sábado, 7 de enero de 2017

¡QUIÉN  NO HA BESADO!


Nacieron  al refugio de la noche, en la desnudez del alba, incendiados por el calor del estío, hijos de un viento que acariciaba nuestros rostros mientras nuestros labios se buscaban…
Los besos, nuestros besos, los engendró la lluvia en una grisácea tarde de otoño o fueron  blancos copos de nieve quienes los adornaron cuando, al besarnos, buscábamos huir del frío.
La Naturaleza es la cuna en la que ven la vida, es ella la mano que acerca esos labios, la brisa que los alienta, pero los besos, sobre todo,  son esos latidos que huyeron del corazón para sentirse libres y vivos.
Pueden ser tranquilos ríos que deciden morir lentamente en las orillas de los labios, o apasionados torrentes que precipitan su fin, sin medir el tiempo, hasta caer por esa hermosa cascada que es un beso.
Pueden ser hijos del arrepentimiento, del perdón,  de la alegría, de una despedida o de un reencuentro, pero más allá del sentimiento que los impulse, son los mensajeros del corazón.
Siempre los rodeará el silencio, `pero nunca pasarán desapercibidos.
El beso trasciende las personas que se besan, el eco de su sentimiento hiere, de amor, al aire y, no se sabe cómo, pero también lo viven aquellos que un día besaron, los que suspiran por hacerlo, los que, cada día, besan, los que solo lo hicieron una vez e inmortalizaron su recuerdo.
Sí, el beso es universal y eterno.
¡Quién no ha robado, a la vida, parte de su tiempo soñando con besar!
¡Quién no ha sentido el impulso de dejar en el rostro de lo amado el sello de unos labios, delatores de un limpio amor!
¡Quién, al mirar unos ojos, no ha escuchado la silenciosa orden del pecho que, irremisiblemente, te entrega al cautiverio de un beso!
Sí, todos hemos besado y, al hacerlo, dejábamos una parte de nuestra vida, entregábamos un poco de nuestra alma, confesábamos nuestros más íntimos sentimientos, nos olvidábamos de nosotros mismos y vivíamos ese feliz momento en el que el amor se delata, desnudo y sin velos.
Los besos son esos frutos que parieron nuestros labios, pero  ya existían en el alma; solo esperaban ese momento en el que unos ojos, una persona, el mismo Dios, los liberaran de sus celdas y les permitieran grabar, con el silencioso lenguaje de los labios, ese mensaje universal y eterno que es un beso.
Los nuestros vieron la vida en una grisácea tarde de otoño, al calor de una hoguera, acariciados por el viento,….
Poco importa cuando lo hicieron, lo que importa es que nuestros labios los parieron y aún recuerdo esos besos.
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Abel de Miguel

Madrid, España

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