viernes, 10 de febrero de 2017

LA  LÁGRIMA DE UNA RAMA


Habían  pasado muchos soles sobre sus espaldas y solo le dejaban un desdeñoso látigo de sufrimiento, ausente de ese calor que conmueve y anima a seguir soñando.
No, esa tierra suspiraba porque un piadoso viento arrastrara a una generosa nube y dejara una caritativa lágrima de agua sobre sus resquebrajados labios, los cuales ya habían agotado todas sus súplicas.
Esa tierra era mi alma, que llenó el cielo de plegarias para que el viento de Dios se dignara presentarme un corazón, una nube, una mujer, que necesitara amar como lo necesitaba yo.
Llegó un momento en el que pensé que, en el libro de mi vida, la palabra “amor” quedaba reservada para ser sentida, exclusivamente, en esos solitarios momentos en los que un corazón sueña; o para saborearla cuando la Naturaleza penetrara mis sentimientos y me hiciera sentir  que hay otra vida; pero ninguna de esas emociones era capaz de colmar esa irresistible sed de amar, de frenar los deseos de entregarse a una mujer, de compartir su mirada, su sonrisa y sus penas; ese amor vestido de sueños con el que envolvía mi soledad no bastaba para que alma y corazón se callaran.
Y así pasó el tiempo, entre suspiros que se perdían, sueños que morían y deseos que veía partir sin saber si volverían.
Pero todas esas emociones que creí marchitas no se perdieron: abrieron caminos en el cielo, invisibles estelas ante los ojos de un rendido corazón, y cruzaron la tierra dejando el desesperado eco de mi corazón.
En algún lugar de su recorrido debieron encontrarse con alguien que sufría la misma herida.
Y una de esas noches que la tierra reservaba para degustar, en la soledad, sus sueños vestidos de amor, ausente de ese lacerante calor que la ahogaba, sintió que el cielo le brindaba una rama azul que descendía lentamente hasta ponerse a la altura de sus ojos.
La rama dejó caer una lágrima de agua sobre la tierra y, esta, apenas la vio venir ya iba abriendo sus sedientos labios para recibirla con un beso, propio de quien pasó su vida soñando con ese momento.
Y esa rama azul que ofreció un beso eran tus ojos; esa lágrima de agua eran las reservas que quedaban en tu corazón; esa tierra, sí, era yo, pero bien podríamos ser los dos rama y tierra a la vez porque los dos arrastrábamos las mismas heridas y necesidades de amar.
Bendigo esos solitarios momentos en los que soñaba cómo sería el amor, esos en los que un paisaje me hizo soñar con otra vida, porque, ahora, al tener entre mis manos aquello que dibujé entre ilusiones, me faltan emociones y palabras para agradecerlo.
Por ello, seguiré recordando ese día en el que una rama azul, tus ojos, dejaron una lágrima de agua en la reseca tierra de mi corazón.

Abel de Miguel

Madrid, España

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