viernes, 3 de febrero de 2017

ASÍ LO RECORDARÉ


Éramos almas infantiles que vivían  en  corazones tan niños como lo eran  nuestros sueños.
Recuerdo que nuestras sonrisas, nerviosas y emocionadas, pintaban el aire de blanca felicidad mientras  dejábamos en la tierra las tiernas huellas de un amor que se estaba fraguando.
No podía evitar, ante el inocente brillo de tu mirada, pensar en esas niñas pequeñas que te arrancan el corazón y le exprimen su ternura por el simple hecho de verlas.
Así eras tú: un beso de luna, de esa luna que habla con los pequeños antes de que sus ojos se adentren en el mundo del sueño; y yo era ese niño soñador, imaginario, que dudaba si era la propia luna quien me hablaba cuando la suave marea de tus labios me dirigía una palabra.
Nunca he querido escapar de ese infantil mundo con el que he revestido los primeros pasos que dieron nuestros corazones; no me importan las heridas de esas risas burlonas al ver cómo pinto nuestro amor.
Siempre, al recordarte, vuelvo a sentir ese nudo que nació en mi pecho el día en el que tu sonrisa delató que me querías.
Sí, aún lo siento.
Es imposible borrar la huella que deja el primer y único amor. Es imposible olvidar ese instante en el que después de nuestro primer beso y un “hasta mañana”, a solas y mirando el oscuro velo de la noche salpicado de estrellas, la felicidad huía de mi alma  y se vestía de viento para no encontrar límites que la detuvieran.
Ese momento me hizo pensar en las vírgenes ilusiones de los niños, aquellas que, por su pureza, son las auténticas; y me sentí uno de ellos cuando acarician sus sueños, inmortales y plenos.
Reniego de ese amor que, bajo la excusa de ser “maduro”, renuncia a esos pequeños detalles, infantiles si quieres, pero que permiten seguir soñando cuando lo amado está ausente y que alimentan, con sus cándidas llamas, el incorruptible fuego del amor.
 Déjame que te siga viendo como una niña, déjame que tu sonrisa despierte infantiles ecos en mi infantil corazón. Prométeme que cuando el peso de los años incline nuestros cuerpos seguiremos amándonos con corazones de niños.
Yo así lo deseo, y suspiro por ello.
Cada noche, cada mañana, cada día, seguiré avivando los recuerdos de nuestro primer amor, los vestiré de niños y dejaré que pinten de blanca felicidad el cielo.

Abel de Miguel
Madrid, España



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