miércoles, 4 de enero de 2017

ESPERA  ESE MOMENTO


Una  antigua creencia contaba que el último rayo del sol sobre la tierra suponía que  la Naturaleza pasara a un estado de letargo en el que su corazón dejaba de latir hasta que el alba lo despertara.
Y esa leyenda se convirtió en objeto de deseo por uno de esos corazones heridos por el continuo vacío que le ofrecía el amor.
Nada perdía en sepultar, junto con la Naturaleza, un corazón, el suyo, que ya estaba enterrado.
Y afrontó ese momento, con una amarga sonrisa, esa sonrisa que nace cuando ya se han acabado las lágrimas y lo único que queda es reírse de su propia desgracia.
Pero ese sentimiento no le consolaba, por lo que, muy en el fondo de su corazón, se acercó a presenciar el último rayo del sol con el ánimo de que el alba le devolviera un corazón cargado de sueños y, sobre todo, de esperanza.
El joven se detuvo frente al último destello del sol, dispuesto a abandonarse a esa oscura noche en la que los dos viajarían por los purificadores túneles del mundo de la luna.
Aún quedaban pálidos ecos de luz cuando murió el último rayo. Tal vez, pensó el joven, fueran los restos de ese amor que una vez sintió, los fugaces sueños que un día lo alimentaron, pero esa luz, como sus sueños, sería presa de la oscuridad y el silencio.
Murieron lentamente, en dulce agonía, pero le quedó el consuelo de ver cómo la luna los recogió en sus brazos y los guardaba en su pecho.
No podían tener, sus dolores, mejor tumba, y con esa visión, el joven acompañó al sueño de la Naturaleza, esperando que el alba le trajera un milagro.
Se hizo eterno ese trance en el que un corazón desnudo alienta un deseo, pero no tuvo que esperar a que el amanecer le devolviera la vida.
Esa misma luna, que guardó en su regazo todas las heridas, empezó a llorar. Sus lágrimas, teñidas de sangre, eran espinas y, según lloraba, el joven vio cómo su corazón quedaba vacío de penas.
Luna y amante se clavaron la mirada, dejaron que sus ojos se empaparan de consuelo hasta que la blanca reina dejó de llorar.
El joven empezaba a creer en los milagros; y más cuando vio que esas lágrimas se detuvieron en el horizonte y mudaron el color de sangre en esos rojizos telares que visten el amanecer.
La luna le había liberado de sus penas que, ahora, eran las alegres luces que anuncian el alba.
Sí, quien ama siempre encontrará un tiempo en el que sus penas mueran y resuciten los sueños.
Siempre habrá quien resucite la esperanza; siempre habrá una luna, un alma amiga, que la consuele; y siempre habrá un amanecer, un Dios que ayuda, que rescate a esos amantes de sus heridas.
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Abel de Miguel

Madrid, España

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