sábado, 11 de marzo de 2017

DÉBIL Y ENGAÑOSA


Hoy, cuando mis ojos han descubierto el alba, he notado que también se despertaba en  mi pecho un sentimientos que nacía enfrentado con la luz del cielo, reñido con la alegría que despertaba su color, como rebelde y solitaria nube en ese desierto azul.
Se presagiaba lucha en el corazón, y el alma ya se preparaba para combatir a ese sentimiento cuya arma era la tristeza, cuya coraza la lágrima.
Peligroso enemigo el que se reviste de debilidad.
La tristeza es esa emoción que incendia la tierra del corazón en la que habitan las ilusiones. Las persigue una a una hasta hacer, de ellas, un erial de ceniza y espera, solo queda eso, a que el viento de la desesperanza las barra y se las lleve al cementerio del olvido.
Sometidos los sueños, cortadas las alas que permiten al alma volar al cielo de la esperanza, derribado el primer muro que se interpone entre ella y el corazón, allanado el camino, el corazón, desnudo de alma, su más fiel y valiosa escudera, es presa fácil del primer sentimiento que llame a su puerta.
Y la tristeza lo sabe.
Sabe que el hombre y la mujer han nacido para amar, que bastaría un suspiro, un beso, una canción, una mirada, algo que tocara ese nervio que les hace sentirse vivos, para que sus corazones celebraran una jornada de puertas abiertas. Y la tristeza, experta en debilidades, se disfraza de lágrima porque sabe que  el corazón le brindará un tiempo de consuelo y unas sábanas.
Ya ha asaltado su objetivo, ya tiene, a alma y corazón, embrujados por el eco de sus tristes baladas, durmiendo entre sus resecas manos y hechizados por la grisácea luz de su mirada.
Y nosotros, víctimas de su engaño, no dejamos de lamentar nuestras heridas, de llenar el aire de tristes suspiros pensando que hubiera sido mejor otra vida, de creer que solo somos un depósito de desgracias o que la primavera es una leyenda, un mito que nació en un éxtasis de fantasía.
Y víctimas de la tristeza, pensamos que la vida es un camino en el que podaron las rosas y solo dejaron las espinas; que el viento solo se hace eco de las voces que piden auxilio; que la luz es un espejismo o que las risas no son hijas de la alegría sino que solo buscan hacernos daño.
Pero si nacimos para amar, esto no puede ser la vida.
He vuelto a mirar ese cielo. La tristeza es una solitaria nube rodeada de esperanza. No puede ser que sentimiento tan minúsculo tenga la fuerza necesaria para adueñarse de mi alma.
Así, he dado la vuelta a esa lágrima, a ese triste suspiro, a esa melancólica balada, a esas espinas, y he encontrado, en su reverso, infinitos motivos para deshacerme de sus resecas manos y abandonar sus sábanas.
Porque aunque haya razones que pidan al corazón que llore, las hay, y más poderosas, para brindar una agradecida sonrisa.
Porque tras esa lágrima, espera un beso; tras esa canción, esperan unos brazos para compartirla; tras esas heridas, hay alguien dispuesta a curarlas; tras esa nube débil y engañosa, espera un infinito cielo donde abundan corazones que nacieron para amar.

Abel de Miguel
Madrid, España

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