón de las lágrimas era el amor que las parió, la ilusión que, luego, se transformó en espada.
No pudieron renunciar a él y lo conservaron hasta su muerte convirtiendo, ese amor, en el epitafio de esas lágrimas que duermen en el silencio de una piedra.

Abel de Miguel

Madrid, España

miércoles, 9 de agosto de 2017

LUNA  LLENA



Hubo un  tiempo, al principio de la Creación,  en el que Dios se refugiaba en la  noche para contemplar, en el más absoluto silencio, a sus criaturas.
Solo la luna, con sus estrellas, y el sigiloso aire que habitaba el universo  eran testigos de los divinos pensamientos, de cómo Él se complacía en lo observado, testigos de ese resplandor que iluminaba la oscuridad cuando una de esas criaturas tocaba el corazón de Dios; pero una de esas noches, Dios sintió que la luna no apartaba de Él la mirada, una mirada entre enamorada y suplicante que cautivó la atención del Creador, pues todo lo que respira amor es captado, como reliquia, por Su corazón.
Y Dios miró a la luna; tan intensamente la miró,  que no pudo evitar que se escapara un suspiro de sus divinos labios, suspiro que embriagó a la luna y la hizo más hermosa, tan hermosa que, ahora, era ella quien le robaba a Él una parte de su corazón, por lo que nació, de esos eternos labios, el mayor sueño al que aspiran las almas: un beso de Dios.
Y Dios y luna entraron en una dinámica de emociones en la que cada una daba lugar al nacimiento de otra mayor.
El aire y las estrellas, privilegiados espectadores de ese milagro, temblaban, casi de miedo, pues nunca se vieron en tal estado de emoción, jamás pensaron que el amor fuera capaz de arrasar la materia de que se componían.
Y según Dios cortejaba a la luna, esta, crecía en tamaño, como si fuera el sol, y su blanco ropaje adquiría un blanco inmaculado, superior al del alma recién creada o al de la virgen nieve recién nacida de los ojos del cielo y que muere en los brazos de la montaña.
A tal punto de hermosura llegó que el mismo Dios dijo: “¡BASTA!”.
En ese instante, los sentimientos, forma, color y emociones de la luna quedaron en suspenso, inmovilizados, como si Dios hubiera esculpido la más hermosa lágrima de nácar, y todas las criaturas rindieron su mirada hacia ese nuevo milagro que había surgido en el cielo.
El viento rompió su silencio y extendió, por cielos y tierra, la voz de los mismísimos ángeles.
Había nacido la luna llena, el mayor homenaje, el más digno tributo que la Naturaleza puede rendir a su benefactor.
Pero, de hermosa que era, Dios la quiso preservar. La ocultó bajo sus brazos y, esporádicamente, la mostraría a los mortales.
Por ello, cuando surge, los corazones sienten el reflejo de ese amor que la creó y los amantes clavan su mirada en esa lágrima de nácar y tienden, a sus pies, sus sueños, que no son otros que los de vivir con ese mismo amor con el que ella fue creada; es decir, hacer de sus vidas una continua luna llena.

Abel de Miguel
Madrid, España

lunes, 7 de agosto de 2017

DAME UN  SEGUNDO


Solo  pido ese instante, pues solo eso basta para saborear la felicidad en sus distintos  niveles y variedades.
En tan breve espacio de tiempo, el pecho es capaz de alimentar al corazón con las suficientes emociones como para que dé a luz esos sentimientos que lleva en sus entrañas desde que fue creado.
En un segundo se produce el parto de la luz y la tierra queda iluminada por una sábana de formas y colores que reviven la Creación en el alma que las contempla.
En un segundo, el corazón es capaz de alcanzar las más altas cimas de las pasiones cuando dos labios funden sus orillas y se besan.
En un segundo,  unas palabras sinceras, un “te quiero”, dan vida a aquellos sueños que pusimos en el fondo del corazón por considerarlos “imposibles”.
En un segundo, unos ojos son capaces de que la invisible pluma del amor escriba versos que hablen de eternidad.
Solo un segundo es necesario para que la música haga temblar ese hilo sensible que une las emociones con las lágrimas.
En ese tiempo, por esa doble cara que tienen los sentimientos, puede nacer el dolor más intenso cuando esos ojos esquivan tu mirada, ese beso lo roba el viento y no llega a su destino o esa canción recuerda la amargura de un sueño fallido, pero, aún así, es tal el poder creativo que tiene un segundo, que  en ese suspiro de tiempo nacen infinidad de ellos en otros tantos pechos que los tenían guardados, que esperaban, como el campo a la lluvia, ese momento para ser liberados.
Y en cada persona siempre ha existido un segundo que cambió su vida, que tornó el infierno en cielo, o viceversa, que hizo reales los sueños o mostró, en carne viva, el sufrimiento, pero quiero quedarme con los que fueron capaces de reinventar el alma, con los que la hicieron intuir esa felicidad que tiene reservada en el cielo.
Porque en un segundo muere y nace una ola, la tierra se ilumina y oscurece, el cielo trina o llora, los labios liberan un beso o lo encarcelan, brota una lágrima o una sonrisa, una mirada te cautiva o te hiere, una palabra cura o mortifica, en un segundo, la vida muestra el inmenso panorama de sentimientos que encierra.
En esa ráfaga de tiempo, se ha cruzado tu rostro en mi memoria y, como perfecto engranaje de un reloj, la mirada se ha escapado al cielo, el corazón ha abierto sus ventanas, el alma se ha vestido de aire, la piel se ha erizado y una sombra de lágrima se ha arrimado a la orilla de mis ojos.
Y todo ello…en un segundo.
Sí, dame un segundo, solo te pido eso.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 4 de agosto de 2017

DUERME  LA VELA



La  vela  dormía y su llama se recostaba sobre el silencio que le ofrecía esa habitación.
La  contemplaban mudas vigas de madera que, junto con el silente musgo, rompían el grisáceo velo de las calladas piedras que velaban el sueño de la vela.
Se  mecía lentamente, acunada por un evasivo aire que parecía esquivarla para no romper su sueño.
Era tan placentero verla, causaba tanta paz su descanso, que sentí el deseo de formar parte de esa mágica estancia en la que todo adquiría tintes de cuento.
Se respiraba esa tranquilidad que rebosa un río a las primeras horas del alba, cuyas aguas, de quietas y serenas, transmiten los sentimientos de ese cielo que en su transparente piel se graba.
Se palpaba la placentera sensación, que atraviesa el alma, de esas noches en las que la luna calla y el viento gime, solo lo necesario, para recordarnos que lo que vivimos no es un sueño.
Me conformaba con mirar el tímido ondear de esa cabeza de fuego que, de cansada, apenas dejaba destellos de luz que dibujaban esbozos de sombras, sombras que, trémulas y nerviosas, se mecían al compás de esa mecha y se acunaban junto a ella para compartir la misma dulce sensación .
Todo era armónico, equilibrado, estable, todo era una maravillosa balada de silencios en la que se podrían revivir esos momentos en los que la carne muere y solo vive el alma.
La vela, inmutable, seguía cumpliendo la misión de derramar amables sensaciones, hasta hacerme creer que ese rincón en el que ella habitaba fue elegido por Dios, como refugio de corazones que necesitan el silencio para asumir sus dolores o saborear el amor.
Di unos pocos pasos entre ese bosque de sombras y silencios y tuve la sensación de estar paseando al borde del mar, una de esas noches en las que la marea y  la brisa se besan en silencio mientras la luna deja sus suspiros en la arena.
O como esas otras en las que miras, sin límite de tiempo, las estrellas mientras tus sueños y deseos viajan entre ellas; así, con la misma inmensa paz, me sentía al pasear entre los dominios de la vela.
Y en esos dominios vivían, aunque no los viera, las aguas que mueren en la orilla, las luces recién nacidas del alba, los vientos que siembran de libertad las montañas, las somnolientas hojas de otoño que escriben, en silencio, versos en nuestras almas, la lluvia que besa los cristales y deja, en nuestros pechos, un eco de melancolía, el rocío que dejó las lágrimas en su amada hierba,….
Todas esas vivencias que, en algún momento, me han hecho rozar el milagro del espíritu y la Naturaleza, se encontraban allí, atrapadas por el enigmático encanto de una pequeña vela que dormía al abrigo de un esquivo aire que temía despertarla.
Gracias a Dios, no lo hizo y  pude seguir contemplando esa vela, que  dormía mientras su llama se recostaba sobre el silencio.

lunes, 31 de julio de 2017

SUSPIROS DE IDA Y VUELTA




Aires de silencio recorrían los  trigales dejando, entre sus espigas, cómplices suspiros, secretos mensajes que alguien les quiso hacer llegar.
Tan instantánea como la emoción que nace al recibir un beso, así, ese mar de oro cobraba vida y se transformaba en una  hermosa marea cada vez que el aire mensajero lo rozaba.
Emocionado, alterado, como si le hubieran tocado el corazón, el trigal entero temblaba y de cada espiga nacía un nuevo suspiro.
¿Nacía o resucitaba?
Sí, daba la sensación de que  ese lugar ya había vivido esas emociones, de que sus espigas ya habían escuchado el eco de un te quiero o de que alguien, un día, dejó flotando sobre ellas una historia de amor.
Y reconocieron en la débil voz del aire la de esa persona  que les recitó sus sueños y poemas, esa voz que encontró, en la soledad de ese áureo escenario, el lugar idóneo donde descansaran sus confesiones.
Pero, ¿por qué dejó allí su alma?, ¿por qué enterró, para siempre, allí, su corazón y dejó que resucitara?, ¿por qué el viento volvía a ese lugar y despertaba emociones antiguas?, o ¿tal vez, no murieron y seguían vivas?
El aire detuvo sus suspiros y todas las espigas,  seducidas y embrujadas por uno mayor,  levantaron sus finas cabezas, intuyendo la presencia de  aquel que les descubrió el amor,  y miraron hacia la cima de un pequeño cerro que se levantaba en los umbrales donde moría ese campo de luz y oro.
Ambos, cerro y trigal, compartían sus miradas durante el día, sus sueños en la noche, eran almas desnudas, sin temor ni vergüenza, en las que dormían, tras sus terrosas y granuladas pieles, las confidencias que dejaban los enamorados.
Así, cerro y trigal eran depositarios de los mismos sueños y suspiros que liberaban los amantes que los visitaban, el aire los escondía bajo sus invisibles brazos y viajaban  desde la cima al llano en un corto trayecto de ida y vuelta que inundaba el aire de etéreos versos.
De esta manera, ese cielo que se interponía entre ellos se convertía en un hermoso libro de azules páginas en las que quedaban grabados los más sinceros e íntimos sentimientos.
Pero llegó el momento en el que se cruzaron en el aire tus sueños con los míos. Llegó el día en el que el cerro dejó en los trigales los pensamientos que tú hiciste nacer en mi pecho y  que yo sembré en su cima mientras los trigales le respondían con los que tú, al pensar en mí, dejaste entre ellos.
Fue, en ese instante, cuando ese mar dorado y en calma se transformó en marea al sentir el roce de nuestros suspiros, cuando se removieron las entrañas del cerro como corazón que vuelve a amar, cuando el aire tiñó de sueños eternos ese cielo que los separaba,…cuando cerro y trigal sintieron que  dejamos enterrados, en ellos y para siempre, nuestro corazón y nuestra alma.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 21 de julio de 2017

HACIA LA CIMA DE TUS OJOS


Déjame  que te idealice, que te encumbre a esa sagrada cima que sueña coronar quien  tiene el amor por bandera y la felicidad, por destino.
Déjame que cada palabra, sonido, imagen, cada hilo de vida que lleve el sello de una emoción que nace del pecho, me despierte la esperanza y me impulse hacia esa sagrada cumbre en la que tus ojos me esperan.
Y poco importa que tropiece en esa ascensión, que haya un tiempo en el que impere tu silencio, que unas negras nubes me priven de contemplar esa primeriza luz que me trae el recuerdo de tu alma.
Sea lo que sea quien se interponga en mi ascensión, superando los inevitables obstáculos que debe vencer un corazón, nunca dejaré mi ilusión tendida en el suelo como pañuelo que ondea pidiendo la rendición.
Al revés, cuando el cielo se empeñe en llenar de lágrimas la tierra, cuando la noche me vete sus sonidos y secuestre el hechizo de la luna, cuando sienta que uno de mis sueños no es capaz de despertar tu dormido pecho y hallar, en él, cobijo, cuando el mar acalle el espíritu de las olas y no me devuelva el eco de esos pensamientos que enterré bajo sus aguas, cuando suceda todo eso, pensaré que esa lluvia que vela a la tierra es una cortina de felices lágrimas que no encontraron espacio entre el amor que inundaba tu corazón; o que el silencio de la luna es debido a que ha sido víctima de nuestro amor y ha preferido saborearlo en secreto; o que el mar no me niega sus sentimientos, sino que las olas, heridas por el nuestro, se han quedado pensativas y enamoradas.
Y tanto sueño, tanto deseo coronar esta aventura en la que  mi guía y mi meta son tus ojos, tan cerca los he sentido, que ya no sé si vivo en ellos o siguen siendo espíritu.
Hasta tengo temor de que una vez habite en tu mirada, lo que pueda sentir no sea más bello que lo que ahora siento mientras lo sueño.
Sobre las olas de tus labios flotaban mis sueños vestidos de besos, pero ante el destello azul de tu mirada,  se apresuraron al balcón de su cielo y, cambiándose de ropaje, se vistieron de privilegio por poder contemplar, de cerca, el mar de tus ojos.
Ya he alcanzado esa deseada cima, ya veo la vida con el color de tu mirada, ya nacen aquellas voces que nunca se atrevieron a salir del alma, pero que en el refugio de tus vestales ojos han encontrado la paz que necesitaban.
Y ahora, una vez que el alma de tu mirada se ha hecho tangible y saboreo sus tesoros, puedo decir que las maravillas que el corazón imaginó se quedaron cortas
Solo puedo dar gracias a la vida por permitir que ese amor que llevaba por bandera, haya podido tomar posesión en el azul paraíso de tus ojos.

Abel de Miguel

Madrid, España

miércoles, 19 de julio de 2017

EL CORAZÓN DE LA NATURALEZA


Hubo un tiempo en el que los suspiros no existían porque no había necesidad de deseo.
El mar no bramaba, porque el aire dejaba sobre él los pensamientos de la tierra.
Los árboles no gemían,  porque siempre había un sueño perdido que rozaba sus ramas.
El aire destilaba felices presagios, porque allá por donde cruzaba respiraba esas emociones que alimentan la vida.
Todo era bienestar hasta que una nota de esa música que cubría la creación decidió emprender anárquico vuelo: quería saber si esa felicidad era común a toda la existencia.
Y se fue abriendo camino entre corrientes de aire cargadas de sueños, de suspiros, de ilusiones quebradas o por cumplirse, pero ella, sin alterar su vuelo, iba dejando la estela de esa música que había mamado, de su mensaje de paz reconciliadora, de un amor que solo nace del fondo del alma.
Cruzó estepas solitarias, donde anidan pensamientos que no encontraron eco, corazones a los que la vida quebró su sueño, pero, incluso en ese adverso terreno, ese hilo de música fue capaz de devolverles la paz o de dejar un reflejo de luz en medio de su oscuridad.
Atravesó vergeles, fuentes, lugares en los que la piel de esa tierra estaba bendecida, en los que los corazones solo conocían la sonrisa; sin embargo, la nota se vistió de ángel y encontró una misión.
Sus alas rozaron cada una de esas almas henchidas de mortal gloria y les hizo sentir un amor que rozaba cotas más altas y puras, capaz de traspasar el umbral de fugaces sentimientos, y vestirlos de un espíritu que elevaba esa felicidad a la categoría de lo eterno.
Transformó ese paraíso de emociones, en un cielo donde el amor también se encuentra en el sufrimiento.
En su peregrinaje por ese mundo donde los corazones aman o sueñan con hacerlo, cruzó el otoño de esos pechos en los que se reparte, por igual, la tristeza y la alegría.
Son aquellos corazones a los que la vida, por su implacable ley,  les robó su amor, pero curó su herida con el bálsamo de un feliz recuerdo. Entonces, la nota se vistió de poesía invitando a esas almas a dejar felices suspiros en el cielo, a grabar sus emociones, sus lamentos, sus sueños, en las etéreas paredes del aire, ese mundo donde se guardan los secretos.
Y ese tiempo que desconocía lo que era un lamento, descubrió que existían los suspiros, que había almas que soñaban con lo que no tenían, o que recordaban lo que tuvieron.
Y por eso, el mar empezó a bramar cuando sintió que uno de esos corazones dejó, sobre sus aguas, un secreto de amor, por ello, las ramas aprendieron a cantar baladas cuando el viento les hacía llegar un beso sin destino; por eso, por todo eso, la naturaleza es el eco de nuestros corazones, el altavoz de nuestros sentimientos y siempre nacerá de ella una música que alivie nuestras penas o incendie esas emociones que arden en nuestro pecho.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 13 de julio de 2017

UNA LÁGRIMA BLANCA Y AZUL


Ya  llega ese umbral en el que la primera luz del amanecer y el último suspiro de  la luna se besan, y los sonidos, el aire  y el alma reviven esos íntimos sentimientos que nacen en las despedidas.
Arrastrado por un impulso, innato en quien no se cansa de amar, he invadido ese halo de lágrimas y lamentos que surgen cuando sol y luna intuyen que, hasta la siguiente alba, ya no se verán.
Yo también tendré que esperar; también tendré una flecha clavada en el alma, una herida que solo podrá aliviar el recuerdo de ese último encuentro y el sueño del que, mañana, se encontrarán.
Mientras, hasta que llegue ese instante, me asomaré al cielo de mi tierra, a ese cielo en el que un virgen azul y un inmaculado aire la visten de bella lágrima; lágrima que tiembla al compás de ese aire que la acaricia; lágrima que  cuando una luz roza su piel, brilla como agua del mar recién despertada.
La misma nieve que aún duerme su letargo en las cimas, tiembla y se rebela en pequeños torbellinos, como suspiros que huyen, desesperados, en busca de lo amado.
Dejo que mi humedecida mirada viaje en compañía de esa otra lágrima de luz y aire, y que, ambas, se pierdan por esa estepa de sueños, por ese blanco velo que cubre el dolor de un sol y una luna que se separan.
Ya, cae la tarde; ya, el sol busca su refugio mientras la luna deja en el aire, su primer brillo de plata.
No importa que mueran las horas, o  que la luz se rinda y esconda, o que almas y corazones busquen el silencio para liberar pensamientos y secretos disfrazados de amor o de sueños; nada importa mientras yo  pueda huir con ellos y sienta, como en este amanecer, que la primera luz del sol y el último suspiro de la luna llaman a las puertas de mi pecho y dibujan una virgen lágrima blanca y azul.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 7 de julio de 2017

VOLVER A NACER


Bastó un divino suceso, un designio  de Dios, para que las sombras que planeaban sobre el alma, que ya se relamían  soñando con su carroña, se rasgaran en débiles jirones hasta quedar engullidas y disueltas en el inmaculado aire que envolvía mi vida.
Esa misma alma que se consumía en el lento tormento del pesar, volvió, presurosa, a saciarse de los nuevos tesoros que Dios puso a su vista y volvió a saborear el dulce néctar de la esperanza.
Sentí la lucha que entablaron ilusiones y desesperanzas, sueños y pesadillas, alegrías y penas; en fin, sentí esa desgarradora fuerza que lleva, al ser humano, a superar su propio infierno para rozar el cielo porque siempre sueña que llegará ese día en que se nos curen las heridas.
Cruzaba el túnel de la vida, por ese tramo en el que la luz se apaga y caminamos por inercia, sintiendo que nada nos espera o  que lo bello quedó atrás; transitaba por esos momentos en los que nuestro báculo es la fe, una fe que le dice al corazón que no se rinda; un corazón que anima a los ojos a que sigan mirando al frente aunque solo encuentren oscuridad; unos ojos que, aunque cegados por las lágrimas, seguían abiertos porque la fe así se lo pedía.
Y todo llega…cuando uno menos lo espera.
En ese instante, cuando el cielo abre su garganta y libera las bellas voces que quedaron secuestradas por amargas saetas, una inmensa emoción invade al alma y el más insignificante motivo, la misma respiración, se viste de milagro y es causa para que una mirada agradecida viaje a Dios.
Y si los efectos de esta nueva vida han alcanzado todos los sentimientos y emociones que un corazón puede abarcar, irremediablemente ha quedado herido de felicidad ese mundo que me llena y en que su alma y su fibra más sensible eres tú.
Estos mismos labios que se sintieron incapaces de encontrar palabras que incendiaran tu corazón, han vuelto a derramarlas como aguas que nacen de las vírgenes fuentes de la tierra y, ahora, solo encuentran motivos para, al mirarte, hablar de vida y de amor.
Y ese mismo cielo que me ha abierto sus puertas, dudo si robó a tus ojos su luz, si secuestró el inmaculado azul de tu mirada para envolver este milagro que ahora me regala.
Y quisiera liberarme de la atadura de las palabras, dejar mi corazón grabado en estas líneas y mi alma estampada para que pudieras entender, a simple vista, el profundo sentimiento de gozo que puede sentir alguien que sufre y que ama.
Ojalá hubiera conservado una de esas lágrimas que el dolor me robó. La pondría junto a la que ahora está naciendo fruto de la emoción y las  conservaría en una caja de cristal en la que grabaría una sola palabra: ALMA.
Me retiro al abandono de los pensamientos, unos pensamientos que se perderán en esta tarde de truenos y lluvia, una tarde en la que un divino suceso, un designio de Dios, me ha permitido recuperar esa esperanza y ese amor que nunca huyeron del limpio azul de tu mirada.

Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 1 de julio de 2017

LOS SUEÑOS TAMBIÉN MUEREN


Pronto se desvanecieron las  esperanzas.
Quedaron como huérfanas velas que  pretendían abarcar el mar y quedaron desgarradas bajo el peso de su furioso brazo; como ilusa rama que brotó soñando rozar el cielo, pero al leve roce de un viento adverso quedó quebrada.
Es cierto que hay sueños efímeros, de hoja caduca, que despiertan la inicial ilusión, pero que se intuye que serán de corta vida.
Y tal vez, mientras viven, no es bueno aferrarse a ellos sabiendo que van a morir.
Yo tuve un sueño.
Lo abracé ilusionado porque me rescataba de la pesadilla que se cernía, porque abría un nuevo horizonte en el que soñaba revivir esas ilusiones que te dan la vida, porque me ofrecería esas oportunidades para que alma y corazón pusieran sus valores al servicio de las personas, pero…
Sí, ese sueño formaba parte de aquellos que morirían apenas nacer, vela desgarrada, rama quebrada y de corta vida.
Es verdad que él mismo, según avanzaba y crecía, se diluía, envejecía, perdía la vitalidad con la que nació y empezó a mostrar la otra cara que jamás enseñaría porque, si no, nunca lo llamarían sueño.
Y fui viendo cómo se apagaba, cómo su luz, que aspiró a alimentar esos rincones del alma, propia y ajena, donde se escondían los pesares y temores, se volvió turbia y, lentamente, volvía a esas penumbras en las que habitaba antes de nacer.
Sabiendo que estaba abocado al precipicio, hubo momentos en los que ese sueño dolía.
Sí, porque así como una madre sabe que el consuelo de tener a un hijo vivo entre sus brazos no mitiga el dolor de saber que, pronto, va a morir, así, de igual manera, ese sueño me mortificaba según iba alargando su agonía.
Y hubo momentos en los que deseé su muerte, le pedí que diera fin a su destino; ya  no podía seguir mirándolo a los ojos con la inicial ilusión porque, cada vez que lo miraba, solo veía amargos harapos en lo que fue una brillante túnica; solo veía la noche en lo que fue un amanecer.
Ya no era sueño. Solo quedaba contar los segundos, los días que restaban para su entierro mientras agonizaba en mis brazos como una pesadilla.
Pero más allá de la desilusión que cause el ver cómo una posible felicidad se trunca y se muda en amarga realidad, en mi alma ha vuelto a nacer esa inmortal necesidad de creer, de esperar, en aquellos sueños que no son velas rotas por el mar ni pobres ramas tronchadas por el viento.
Sí, sueño, espero y deseo que vuelva a encontrarme con esos momentos en los que los sueños se hacen realidad.
De momento, mi alma sigue intacta y aferrada a Dios, fuente de sueños que nunca mueren, que son eternos.




jueves, 29 de junio de 2017

ENVUELTA EN SUEÑOS



De entre esas piedras, a las que el  tiempo vistió de nostalgia, salió un leve suspiro que sonaba a alma escondida.
Su etérea voz viajaba entre las paredes, como si fuera hablando una a una, y la sala se llenó de tal místico eco, de tal embriagador recogimiento, que cualquier alma pediría ser liberada.
Seguí con la mirada ese suspiro, esa voz que sabe Dios cuántos años haría que nadie le hablaba.
Lentamente se fue apagando, callándose, como si hubiera encontrado el lugar donde descansar, hasta que, definitivamente, enmudeció.
Mis ojos se fijaron en ese punto, de un claustro deshabitado y olvidado, donde ella se detuvo.
 Allí, al fondo de un estrecho pasillo escoltado por paredes que solo conocían el invierno, surgía un busto que dormiría eternamente entre sombras si un tibio rayo de luz no hubiera osado atravesar los estrechos vanos de unos muros que parecían hechos para guardar secretos.
Arrebatado por la invisible atracción por lo desconocido, me dirigí hacia ese punto cruzando el pétreo suelo. El seco ruido de cada pisada sugería una cuenta atrás hacia un momento único: el encuentro con esa figura que parecía haber nacido de la nada.
Si no fuera porque el corazón se aceleraba y una extraña mezcla de ilusión y temor se mezclaba en mi alma, pensaría que vivía uno de esos sueños en los que la fantasía se viste de realidad.
Y como si esas milenarias piedras hubieran recuperado la vida, como si el espacio que lo invadía hubiera salido de su letargo, según me acercaba el aire se puso nervioso, ¿tal vez se emocionó?, y empezó a arremolinarse en torno al busto que parecía cobrar vida.
El mismo aire la agasajaba levantando, suavemente, el velo que cubría su rostro mientras dibujaba frágiles pliegues en la marmórea túnica que la cubría.
¡Qué maravilla! Era como si la luna bailara sobre un mar de olas de nieve.
Todo invitaba a escribir, en esa virgen piedra, poemas que nacieran del alma, pero de un alma que fuera tan pura como el aire que la envolvía y  llegó el momento en el que mis ojos contemplaron ese busto que, por su inmaculada belleza, solo podía haber salido de las manos de Dios.
El aire sostuvo, en alto, el velo dejando al descubierto su rostro; escondía sus ojos tras unos párpados que se cerraban como cortina de nubes que escolta el sueño y el silencio de la luna. Intenté atravesar ese fina línea de sueños que separaba su mundo del mío, adentrarme en esa bendita cueva y descubrir sus pensamientos, pero ella permanecía silente y pensativa.
Tan preso de  la locura, como de la emoción, como de un indefinible sentimiento que se acercaba al amor, empecé a hablarla.  ¿De qué?
De lo que saliera del corazón, de esos sentimientos que se entregan a cambio de nada, de palabras que la vida reservó para esos momentos en los que el pecho solo ama.
En el fragor de esas emociones, alterado por ese milagro, pronuncié el nombre de la mujer a la que amaba y el aire se detuvo dejando el velo suspendido en el aire como perfecto arco que enmarcaba el milagroso busto.
Creí ver que una media sonrisa se dibujaba en sus eternos labios y que el suspiro que se apoderó de ella tomó la palabra:
No soy un sueño. Vivo dentro de ti. Soy ese nombre que tu corazón ha dejado escapar.
Allá donde vayas, allá donde te encuentres, en cada instante que me recuerdes, cuando sienta que tu alma me llama, me haré presente.
Tu imaginación me vestirá de blanco busto, de primavera, de música,…;  me verás revestida con esa belleza que tu corazón quiera soñar o imaginar, pero aunque me envuelvas en fantasías, lo importante es que ellas  nacen de un amor que es real y verdadero.”
Y cada día vivo una de estas locuras en las que  los sueños se visten de realidad, en las que los milagros adquieren forma y toman la palabra: tu rostro y tu nombre.

Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 24 de junio de 2017

NUESTRAS MANOS



Y ella abrió la mano como hierba  que se tiende para ser acariciada por el viento; esa soñada mano en la que  tantos besos, aunque fuera en sueños, dejaron mis labios; la que tan profundamente se grabó en mi alma como objeto de deseo consiguiendo que, rayando la locura, sintiera su roce en mis solitarios paseos.
Siempre pensé si el tiempo pasaría igual de lento cuando llegara ese día, dudé si el cielo sería igual cuando viviera ese sueño, si mis ojos descubrirían nuevos colores, si el aire tendría un aroma distinto, si la misma tierra que piso sería una ficción y surgiría un mundo nuevo, si….
Todas estas irracionales ideas surgían cuando soñaba que su mano y la mía se cogían.
Ahora, ella me la ofrecía como quien te entrega su ser, como quien te abre el alma y te pide que la habites, como si, ¡oh Dios!, ese lejano milagro se hiciera real y se adentrara para llenar tu vida.
No podía creer que ese momento que me robó la paz, que me turbó el corazón, que me hizo rozar  el cielo cuando la sentía mía, o el infierno cuando la veía lejana, ahora pudiera contemplarlo con esos mismos ojos que lloraron por no tenerlo.
Temeroso porque fuera una burla de un corazón enfermo, dubitativo porque no podía creer que el cielo me abriera sus puertas, emocionado por tener ese sueño tan cerca, acerqué, lentamente, la mía hasta que se juntaron.
En ese momento sucedió lo mismo que ahora mientras escribo: el corazón ordenó a las emociones que asaltaran el alma, el alma liberó a los sentimientos, y los sentimientos se rindieron asomándose a los ojos, vestidos de lágrimas.
Aún, al recordar el roce de su mano, los latidos se visten de salvajes caballos que dejan la imborrable huella de la felicidad allá por donde viajan.
Pero sé que cuando todo se calme, quedará el suave reposo de esas emociones que siempre dejarán una pequeña brasa para que ese momento no se olvide.
Tranquilo, sereno, reviviendo esos segundos, aflora una sonrisa como expresión de ese recuerdo y  emerge la tranquila imagen de tu mano abriéndose como pétalo que busca una gota de agua.
Sobre tus dedos descansan los míos como olas que buscan la amada patria del mar, ese mar en calma que es tu mano y la mía.

Abel de Miguel

Madrid, España